| LA PASIÓN DE CRISTO |
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El espectáculo de la carne según San GibsonAntes de ponerme a hablar del tercer film de Mel Gibson como realizador (1), me gustaría dar a entender mi posición ante tan manido y conflictivo tema, que prácticamente en cada versión cinematográfica que se ha hecho –empezando por Griffith y acabando en Scorsese– siempre ha suscitado, a mi entender, unas más bien absurdas polémicas. Para empezar me gustaría explicar que me hallo a medio camino entre el agnosticismo y el principio buñueliano de "soy ateo gracias a Dios", por eso, mi acercamiento a cualquier film que toque temas religiosos, sólo me inspira interés en su condición de obra cinematográfica, dejando de lado todo fervor religioso, que aunque comprensible, en ocasiones se demuestra prácticamente estúpido (las reacciones derivadas de este último film son bastante clarificadoras). Segundo, a mi entender, las obras más interesantes realizadas hasta ahora sobre la figura de Jesús de Nazareth, serían básicamente tres (esto lo cuento para definirme como espectador y que el lector entienda mi posición ante el film): (1) El evangelio según San Mateo, la magnífica película de Pasolini que realza el valor humano de Jesucristo para centrarse en sus ideas por encima de todo manifiesto divino (2) La última tentación de Cristo, controvertida obra de Martin Scorsese a partir de, la no menos controvertida, novela de Nikos Kazantzakis, mostrando las contradicciones de, al fin y al cabo, un hombre, que ha de llevar a cabo su propio sacrificio debido a su condición mesiánica. Y (3) La vida de Brian disparatada comedia al servicio de los siempre necesarios Monthy Python, donde se parodia la vida de Jesucristo encarnada en la figura de Brian, el presunto hijo de Dios más marciano hasta ahora retratado. Digo esto, por que está claro que el que vaya al cine preparado para indignarse ante la ambigüedad de los hechos presentados, acabará alimentando su ego lo suficiente, para salir de la sala soltando exabruptos del film. Cómo bien dice el usualmente plano Josep Parera: «Si alguien va a ver la película predispuesto a ver un alegato antijudío, lo verá (la descripción de Caifás). Si alguien pretende encontrar trazos de homofobia, probablemente los encontrará (el aspecto andrógino y tentador de Satanás, el amaneramiento de Herodes). Si se busca una descripción manipuladora de un acontecimiento histórico, no cabe la menor duda de que allí estará (el tono conciliador con que es descrito Pilatos). Y si alguien se ofende por que le es narrada una historia universal desde un punto de vista católico tradicionalista, pues abandonará el cine irritado (la resurrección)» (2). Al menos queda claro que la obra, al margen de su calidad estrictamente estética, no dejará indiferente a casi nadie (3). Mel Gibson ha tratado de mostrar con su peculiar versión de las últimas horas de Cristo, el desproporcionado sufrimiento de un hombre abocado a la más brutal de las torturas. La pasión de Cristo en este aspecto no engaña a nadie, se trata de hiperbolizar el realismo del odio humano a través del sinfín de vejaciones que Jesucristo pasa desde que la capturan hasta que muere crucificado. Toda la fuerza de la obra se halla en la plástica de lo narrado, lo demás: una evolución dramática, unos personajes definidos y con matices, una justificación de los hechos acaecidos... brillan por su ausencia, lo que es un signo inequívoco tanto de la poca sutilidad del realizador a la hora de trazar momentos épicos –tal y como demostraba Braveheart–, como de la confianza de Gibson a la hora de contar con la complicidad del espectador, suponiéndole unos conocimientos sobre los hechos acaecidos de antemano, con lo que, entre otras cosas, se ahorra dar más explicaciones de las necesarias y se toma la libertad artística –que no ejemplificación de lo artístico del film, cómo se ha llegado a decir en algunos medios– de contar toda la historia en arameo y latín (con los consiguientes subtítulos impuestos finalmente por la distribuidora). Ahora bien, la principal virtud y también problemática del film, deviene de la raíz de su propia filosofía: en la búsqueda de un estética lo más impactante posible, Gibson convierte La pasión de Cristo en una versión descabelladamente gore, donde la ralentización de los jirones de carne arrancados del cuerpo de Jesucristo a latigazos de cadenas y cuchillas, son el principal motor dramático de una obra que basa en la sangre, el dolor y el odio sus principales pilares estéticos. Sin embargo, y a tenor de los sucintos debates éticos sobre la violencia en recientes films como Zatoichi o Kill Bill Vol.1, he de reconocer, que incluso a mi, que disfruto con la violencia cinematográfica tanto si su presencia es consecuencia de la perversión de toda ética: Saló o los 120 días de Sodoma, Irreversible, Ocurrió cerca de su casa; como si carece por completo de ella en aras del disfrute cinematográfico: Hard-boiled, Ichi, the killer, o las ya citadas, Zatoichi y Kill Bill Vol.1; o si el espectáculo de la carne cercenada es básicamente un producto para crear horror (en sus distintas variedades), caso de las recientes: Jeepers Creepers, La maldición, La casa de los 1000 cadáveres, o el remake de La matanza de Texas; las inabarcables dosis de violencia y gore presentes en La pasión de Cristo se me acaban por antojar extenuantes, sin duda, algo que buscaba con ahínco Gibson. Es por ello que nadie debería escandalizarse si se considera esta película como pornográfica, tanto por la subversión del conjunto a lo particular, como por el buscar de una manera tan ideológicamente discutible una reacción agresiva en el espectador (4). El buscar un realismo extremo únicamente en las torturas injeridas a la figura de Jesucristo acaba por llevar el film a un terreno en el que tanto película como obra literaria se encuentra muy cómodos: el del fantástico; no en vano, la Biblia, es una de las más imaginativas obras de ciencia-ficción de la historia de la literatura (5). El film es extremo hasta el punto de llegar a provocar rechazo, sólo con entender que en el vía crucis, que dura buena parte del metraje del film, es prácticamente mudo, sólo existe el protagonismo de los latigazos, golpes, patadas, escupitajos y cualquier tipo de abuso sobre el cuerpo despellejado, descarnado y bañado en sangre de nuestro sufrido protagonista, ya sean provenientes de judíos, cristianos o romanos, dará buena idea al lector de la obra ante la que se halla. Sin duda un operación interesante, pero que a muchos les parecerá de mal gusto, aunque en todo momento el film sea consciente de su carga polémica, de igual manera que es totalmente inconsciente en darle un perfil a los enemigos del nazareno que aporte un mínimo de relieve a la trama. A este efecto, los flash-backs que evocan momentos claves de la historia de Jesucristo (6), suelen tener una doble función: importunar al que disfrute con el espectáculo de la degeneración por la degeneración y ofrecer una vía de escape ante tanto sufrimiento (todo depende de la postura del espectador). Es por ello que se puede apreciar el film de Gibson, más que como una glorificación de la persona de un Jesucristo, al que sólo falta empalarle en vez de crucificarle para completar tanta vejación, como una representación bastante ejemplificadora de lo que viene a ser desde el principio de los tiempos la humanidad: un mecanismo de odio y violencia, que, sinceramente, no creo que nadie deba cargar por tanta culpa y estupidez ajena. El libre albedrío se define aquí como la licencia que tienen los hombres para odiarse los unos a los otros hasta acabar por exterminarse. Algo, mira que curioso, que al final nos han acabado contando dos reaccionarios como Charlton Heston en El planeta de los simios y, ahora, Mel Gibson en La pasión de Cristo. (1) Su primer film fue El hombre sin rostro y, su segundo,
la oscarizada Braveheart. |