| PLÁCIDO (Plácido, 1961. Luis García Berlanga) |
|
|
|||||||||||||||
Feliz NavidadEn muchas entrevistas que ha concedido últimamente, y en las que ha demostrado, al menos a quienes tratamos de comprender las implicaciones reales de su cine, que dista mucho de ser un viejo trasnochado, Luis García Berlanga se ha quejado de las reacciones de prensa y público a la (lógicamente, cada vez más olvidada) película de Roberto Benigni La vida es bella (la vita e bella, 1998). Dice Berlanga que los que aclamaron a Benigni como el primero en tratar temas duros pasándolos por el filtro de la comedia olvidan que Lubitsch hizo películas como Ninotchka (Ídem, 1939) o Ser o no ser (To be or not to be, 1942), Chaplin realizó un film llamado El gran dictador (The Great Dictator, 1940), o los hermanos Marx protagonizaron, aún antes, Sopa de ganso (Duck Soup, 1933. Leo McCarey); y que sólo un estulto o un ignorante podría considerar a Benigni como el primero en mezclar comedia y drama. Como es natural, Berlanga no se citó a sí mismo, aunque podría haberlo hecho, pues un hombre que ha luchado contra la censura recubriendo de un barniz de comedia descarnados retratos de la España profunda franquista, que tiene en su haber películas como El verdugo (1963) o La vaquilla (1985), puede hablar perfectamente de lo que es el distanciamiento humorístico (aparente) a la hora de acercarse al horror, con infinitamente mayor acierto, por cierto, que Benigni en su más bien lamentable película. Durante los años cincuenta, Berlanga y Juan Antonio Bardem sorprendieron a la crítica mundial (ambos premiados en Cannes en aquella década: el primero en 1953 por Bienvenido Mr. Marshall (1952) , y el segundo en 1958 por La venganza (1957), película que fue también nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa) con un cine que, con infinita inteligencia, practicaba un humor negro (muy negro) en su visión de la sociedad en la que vivían, manteniendo unas formas en las que no se apreciaba directamente la carga de veneno que aún hoy siguen atesorando. Este cine llamado de "estética franquista", en las antípodas de aquel cine oficial de folclóricas, héroes militares y sacerdotes, si bien con similar carcasa (los mismos actores), surge, por un lado, de comedias americanas como las anteriormente citadas (aunque la tradición humorística que las propició sea netamente europea, claro), y, por otro, de la (tragi)comedia y el neorrealismo italianos, con Cesare Zavattini como uno de los referentes más claros de éste último. Es sabido que Zavattini visitó España en 1954 y con Berlanga planeó llevar a cabo un film, algo imposible finalmente debido a la oposición frontal de la censura. También Rafael Azcona (uno de los coguionistas de Plácido junto a José Luis Colina, José Luis Font y Berlanga), que tuvo, según parece, que viajar a Roma durante la gestación del libreto, conoce la obra de Zavattini, pues en aquellos años trabaja al lado de diversos directores italianos (con logros tan importantes como sus trabajos junto a Marco Ferreri), y se encuentra muy unido a ese país. Lo más zavattiniano de las películas de Berlanga y Azcona es el acercamiento que hacen a las gentes sencillas de la vida cotidiana, sin sensiblería, pero con una piedad final, que hace que se alineen incluso junto a aquellos a los que querían atacar en un principio. Y luego están los finales, esas conclusiones abiertas, que dejan al espectador helado, por su carácter subversivo, reflexivo, pesimista, muchas veces descorazonador. En este aspecto, films como El verdugo, Plácido o, por poner uno más reciente, Patrimonio Nacional (1980) (excelente primera secuela de esa obra maestra que es La escopeta nacional / 1977), nada tienen que envidiar a logros tan universalmente aclamados como puedan ser los últimos planos de Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948) o Umberto D. (Ídem, 1951), dos de las colaboraciones de Zavattini con Vittorio De Sica. Pues efectivamente, aunque Berlanga, y ahora menos que nunca, no alardea de ello, su cine puede compararse al de los mejores maestros italianos de aquella época, y sin duda debería (el que no lo haga podría ser motivo de un análisis para el cual necesitaríamos un espacio y un tiempo de los que no disponemos en este momento) ser tan universalmente conocido como lo es el de Fellini, Bergman o Buñuel, quienes, al menos en su época, gozaban de una buena proyección internacional (eran otros tiempos: hoy en día estrenarían, con mucha suerte, sus películas por la puerta de atrás, como hacen los pocos buenos cineastas, o los pocos cineastas a secas, que consiguen distribución en circuitos mayoritarios). Plácido surge a