Miradas de Cine HORIZONTES DE GRANDEZA
(The Big Country, 1958. William Wyler)
MdC
Por Emilio Martínez-Borso





























Miradas de Cine © 2002-2004

La grandeza del CINE

Pocas películas pueden ser tan características y específicas dentro de una época o movimiento cinematográfico como esta que nos ocupa, ya que es muy probable, por no decir lógico que Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958) no se hubiera realizado ni diez años antes ni veinte años después. A finales de la década de los años cincuenta el cine estaba cambiando en Estados Unidos (y en el resto de cinematografías también por supuesto, al cabo de un año llegaría Truffaut con Los 400 golpes/Les 400 coups, 1959- a Francia), la llegada del cinemascope unos años atrás había revolucionado la concepción del cine como espectáculo y los estudios se lanzaban ahora a la realización de grandes películas que justificaran el formato ancho ofreciendo espectáculos nunca vistos hasta entonces

Es durante este tiempo cuando estalla una guerra para atraer la atención del público ofreciendo grandes historias, superproducciones colosales, películas "bigger than life" y demás que exceptuando un pequeño porcentaje no eran más que películas con fecha de caducidad y que no han sabido resistir el paso de los años. Ante la aparición de esta nueva oleada, muchos cineastas no supieron adaptarse y continuaron haciendo el cine que habían hecho hasta ahora, ya sea con mayor (Ford, Hawks), o menor (Nicholas Ray y su colaboración con Samuel Bronston, o Lang, que después de Los contrabandistas de Moonfleet- Moonfleet,1954- volvió a Alemania) fortuna, pero hubo algunos que si supieron aprovechar las características técnicas que le ofrecían este nuevo movimiento y lo utilizaron y explotaron para sacar el máximo rendimiento dramático con películas francamente notables como es el caso de Anthony Mann que en la década de los 60 nos dejó obras como El Cid (El Cid, 1961) o La Caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964) y sobretodo William Wyler que en dos años nos dejó dos obras maestras de dos géneros tan distintos como el western en el caso de Horizontes de Grandeza y el peplum histórico como Ben-Hur (Ben-Hur, 1959).

A pesar de las apariencias, Horizontes de Grandeza no es un western al uso, y mucho menos un superwestern tal como la han venido catalogando de un tiempo a esta parte si lo comparamos con muestras paralelas del género como puede ser el Cimarron (Cimarron, 1960) de Anthony Mann. El largometraje en cuestión es un cúmulo y una suma de elementos cuyo envoltorio es el de un western, pero que en su interior descansan valores, características y virtudes de otros géneros que la alejan de éste, pero cuya mayor virtud es que ese alejamiento es voluntario. No cumple las normas estrictas del género porque no quiere, no interesa. La historia y el mensaje es otro y el western es tan solo un elemento más (como la luz, el atrezzo, el espacio) una excusa para enfocar y localizar geográficamente unos acontecimientos que perfectamente podrían suceder bajo el reinado de los borbones, la revolución francesa o en el mismo oeste americano, emparejándose mucho en este sentido con la etapa más rica de David Lean, un director que seguramente habría estado encantado de firmar esta película, ya que centra una historia minimalista aupada y movida por los sentimientos y transformaciones de sus protagonistas en un contexto épico e histórico muy atractivo cinematográficamente. Aunque ese no es el único paralelismo con el cine de Lean.

