| CINE POLÍTICO: ¿LA INTENCIÓN ES LO QUE CUENTA? |
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| Al viejo estilo de Carolina del Sur: con la irrupción traicionera de tambores e instrumentos de viento, majorettes sobreexcitadas mascando chicle y miles de globos multicolores. Mal que le pese, como si se tratase de una de esas cuidadísimas puestas en escena tantas veces vistas en convenciones republicanas y demócratas. Ladies and gentlemen: Michael Moore, el justiciero sin máscara, el hombre que hace temblar a actores gagás del Hollywood dorado, generales asaetados de condecoraciones y presidentes por accidente, el ángel vengador de desvalidos y viejecitas con pensión de viudedad, mi demagogo favorito: ese grano en las posaderas que todo gobierno –legítimo o no– debería de tener. A lo largo de los tiempos han sido numerosas las películas que han tomado partido, que se han adscrito a consignas varias o que se han involucrado en una causa (siempre justa, como no, desde el punto de vista del director y el abnegado equipo técnico-artístico); en definitiva, que se han enciscado en lodos de bandos, colores, iras, tuyas y mías. Unas lo hicieron con más gracia que otras, sin que eso signifique que unas se acercasen más a la Verdad que las otras. Stalin y Goebbles ejercieron de auténticos visionarios, alentados por sus genocidas propósitos: todo régimen necesita de sus películas, toda idea política –por errónea o alocada que sea– debe ser refrendada mediante ese arte del siglo XX que parece ennoblecer causas rastreras y wagnerizar epopeyas de patio de colegio. Eisenstein también lo vio claro. Servir al partido tenía sus pegas, pero uno podía utilizar un montón de extras por cuatro cuartos, amén de rodar en el palacio del zar y sentarse en su trono dorado. El acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925), La huelga (Stachka, 1925) y Octubre (Oktyabr, 1927) tenían una capacidad infinita para encorajinar al más tibio de los camaradas. Aún en la actualidad, cuando uno acaba de ver estos manifiestos en contra de la injusticia –injusticia provocada invariablemente por el cochino capital, etc, etc... – le entran unas ganas enormes de cometer actos revolucionarios. Yo que sé: arrebatarle el mando a distancia a la parienta, no cerrar el tubo del dentífrico o colarse en el metro. Y es que nada es lo que era... La trilogía que se quedó en pareado, compuesta por Iván el terrible (Ivan Groznyj I, 1945) y La conjura de los Boyardos (Ivan Groznyj II: Boyarsky zagovor, 1958) honra y esclarece la figura de Eisenstein. Porque este ataque a las tiranías le dio donde más duele al 'gran hermano' Stalin: ¡atreverse a hablar de la perversión del poder, de la eliminación de los adversarios directos...! ¿Quién demonios se creía Sergei? Todos los padres del cine ruso (que es tanto como decir del cine mundial) realizaron films claramente políticos. Magníficos, por cierto. De Pudovkin –otro que acabaría cayendo en desgracia– sobresale Tempestad sobre Asia (Potomok Chingis-Khana, 1928), en la que un mongol con aires de Gengis Khan se bastaba para soliviantar a las hordas bolcheviques en contra de la ocupación británica. De Vertov, destacar la en su momento muy apreciada –y hoy sonrojante– Tres cantos a Lenin (Tri pesni o Lenine, 1934), apología del líder supremo rodada con poco sentido del decoro. Tanta pleitesía apesta... Y es que nadie ha dicho que el comprometerse no comporte ciertos riesgos. El haber dado un paso al frente y abrazar el dogma marxista convierte prácticamente en ininteligible mucho del cine de Godard. Consecuencia, quizás, de esa nivelación cultural 'por abajo' tan del gusto de nuestros gobernantes, que han logrado finalmente que la historia contemporánea nos acabe resultando igual de cercana que la del imperio persa. ¡Y tan sólo hablamos de medio siglo atrás! ¿Debo de recordarles qué ha ocurrido en los países con una generación entera desconocedora de su pasado? Esto que podríamos llamar el efecto '¡¿pero–que–me–estas–contando?!' no lo ha sufrido del mismo modo Chris Marker, quién amparándose en su "enfoque poético" ha sabido mantener sorprendentemente frescos los fotogramas de su cine (El fondo