Miradas de Cine 21 GRAMOS  
Por Manuel Yáñez































Miradas de Cine © 2002-2004

Avanzar para encontrarse otra vez en el mismo lugar. Crear y despertar nuevamente en un lugar conocido. Hoy en día, es prácticamente imposible sentarse en una sala de cine sin conocer absolutamente nada de la película que estamos a punto de ver. Nada es hoy como cuando éramos niños y disfrutábamos del cine. Cine como espectáculo puro, lumínico e inocente. Sin prejuicios ni grandes expectativas, seguros de estar apunto de vivir una promesa cumplida. Aquello se perdió. Y encontramos nuevos incentivos, transformamos nuestra mirada súbitamente. Nuevas perspectivas, nuevas exigencias. Llega el fetichismo, los posters, la entrada numerada que nos recuerda la sala, la fecha, la compañía. Descubrimos las revistas, los libros de cine, nos lo cuentan todo, nos llaman la atención los rostros a los que nos aferramos en nuestras vivencias fílmicas. Empezamos a convertirlo todo en un referente. Nos reconforta encontrarnos con caras conocidas. Y finalmente descubrimos que tras la pantalla existe un artesano, quizás un creador; una industria, quizás un arte. Descubrimos que existen los autores. Primero es sólo el último nombre que aparece en los títulos de crédito. Descubrimos que no todos son iguales. Algunos parecen querernos contar siempre lo mismo, en diferentes lugares, a través de diferentes caras y músicas, con diferentes palabras, pero ya somos capaces de descubrir esos signos más o menos encubiertos, esas señas capaces de transformar una película en un pequeño miembro de una gran cuerpo, la pincelada básica a la vez que mínima de una obra mayor. Descubrimos que unos nos gustan más que otros. Descubrimos que fueron unos señores franceses muy importantes, unos que dicen que escribían en cuadernos, los que ensalzaron y dieron relevancia a esa figura, el autor. Y se transforma en el primer referente, en el punto de partida para el análisis. Los convertiremos en nuestros, unos serán nuestros protegidos, los defenderemos siempre, otros nuestros enemigos, y lo que empezó como un juego terminará siendo eso mismo. Y sin embargo el cine habrá cambiado por completo para nosotros, ya no será el centro de la experiencia lúdica, quizás el eje, el detonante de la nueva diversión, esa defensa casi mitómana de nuestros autores favoritos. El juego será hablar, discutir, escribir.

Hoy escribo sobre Alejandro González Iñárritu y su nueva película, 21 gramos. Si no nos gustase leer sobre cine, seguramente no sabríamos que esos 21 gramos se refieren al peso que perdemos cuando morimos, quizás el peso del alma humana. Con este título encontramos la primera pista encubierta. González Iñárritu se sirve de este dicho popular para hablarnos de la muerte. El referente es Amores perros y nuestra mente ávida de argumentos que den cuerpo a un nuevo autor los encontrará, sobradamente, en 21 Gramos. La muerte, decía, para González Iñárritu es tanto el final del camino como el punto de inicio. Las historias del director mexicano no parecen interesarse por ciclos completos que giren alrededor de núcleo vital, según la estructura narrativa clásica. Fijando siempre en el centro del relato la muerte, sus películas parecen hablarnos de finales que dan lugar a inicios, de historias que terminan, debido a la súbita aparición de la muerte, dando lugar al nacimiento de una nueva narración impregnada fatalmente por el dolor provocado por el fin de la anterior. Así 21 Gramos se plantea inicialmente como la historia de tres personajes al borde de un final: Paul Rivers (Sean Penn), profesor universitario de matemáticas, se haya al borde de la muerte al estar enfermo terminal con la única esperanza puesta en un complicado transplante de corazón. Cristina Peck (Naomi Watts) verá cómo su apacible vida familiar al lado de su esposo y sus dos hijas queda truncada fatalmente tras un trágico accidente. Jack Jordan (Benicio del Toro) verá puesta a prueba su fe en la religión, pilar básico de su vida al lado de su mujer y sus hijos, por culpa del mismo accidente.