Otra de las grandes virtudes del largometraje reside en la confrontación de dos mundos que Wyler sabe exponer magistralmente. El protagonista, un marinero de San Francisco acostumbrado al mar y a las tormentas aparece en un espacio diametralmente opuesto al suyo estableciendo así el gran conflicto. Ahora se verá rodeado por océanos de tierra donde no se distingue el horizonte, los horizontes de grandeza, siendo este punto el que desarrolle todos los sucesivos conflictos haciendo hincapié en las diferentes culturas que vienen determinadas por el espacio geográfico de donde proceden. Frente a la caballerosidad y buenos modales del marinero de una ciudad cosmopolita y moderna con su código moral propio frente a la rudeza de los cowboys de Texas. Incluso al protagonista no dejan de repetirle continuamente lo grande que es esa tierra, aspecto que le acompañará todo el relato y que en una broma se anticipará él mismo a decirlo antes que se lo repitan asimilando de se modo su condición y lugar en ese espacio tan lejano e impropio donde él se convierte en un punto entre la inmensidad que habita con él por todas partes. Las cosas cambiarán cuando él decida enfrentarse a este hecho y en vez de quedarse mirando el horizonte en el porche de la casa con una mezcla de admiración y miedo por el inmenso terreno que hay frente a él, con un caballo buscará por su cuenta y riesgo un rancho (mediante la ayuda de su brújula de marinero, genial detalle de atrezzo uniendo ambos mundos) pasando una noche al raso y sin compañía.

Por suerte Wyler no justifica a ninguno de los dos bandos ya que se preocupa en mostrarnos las necesidades y motivaciones de cada uno aunque es ciertamente más fácil identificarse más con el marinero, gracias sobretodo al carisma y la presencia de su protagonista, Gregory Peck, cuyo papel en esta película nunca ha estado tan cerca del papel de galán y hombre recto que le acompañó durante toda su vida (y que avispadamente produjo la película) y que carga a su personaje de una bondad, ternura y humanidad impropia de hasta entonces en las películas en las que el protagonista es un hombre que llega a un lugar, se identifica con una familia o los personajes del lugar y les soluciona los problemas para luego marcharse. Horizontes de Grandeza da un paso más en este sentido puesto que no es un forastero el que llega, el marinero llega para casarse, asistirá y será testigo y objeto de las riñas entre dos familias, hará ver cuan equivocados están y en cierta medida solucionará sus problemas pero todo ello tras haber cambiado radicalmente la situación de la vida en el lugar y a diferencia de personajes como Shane (Raices Profundas/Shane, George Stevens,1953-) o el Predicador (El Jinete Pálido/Pale Rider, Clint Eastwood, 1985-) el personaje de Jimmy Mackay no empleará la violencia como catarsis final sino que será su diplomacia y su perseverancia unido a su estigma de caballero además de su probada valentía y honor lo que hará batirse en un duelo entre caballeros en una secuencia antológica frente a la multitud de esbirros y disparos que suelen tener que hacer frente los pistoleros en esta clase de situaciones.

También Wyler acertó de lleno en contarnos una de las historias de amor más bellas y más secas nunca vistas en la pantalla (quizás comparable en lo de seca a la de Duelo al sol /Duel in The sun, King Vidor, 1945- entre Jennifer Jones y....Gregory Peck) como es la que se establece entre Mackay y Julie Maragon (una deliciosa Jean Simmons). Maragon es la maestra del lugar, que posee el rancho que anhelan las dos familias y es secuestrada para venderlo. Desea marcharse pero no lo hace porque ese rancho es su herencia. Es la mejor amiga de la prometida de Mackay pero ambos se atraen desde un principio y cuando Mackay termina su historia de amor con Patricia (Carroll Baker), decide comprar el rancho para acabar con las disputas y reconoce en Julie a su media naranja. Wyler nos va dando pistas de su atracción durante todo el metraje, ella es quien mejor le entiende y le defiende delante de su prometida, él se encuentra más suelto en su presencia, y él irá a buscarla batiéndose incluso en duelo por ella, pero jamás los veremos besándose, ni siquiera en el magnífico plano final con ellos juntos a caballo abrazándose con los horizontes de grandeza a sus pies. Wyler es más sutil, nunca ha estado la tensión sexual más latente y mejor omitida ya que no es necesario, nos va haciendo participes del nacimiento de sus sentimientos a través de sus miradas, mínimos gestos y sobretodo de los silencios, silencios tranquilos donde no necesitan decirse nada. Sabemos que acabarán juntos. Por suerte Wyler captó muy bien la esencia y no incide continuamente en ello, no quiere desviarse del tema principal, los grandes horizontes.