del aire es rojo (Le Fond de l'Air Est Rouge, 1977)). Otro tanto podría decirse de manifiestos tan distantes en el tiempo como La guerra ha terminado (La Guerre Est Finie, 1966) de Resnais (y compárese con su mano a mano godardiano en Lejos de Vietnam (Loin du Vietnam, 1967)) o Abajo el telón (Cradle WilI Rock, 1999) de Tim Robbins, películas donde la personalidad del autor no trabaja "en contra" del contenido, sino que lo refuerza y matiza. En este país nos hartamos de hacer cine político durante la transición, un cine más bien mediocre comparado con algunas de las películas hechas durante el denostado régimen. Amargas conclusiones se pueden sacar de este hecho... Companys, procés a Catalanya (1979, Jose María Forn), 7 días de Enero (1979, Juan Antonio Bardem), El proceso de Burgos (1979, Imanol Uribe), Operación Ogro (1979. Gillo Pontecorvo) o El crimen de Cuenca (1980. Pilar Miró) se ven hoy con cierto sonrojo. Les falta fuerza y les sobra intención, cuando no han quedado por completo superadas (aunque eso le pase también a la poco inspirada Hay motivo (2004), con tan solo unos meses de "antigüedad" a sus espaldas). Nada que ver, pues, con Viridiana (1961. Luis Buñuel), El verdugo (1963. Luis García Berlanga) o La caza (1966. Carlos Saura). Y es que para disparar con puntería hace falta algo más que el ansia de libertad o la etiqueta de "progresista". Sonríe alguien por encima de mi hombro al leer Viridiana como ejemplo de cine político. Y es que este es un género bastardo, contrahecho, complicado de clasificar. Tan peligroso, que a muchos de los que en su momento hicieron cine "con mensaje", jamás se les ocurrió calificarlo tal que así... por lo que pudiese pasar. No en vano estamos ante un género que puede condenar a quien lo practica al más enconado de los ostracismos. ¿Dónde termina el "documento" y comienza la soflama? Un film político acostumbra a tener como principal y lícito objetivo denunciar un estado de cosas difícilmente soportable, a todas luces injusto. Esto se puede hacer a caballo pasado –rememorando injusticias flagrantes, infamias todavía sangrantes: En el nombre del padre (In the Name of the Father, 1993. Jim Sheridan) o Bloody Sunday (id., 2002. Paul Greengrass)– o en tiempo presente. (¿Existe el "presente" cinematográfico? Si ya nos parece caduco un periódico de ayer... ¿qué inmediatez cabe suponerle a un arte que necesita de meses entre el parto y la materialización de la idea?). La última película "de prestigio" que recuerdo como abiertamente política –disfrazada de cine de autor, para más INRI– fue Intervención divina (Yadon Ilaheyya, 2002. Elia Suleiman), una soberana tontería que presumía de ser un "estudio sociológico" sobre el conflicto árabe-israelí. El keatinano director manejaba un discurso de la confrontación y el odio disfrazado de falsa intelectualidad, algo que asegura premio en el festival de turno (no en vano, el capital con el que se financió era francés... ¿recuerdan el caso Dreyfuss?) Cierta repercusión tuvo también 11 de septiembre (11 09' 01'' September 11, 2002), film colectivo donde directores de todo el orbe decían la suya sobre el archiconocido atentando. Había variedad: desde los que no sabían muy bien de qué iba la cosa hasta los que aprovechaban para hacer apología del terrorismo, pasando por los que convertían la caída en barrena de seres humanos en... ¿poesía? Si usted lo dice... Así pues, el cine político es el equivalente a la pataleta comprometida y algo aprovechada ("fue terrible, y aquí estoy yo para dar testimonio y ganar un par de oscars"). Pienso en Desaparecido (Missing, 1982. Costa-Gavras), El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, 1982. Peter Weir), Bajo el fuego (Under Fire, 1983. Roger Spottiswoode), Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984. Roland Joffé) o Más allá de Rangún (Beyond Rangoon, 1995. John Boorman), donde un personaje –sí, casi siempre norteamericano– es incapaz de permanecer por más tiempo al margen de una realidad horrísona y termina, de una u otra forma... involucrándose. Punto de partida tramposo donde los haya, pues el espectador conoce de antemano los resultados de ese abuso (la