| ELEPHANT, de Gus Van Sant |
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AméricaAmanece en el instituto. Jóvenes deambulan por pasillos con la desidia como arma contra un mundo en el que unos encajan y otros no. Clases de gimnasia, prácticas de fotografía, tutoriales contra la homofobia, comedores, despachos y pasillos, muchos pasillos que recorrer para no llegar a ninguna parte. Profesorado que alecciona y castiga, padres alcohólicos que llegan tarde al traer el hijo a la escuela, jóvenes despreocupadas hablando estupideces en un mundo estúpido, no-historias de gente que protagoniza su propia película vital, alguien coge una (o varias) armas y empieza a matar a sus compañeros y profesores. Realismo que deviene ficción y se transforma en un crudo naturalismo que acaba dorando en sangre el suelo de las aulas. Tenemos un problema, parece ser, pero es un problema transparente para el que no quiera ver, vaya, un problema del tamaño de un elefante, que por curiosa cotidianidad, se olvida, se desvanece, se vuelve invisible y nunca se aprende nada de él. La última palma de oro en Cannes viene a decirnos que la culpa es necesaria y, junto a las otras esencias norteamericanas Mystic river y Dogville del certamen, se compone un panorama bastante crítico sobre el modo y obra de la sociedad USA. Al margen de la acertada, o no, obtención del premio cinematográfico de mayor relevancia entre los entendidos/aficionados al cine para el film de Gus Van Sant, hay que saber acercarse a Elephant lo suficientemente preparado para que la dureza gélida de la cinta se haga digerible y, podamos con ello, intentar entender lo que Van Sant nos quiere contar, algo, ya aviso, bastante complejo, pese a su aparente sencillez. Esta historia de terror narrada en largos planos secuencias que persigue las espaldas de los protagonistas, viene a ser la puesta en escena más estilizada posible para contarnos una historia de extremo naturalismo. Van Sant mueve su cámara por un cementerio viviente y con ayuda de un fondo sonoro totalmente desasosegante, se nos presenta la historia más difícil posible -la que vivimos día a día sin guión ni tercer acto- con las formas más estilizadas que el realizador pueda hallar. Estas historias cruzadas son protagonizadas por personajes sin un papel en la obra del mañana, gente que entiende el presente como principio y fin; Elephant puede ser así, un film denuncia sobre la facilidad de conseguir armas en los USA aunque resulta bastante improbable. El problema no radica en que un joven pueda ir al colegio armado como un marine (lo que es un problema en si mismo), si no en lo que hemos hecho mal, para que la apatía existencial pueda conllevar un acto tan terrible como el sucedido en Columbine u otros colegios norteamericanos. La culpa debe tener dueño. Ya sea a las orillas del río Mystic o en las rocosas norteamericanas, la extrema facilidad con la que un joven pueda enloquecer y jugar a ser Terminator con sus compañeros y profesores, debería ser un tema de reflexión bastante más importante que las competiciones deportivas o las elecciones municipales. Pero también puede que la culpa sea casual, y ni malos padres, malos profesores o documentales nazis no sean más que piezas de una historia que es consciente de su esquematismo, por ello, la cámara de Sant no se introduce en los personajes, no juega a ser demiurgo de nada, simplemente los muestra y persigue como quien juega con una cámara en el zoológico. Porque no estamos buscando en las raíces del mal -¿o sí?- si no que estamos asistiendo a un acto reflejo de una sociedad lobotomizada y expuesta a diarios electro-shocks, por eso Elephant asusta. Porque el instituto reflejado en la pantalla no es muy diferente de los colegios donde nos hemos criado, es decir, que cambian las caras y las clases de química, pero el miedo es el mismo. Elephant asusta porque nos enseña lo que no queremos entender y porque la fórmula podría servir en cualquier otro país, en cuanto la posesión de armas fuera más sencilla. El horror verdadero de Elephant es que te muestra de igual manera como tres jóvenes bulímicas vomitan el almuerzo o como un joven masacra a un profesor a balazos. Posiblemente Elephant no sea una película perfecta, teniendo en cuenta que su realizador, no es, ni mucho menos, un realizador perfecto. De hecho, una de las mejores noticias del film es que nos devuelve al Van Sant más interesante, aquel que a principio de los noventa nos entregó films de la calidad de Drugstore cowboy y Mi Idaho privado. Y si lo que se busca es el naturalismo extremo, yo tengo mis dudas sobre mostrar la comentada escena de las bulímicas o el mostrar la latente homosexualidad de los asesinos. Posiblemente ahí se me haya escapado algo. Quizás debería ser entendida como una farsa, pero eso no encajaría con el resto del discurso de la cinta, o quizás (yo me inclino más bien por esta opción), dicha secuencia tendría el mismo significado que el comentado rebobinado que aparece en Funny games, una válvula de escape necesaria entre el largo trazado de tumbas abiertas. Es por todo esto que aquí comento que el último Van Sant duele mucho. Su retrato de la juventud norteamericana es mucho más visceral que cualquier film de Larry Clark, ahorrándose lo escabroso de la estética de éste. Nada es tan cruel como la propia realidad, de ahí que la no-trama de Elephant sea uno de los mayores dramas estrenados este año. De hecho, la parte más terrorífica de la cinta puede llegar tras los títulos de crédito, cuando te das cuenta de que por más Elephant que existan todo va a seguir igual. Lo verdaderamente horrible es darse cuenta de que este film sólo es una película-testigo, no viene a solucionar nada, porque, ¡ay!, nadie quiere hacerse cargo de tamaña culpa. Sólo nos levantamos, desayunamos, vamos al trabajo, comemos... todo sigue igual, y en algún lugar un joven está trazando un plan para acabar con la vida de sus compañeros de clase. Nada más sencillo ni más terrorífico. |