| CARTA DE UNA DESCONOCIDA (Leter from an Unknown Woman, 1948. Max Ophuls) |
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Viena, año 1900. El famoso pianista Stefan Brand se prepara para partir de la ciudad con el fin de evitar batirse en duelo. Justo antes de dejar su estudio, recibirá la carta de una mujer cuya identidad en principio no reconoce. Al leer la carta, se acordará de Lisa, aquella muchacha con la que compartió momentos fugaces en sus días de joven músico. «Cuando leas esta carta, puede que haya muerto...Si esta carta llega a tus manos, verás como fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía.» Estas míticas líneas, la espita del gas que ponía fin a una eterna historia de amor no correspondido, abrían uno de los flash-backs más dolorosos de la historia del cine, cerrando al mismo tiempo una de las historias más condenadamente románticas que se hayan rodado nunca. Carta de una desconocida está basada en una novela de Stefan Zweig, uno de los escritores más populares de la primera mitad del siglo XX. Parte de su fama se debe a sus excelentes biografías de personajes como Balzac, Charles Dickens o María Estuardo, pero Zweig fue también un experto en retratar personajes al límite en su obra novelística, poseedores de una sensibilidad a flor de piel que en ocasiones les aboca a la tragedia, como el caso que nos ocupa. El guión de Howard Koch es absolutamente fiel al espíritu y letra de la obra de Zweig, llegando a calcar en ocasiones algunos diálogos, aunque el guionista tuvo que acomodar su libreto a las exigencias del Hollywood de los 40, en el que no se hubieran acogido de buen grado todas las aristas de un personaje como Lisa. Por otra parte, Stefan Brand deja de ser el reconocido escritor de la novela para convertirse en un pianista de éxito. Fue precisamente Koch quien sugirió el nombre de Ophüls para dirigir la película, porque tanto su fondo como su forma encajaban como un guante en el universo estilístico del director alemán. De hecho, no se podría imaginar mejor fondo para las descarnadas historias de amor de Ophüls que las calles de Viena, con su atmósfera melancólica y dulce. Como algunas de las producciones de la etapa francesa del director, Carta de una desconocida está dividida en tres grandes episodios, cada uno de ellos correspondiente a un momento vital de Lisa. Sin embargo, la película, considerada como la más completa de cuantas rodó en Norteamérica (un total de cuatro) ha alcanzado su estatus de obra maestra porque Ophüls consigue depurar aquí los dos rasgos que más le definen como autor: su condición de retratista del universo femenino, y su perfecto dominio del movimiento de cámara, utilizado para subrayar estados vitales y/o emocionales de los personajes. Durante mucho tiempo, las películas de Ophüls fueron menospreciadas por considerar que se trataba de elegantes, pero a la postre insignificantes retratos de mujeres. La mujer es el leit-motiv central de la mayoría de sus filmes, que giran siempre en torno a la búsqueda del amor pero que nunca se detienen en aspectos burdamente sentimentales. Lisa, la anti-heroína de Carta de una desconocida, es el mejor ejemplo de cómo percibe Ophüls el pensamiento femenino. Aunque el director es consciente de la transitoriedad del amor (que refuerza con sus movimientos de cámara), no condena en ningún momento a las mujeres de sus filmes, sino que las trata con ternura, porque sabe que el dolor que sienten es la consecuencia de seguir los impulsos del corazón en una sociedad regida por la cabeza y las apariencias. Lisa, tras una vida dedicada a perseguir un amor idealizado, sólo obtiene dolor y desencanto, pero al menos ha tenido la valentía de no renunciar a sí misma en ningún momento de su vida. En cambio Stefan, que encarna un sistema de valores burgués en el que lo único que realmente importa es el triunfo social a pesar del corazón, consume sus años por inercia, sintiéndose cada vez más vacío. El tiempo avanza de forma implacable para ambos personajes, y la maestría de Ophüls tras la cámara consigue que les acompañemos en su bajada a los infiernos. Como sólo los grandes directores pueden hacer, Ophüls captura en imágenes el movimiento del alma en su pasaje solitario hacia la tragedia. Por medio de largos travellings (que documentan casi con detalle novelístico la impresionante puesta en escena de