dictadura chilena, la locura de los yemenes rojos, los desmanes de Suharto en Indonesia). Así pues, el condicionamiento es evidente... Eso no basta, claro está, para hacer un buen film: el ejemplo paradigmático sería Ken Loach. La situación nos es conocida –hasta la extenuación, dada la repetición en sus temáticas–, nuestra sensibilización, absoluta. Y sin embargo... unas veces funciona y otras no (panfletos como La canción de Carla (Carla's Song, 1996) serían un buen ejemplo al respecto). ¿Qué es ese plus que hace de una película política un auténtico documento, capaz de sobrevivir a la coyuntura del momento y esa perecedera corriente de simpatía por parte de un espectador militante por épocas o temporadas, en función del "último desastre humanitario" o "terrible situación indignante" expuesta en la TV? Lo que hace magníficas a La sal de la tierra (Salt of the Earth, 1954. Herbert J. Biberman), La batalla de Argel (Battlaglia di Algeria, 1965. Gillo Pontecorvo), La batalla de Chile (1975–1979. Patricio Guzmán) o Cristo paró en Eboli (Cristo si è fermato a Eboli, 1979. Francesco Rosi) es lo genuino de su rabia, la atemporalidad de sus héroes colectivos. Otras, por el contrario, sobreviven por su carácter documental, casi testimonial (La fuerza de la voluntad (Triumph des Willens, 1934. Leni Riefenstahl), Night and fog (Nuit et Brouillard, 1955. Alain Resnais) o The sorrow and the pity (Le chagrin et la pitié, 1969. Marcel Ophüls)). Horrores enunciados de manera vehemente, mentiras beatificadas por la intervención del cinematógrafo. Política, historia, infamia. ¿Y a qué tanta distinción? ¿Acaso no son películas políticas Náufragos (Lifeboat, 1944. Alfred Hitchcock), Novecento (1900, 1976. Bernardo Bertolucchi), Malcolm X (id., 1992. Spike Lee), Los lunes al sol (2003. Fernando León de Aranoa) o Dogville (id., 2003. Lars von Trier)? ¿Por qué refugiarse en el melodrama para hacer más vendible un claro y necesario (o no) mensaje? ¿El auge del género documental en los últimos tiempos no se deberá a que la realidad –la mal llamada no ficción– urde argumentos más enrevesados que el Mamet más inspirado? ¿Nos convencimos por fin de la gran mentira que sustenta toda creación? ¿Nos hacen falta más pruebas? En las guerras del siglo XXI siempre habrá alguien allí para contarlo, como parte fundamental de ese negocio que comienza con la venta de fusiles de asalto en mitad de una terrible hambruna y termina con la emisión vía satélite de la CNN (live!). El resto, en nuestra condición de espectadores sin voz ni voto, asistiremos a la ceremonia de la confusión –la que proviene de unas imágenes pre–cocinadas, de las que es imposible separar el trigo de la paja... ¿de ahí que hayamos dejado de dar crédito a lo que ven nuestros ojos como demostración incuestionable de nada?–. Moore es un hombre que no está conforme con la política de su país, como una creciente mayoría de sus compatriotas. Moore es también un hombre que gana mucho dinero, con olfato para rentabilizar el negocio de la disidencia. No creo que haya una gran contradicción en todo lo anterior. El único modo de alzar la voz y ser escuchado en la mayoría de sociedades occidentales "democráticas" es a través de eso: la posesión del dinero, dinero que abre las puertas a la mayoría de los medios. Si lo hace Moore, es un rojo hipócrita. Si lo hace Berlusconi, es un empresario con iniciativa. Moore expone sus tesis, y expone –físicamente– más de lo que la gente cree. Quizás su efecto acabe siendo el contrario al deseado –para la mayoría de los votantes republicanos no pasará de ser un exaltado poco patriota, para el resto, un Santiago Segura con la mala leche de Coto Matamoros–, pero lo cierto es que sus películas resultan tan amenas como crueles y demoledoras. ¿Quién dijo que las carreras electorales eran largas y aburridas? Para amenizar el evento, pasen y vean: George Bush vs. Michael Moore. El combate, evidentemente, está descompensado... aunque los dos utilicen armas de destrucción masiva (la política y la cámara, respectivamente). Y ambos –me da la sensación– serían capaces de cualquier cosa con tal de imponer sus argumentos. ¿Las dos caras de una misma moneda? |