| Crónica 3 de septiembre 2004 | |
Historias miserablesPor segundo año consecutivo, nos plantamos en Venecia dispuestos a realizar la cobertura más intensa, agotadora y caprichosa de la que somos capaces. Es cierto que no ser novatos en el segundo festival más importante del mundo tiene sus ventajas. Llegamos aquí conociendo localizaciones, movilidad y mecanismos internos de la muestra. Sin embargo, nunca se está preparado para el exceso de ofertas que ofrece un festival como este. Pero vamos aprendiendo, y en vez de darnos cuenta el tercer día, es el primero: no lo vamos a poder ver todo. Y dispuestos a definir nuestra ruta, tiramos de referencias de confianza y de la intuición. Hoy usamos ambas cosas. La intuición nos condujo a un error garrafal y las buenas referencias no nos fallaron. Llegamos por la tarde y sólo pudimos ver dos películas. Delivery del griego Nikos Panayotopuolos y Parapalos de la argentina Ana Poliak. Ambas, historias acerca de personajes marginados por la sociedad. Habitantes de espacios que pueden pasar desapercibidos si uno se queda embelesado con las luces fosforescentes de la gran ciudad. La intuición, y la ausencia de alternativas (nuestro planning venía marcado por el inicio de la siguiente película, la de las referencias), nos llevó a inaugurar nuestro paso por la sección oficial. Debe haber sido el maravilloso recuerdo del año pasado, cuando nos estrenamos con la película hablada de Oliveira, el que nos hacía guardar esperanzas ante una película de un país que no suele encontrar cabida en los grandes festivales. Un desastre total. Delivery es una película cuya única coherencia la entabla con el dicho "de mal en peor". Exageramos un poco. La película pretende contar las desventuras de un chico introvertido y marginal que llega a Atenas absolutamente desvalido. A lo largo de la película, va entablando relación con diferentes personajes, a cual más pintoresco y estereotipado. Incluso se permite el lujo de encontrar a su media naranja, una drogadicta que acabará como prostituta, por supuesto. Pero está claro que la película no se toma demasiado en serio su núcleo narrativo. Lo que busca el director griego, no hace falta escarbar demasiado, es mostrarnos la cara oculta de una gran ciudad como Atenas. En este sentido, tiene su gracia descubrir el reverso de la imagen de ciudad esplendorosa que acabamos de ver gracias a los Juegos Olímpicos. El problema es que en el intento por ofrecernos la imagen global de una ciudad miserable, Panayotopuolos construye un puzzle desequilibrado, desmembrado, inconsistente y finalmente ridículo, cuando unos asombrosos delirios de virtuosismo escénico rompen con el estilo, más bien sobrio y plano, de la película. La batería de planos con grúa con la que termina la película sólo nos la conseguimos explicar como la necesidad de no devolver un sobrante de dinero de la producción. Tras la decepción, llegó la carta que jugábamos sobre seguro. Parapalos de Ana Poliak ganó el último BAFICI, ese festival que soñamos algún día visitar, el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires. Allí, se impuso a películas tan solventes como Las Horas del Día, la mejor película española desde En Construcción. Y justamente con esta última, guarda Parapalos lazos amagados. Parapalos nos cuenta la historia de un parapalo, un chico que trabaja en un bowling colocando los bolos que la gente va tirando mientras juega. La película es un canto rotundo en favor de la dignidad del ser humano ante la deshumanización a la que se puede ver sometido por la sociedad. Sin grandes estridencias, Poliak construye su película a base de comportamientos mecanizados, movimientos sistematizados que configuran rituales trágicos y esclavizantes. El hombre, casi absorbido por su tarea como parapalo, parece convertirse por momentos en simples impulsos nerviosos que lo conducen, poseído por la costumbre, a la anulación de su condición de ser racional. Pero no es todo tragedia en Parapalos. Poliak consigue dar forma a un grupo de personajes tremendamente complejos, que traslucen una gran densidad de conflictos emocionales tras su fachada hermética y opaca. Es Parapalos una película construida mediante un sistema de depurado extremo. Aquí puede verse la buena mano de Santiago Loza, director de la magnífica Extraño (vista en el pasado San Sebastián), que ayuda a Poliak en las labores de guionista. Este proceso de depuración deja a la película prácticamente desnuda de diálogos. Aunque sí que encontramos algunos monólogos memorables, las palabras son mínimas. Las pocas conversaciones que mantienen los personajes tienen la virtud de parecer banales (y magníficamente naturales) y, sin embargo, contener todo un cúmulo de sugerencias de sentido relacionadas con su estado anímico y existencial. Parapalos se encuentra con En Construcción en su apariencia de captura de la realidad más que de reproducción ficticia de unas vidas inventadas. Se puede entrever en las imágenes de la película un brillante trabajo de solapamiento de la ficción inventada por Poliak y la realidad de ese mundo de los parapalos que tan bien captura. Así como los chicos parapalos existen, pero se mantienen invisibles escondidos tras los muros del bowling, hay una ficción que fluye hábil y meticulosamente controlada bajo la verdad que nos desvela la película. Parapalos comparte formas o motivaciones con el cine de los Dardenne, del último Gus Van Sant, de Lisandro Alonso o Ruth Madre (Struggle). Parapalos es para nosotros cine grande e importante, ese cine que necesita ser reivindicado y por el que nos la jugamos. El cine que, como suele ser tristemente habitual, casi sólo podemos ver en festivales. |