En este sentido hay que reconocer que para esta película, pocos directores aparte de Wyler podrían haber realizado una labor tan minuciosa. Gregory Peck, como productor ofreció las riendas de la dirección al cineasta, cuya probada solvencia en dramas familiares había quedado más que demostrada. Wyler se encontró en una situación hábil ya que a pesar de ser una gran superproducción con un gran despliegue de semovientes, gente y dinero, se centró en el retrato de las diferencias patriarcales y rencores generacionales de las dos familias que se pelean por el mismo rancho. La película bascula en torno a ese drama que Wyler ya había retratado en películas como La Loba (Little foxes, 1936) y donde aquí se mueve como pez en el agua desgranando las interioridades, mezquindades y rencores de las dos familias ofreciendo un retrato certero, cínico y muy crítico de las figuras de los grandes terratenientes americanos de finales del siglo pasado que construyeron grandes imperios donde el orgullo y las rencillas personales generacionales impiden a través de sus implacables e impepinables tradiciones dejar la puerta abierta a la lógica, la cordura y el verdadero honor. Será el personaje extranjero de Peck el que ejemplifique eso para entender más aún ese contraste (como la secuencia entre del duelo que he comentado anteriormente donde explican que eso era algo entre caballeros) mostrando las diferencias entre ambos mundos, el viejo cacical del oeste frente al nuevo industrializado y moderno y con una mente más abierta como el que ejemplifica el lugar de origen de Mackay, San Francisco.

Los significados e interpretaciones, los matices y sutilezas van más allá de la simple apariencia espectacular que destila la película, va más allá de lo que está envuelto en un papel de western, porque sin lugar a dudas, lo que hace destacar a Horizontes de Grandeza entre todas las demás es la sucesión constante e imparable de pequeños (grandes) detalles que van configurando una obra que te atrapa a medida que avanza la acción y esos momentos se te van quedando grabados en la retina acompañándote en tus viajes a partir del primer visionado. Me refiero a momentos como el abrazo entre Julie y Jim que precede al duelo, la secuencia del desfiladero donde Charlton Heston alcanza cabalgando a su jefe después de haberle dicho que no le seguirá y acompañados de la espléndida música se dirigen a enfrentarse a la familia rival, la pelea entre Peck y Heston al amanecer filmada toda en una sucesión de planos generales, sin música con el personaje de Mackay levantándose ensangrentado y espetando a su contrincante: "¿Me puede decir que hemos demostrado con esto?", o la doma del caballo salvaje, a escondidas, sin testigos; todo ello bañado por la magnífica banda sonora de Jerome Moross empezando por la magistral secuencia inicial de los títulos de crédito donde el espectador ya queda atrapado en la tela de araña que supone el poder disfrutarla en una pantalla grande (yo tuve el placer y la oportunidad de verla en la Filmoteca hace un año en el ciclo de westerns que organizaron).

Rodada milimétricamente, Wyler se adueña del formato panorámico (al contrario que muchos que sin quererlo se dejaron adueñar por él) para utilizarlo a su medida y establecer unas fronteras perfectamente reconocibles dentro del encuadre, enfatizando las distancias entre los personajes, y componiendo según el tipo de espacio donde se encuentran, jugando mucho espacialmente con los grandes horizontes, fotografiados de una manera muy bella y sobria casi radiografiando los diferentes tipos de espacios reconocibles en esa geografía, ya sean lugares secos y desgranados poblados de rocas, polvo y sol o los campos trabajados de las haciendas familiares llenos de hierba y pastos, bañados por el río.

Es una pura cuestión matemática. Cuando tienes un buen material de base, te rodeas de grandes actores y sabes hacer conjugar todos los elementos que te brinda el lenguaje cinematográfico, el resultado no puede ser otro que una obra maestra, ya sea un drama, una comedia, una película épica, un ejercicio de cine negro o un western, o como es el caso, una película disfrazada de western pero que no lo es. He ahí la grandeza del asunto.