partir de una campaña ideada por el régimen franquista que, bajo el lema: "siente un pobre a su mesa", pretendía hacer crecer en el pueblo un sentimiento de caridad cristiana hacia los desheredados, pero que, en realidad, y como Berlanga consigue mostrarnos, esconde una manera de limpiar las conciencias burguesas, algo de lo que hoy se encargan los "Telemaratones solidarios de Navidad", programas que Berlanga confiesa aborrecer, y a los que ve, con su lucidez de siempre, como una prolongación de las iniciativas de aquel tipo. Precisamente el título del guión era, al principio, "Siente un pobre a su mesa", mas el realizador se vio obligado, por problemas con los censores, claro, a hacer un cambio de última hora, dándole finalmente a esta obra maestra el nombre de su principal personaje masculino. Lo primero que destaca dentro de la película es la conseguida reproducción del ajetreo que suele producirse en Nochebuena. A lo largo de ese día, asistimos a las andanzas de Plácido (Cassen) y Don Gabino (José Luis López Vázquez), el primero, dueño de un motocarro, preocupado porque tiene que pagar el primer plazo del mismo, y el segundo, el coordinador de la campaña, que necesita ese vehículo para ir de un lado a otro de la ciudad. Las dificultades de Plácido para hacer efectivo el pago serán muy grandes, y aunque finalmente lo consigue, está claro que tendrá que volver a pasar penurias para abonar la siguiente mensualidad, como él mismo dice: «Y el mes que viene, otra vez el mismo fregao». Sin embargo, la campaña tampoco estará libre de problemas, y en su contexto podemos ver la hipocresía y la preocupación por las apariencias de los ciudadanos de bien: Ya durante el "reparto de indigentes" entre las generosísimas familias, éstas se preguntan si será mejor llevarse un pobre de la calle, o bien un anciano... Posteriormente, durante la cena, uno de los humildes invitados se pone muy enfermo, y la familia decide llamar, ya que el médico está ocupado, al dentista que vive cerca, porque «algo sabrá». El dentista, que cena con su pobre, es informado por éste de que el pobre moribundo sufría angina de pecho... Y en ese momento, el dentista decide ir a echarle un vistazo (acompañado por su indigente, pues su mujer le aconseja llevárselo a casa de los vecinos «para que vean que tenemos pobre»), pero sólo porque ya sabe la enfermedad que tiene, y para aparentar ser todo un experto médico (una de las muchas sutilezas de guión). En cuanto la familia descubre que el pobre enfermo está viviendo en pecado con una mujer, deciden casarlos, en una de las secuencias más divertidas del filme, y aunque poco después de la (amañada) ceremonia el viejo se muere, ya no tiene tanta importancia, si bien se oyen lamentos del tipo: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!». Hay muchos más detalles, como se ha comentado, igual de cuidados: El asco que los mayores y los indigentes provocan en las familias, mal disimulado, la triste visita a la vivienda de la reciente viuda, el erotismo subterráneo que se aprecia en el personaje de Martita, cuyas historias de niña caprichosa chocan con los trabajos del protagonista, la disputa final por la cesta de Navidad (el guión es simplemente perfecto), y los personajes secundarios (por ejemplo, ese pobre borracho que cena en casa del notario), todos tan bien creados por unos prodigiosos actores entre los que vemos a la troupe habitual de Berlanga, y cuyas interpretaciones consiguen trascender pese a que se trate de roles con una presencia fugaz en pantalla. Uno de los elementos más a tener en cuenta en este film es su hábil manera de camuflarse como un sainete costumbrista más, como una obra de inofensiva y amable envoltura, en un ejercicio de funambulismo genial que despistaba a la censura siempre (muchas veces trato de ponerme en el puesto de los censores y nunca logro explicarme por qué no se daban cuenta de lo que la película estaba diciendo en realidad). Berlanga es consciente de que no puede atacar con saña o excesiva acidez, algo que sí llega a hacer en El verdugo, y que le trae muchos problemas con el gobierno, y decide no potenciar, no subrayar, pero nunca olvida detalles, pequeños en apariencia, pero que tienen un efecto demoledor una vez transcurrido el metraje. En el fondo, sólo es un tipo que tiene que pagar la letra de su motocarro, sólo es una familia invitando a un indigente por Nochebuena, sólo es un grupo de personas recorriendo las calles de la ciudad... pero esa apariencia afable termina potenciando la fuerza con la que las vergüenzas y miserias de aquella sociedad ascienden, de las profundidades del relato, hasta presentársenos en toda su dimensión. |