Tal como sucedía en Amores perros, las vidas de los personajes de 21 gramos se verá golpeada bruscamente por un terrible accidente de tráfico. Sus vidas se cruzarán repentinamente en un cruce de calles en el que cada uno de ellos perderá o ganará algo, dando como resultado una nueva distribución de afectos y sufrimientos. Así, el desequilibrio provocado por el accidente generará un torrente de reacciones más o menos precipitadas. La pérdida provocará nuevos encuentros. La muerte abrirá nuevas posibilidades de vida, pero para González Iñárritu la vida sólo tiene sentido como un tiempo de espera para una nueva muerte, un nuevo final. Así veremos como esos ciclos de muerte y resurrección se van reciclando continuada e inevitablemente.

21 gramos es lo que se suele llamar una película de guión, magníficamente escrito por el propio González Iñárritu junto a su colaborador habitual Guillermo Arriaga. Apoyándose completamente en un guión sólidamente estructurado, la película se nos irá mostrando fragmentada en pequeñas partículas, fracciones que nos transmitirán desde el primer momento ese estado de dolor y sufrimiento del que sólo se puede tomar conciencia tras la pérdida. Esos pequeños fragmentos desordenados, casi caóticos en un principio, nos permitirán ir poco a poco hilvanando las historias de los tres personajes, completando pieza a pieza el gran puzzle que debemos construir. Y aunque el aspecto físico de los personajes puede variar bastante de una escena a la inmediatamente siguiente, pueden encontrarse en un estado anímico similar, ya que a pesar de hallarse en puntos alejados dentro del tiempo de la narración lineal, corresponden a puntos equivalentes de dos ciclos diferentes. Sólo un final desastrosa e incoherentemente resuelto destruirá las posibilidades de una película que se nos muestra honesta y cruelmente feroz, algo difícil de encontrar en el cine made in Hollywood.

Al lado de su potente guión, el otro pilar que fortalece 21 Gramos son las magníficas interpretaciones de todos sus actores. Brillando por encima de los demás, nos encontramos al mejor actor dramático del cine norteamericano actual, Benicio del Toro, que junto a Tom Hanks (el otro grande) comparte un extraño atractivo natural que se transforma en presencia salvaje y brutal. Del Toro desbocado da tanto miedo como el Brando enrabietado o el Dean encabritado. Un actor soberbio que perdió la copa Volpi al mejor actor del último certamen de Venecia en manos de su compañero de reparto, Sean Penn, que hace poco más que deambular moribundo por toda la película, eso sí, muy convincentemente (está mucho mejor en Mystic River). También se equivocó el jurado veneciano al no premiar a Naomi Watts cómo la mejor actriz de la Mostra (soberbia en 21 Gramos y lo único digerible de Le Divorce, también presente en Venecia, fuera de concurso), su encarnación del derrumbamiento que supone el asumir la muerte de un ser querido es antológica.

Para completar el trío de aciertos que presenta la película cabría destacar su aspecto visual. Sobre una imagen con bastante grano y un intenso contraste, González Iñárritu pone en practica el estilo de filmación que ya usó en su anterior película: siempre utilizando hábilmente la cámara en mano, siguiendo a los actores y respondiendo con brusquedad a sus movimientos, dándoles libertad para liberar gestualmente la tensión que acumulan sus personajes, el director nos sitúa en el centro dramático de la acción, intensificando la violencia y agresividad de gran parte de los diálogos.

21 Gramos es la película de un hombre que asume el melodrama como un compromiso, un pacto con la tragedia y el dolor. En unos días en los que las pautas que deben seguir los filmes que se producen en Hollywood no dejan demasiado margen para el auténtico melodrama, Alejandro González Iñárritu, ha hecho una gran película sobre el auténtico dolor, mirando cara a cara, sin miedo, a la muerte.