la película), acompaña a los personajes como si fuera un fantasma omnisciente. Sus interminables movimientos de cámara muestran, paradójicamente, a una Lisa atrapada por las normas culturales de una sociedad inamovible. Las frecuentes repeticiones de Ophüls, junto con la estructura circular del filme, no hacen sino recalcar la tragedia de una mujer que prefiere vivir en la ilusión antes que convertirse en pasto del rebaño, lo que acaba por dejar una sensación de tristeza insoportable. Pero si Carta de una desconocida es unánimemente reconocida como una de las mejores películas de la historia (en mi opinión, la más completa de su director) no es sólo por el impecable trabajo de Ophüls tras las cámaras, sino por la inolvidable interpretación de su actriz principal, la eterna Joan Fontaine. No hay que olvidar que la película fue pensada en su momento como un vehículo para relanzar la carrera de la archifamosa hermana de Olivia de Havilland. Sin ir más lejos, el proyecto fue posible gracias al dinero de la actriz (y de su marido, ambos propietarios de Rampart Productions). Fontaine da vida a una Lisa atormentada por una personalidad escindida. Es un personaje terriblemente frágil, que cede siempre ante los impulsos del corazón, aunque sepa que se acabará condenando. Pero al mismo tiempo posee una voluntad de hierro, que le lleva a abandonar familia, marido y dignidad, en pos de un amor imposible. Si bien esta es la película por excelencia de la Fontaine , no puede caer en saco roto el trabajo de Louis Jourdan, cuyo punto de belleza glacial no había sido nunca aprovechado tan acertadamente como en esta ocasión. Pero lo que diferencia a la cinta de Ophüls de la ristra de folletines basados en una temática similar es que se niega a caer en el arquetipo fácil. Ni Lisa es una loca romántica sin más, ni Stefan un mujeriego sin corazón. Ambos personajes se presentan deliberadamente ambiguos y repletos de recovecos internos, y el hecho de que haya una multiplicidad de voces narrativas en el filme, cada uno con su propio punto de vista, no hace sino reforzar esta idea. De hecho, no siempre la Lisa que le narra a Stefan la historia se comporta de igual manera que la Lisa que interviene como sujeto de la misma. Esta dualidad, que acentúa la ambigüedad del guión, hace que nos lleguemos a preguntar hasta que punto no está distorsionando sus recuerdos Lisa, como en aquella canción de ABBA en la que una muchacha es capaz de hacer creer a todo el mundo que es la reina del baile, cuando lo cierto es que no puede dejar de bailar sencillamente porque ha perdido la cabeza. Hacia el final de la cinta Lisa regresa a su antiguo hogar para estar más cerca del pianista, aun sabiendo que así destruirá definitivamente su matrimonio. Es entonces cuando por fin toma conciencia del escaso interés que ha mostrado Stefan hacia su devoción desmedida. Sin embargo, a continuación su voz en off remata las líneas finales de la carta, en las que vuelve a confesar sin tapujos su amor absoluto por el artista. Esta desconexión entre la verdad objetiva de los hechos y la fantasía idealizada en la cual tiende a refugiarse le proporciona al personaje de Fontaine una riqueza fascinante. La gran virtud del trabajo de Fontaine es que, aunque seamos conscientes de que es un personaje totalmente destruido por una obsesión compulsiva y que su relato no siempre se ajusta a la realidad, logra despertar infinitas dosis de ternura y compasión. Tampoco es posible llegar a odiar a Brand por su despreocupación y frialdad. Antes al contrario, el personaje acaba inspirando lástima porque sus acciones vitales le han llevado a la más absoluta soledad y desamparo. A medida que Stefan lee la carta, descubre impotente que la redención de sí mismo ha estado siempre a su lado, y no ha sido capaz de darse cuenta.. Se trata de un viaje interior iniciático de tan sólo unos minutos en el que le está permitido conocer el sentido de su existencia, solo para asistir desesperado al fin del sueño sin haber podido apenas disfrutarlo, como el niño robótico de Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, 2001. Steven Spielberg). La lectura de la carta destruye totalmente al personaje, que deja al instante de hacer los preparativos del viaje y acude a un duelo en el que lo mejor que podría pasarle es encontrar la muerte. Señalábamos líneas más arriba que uno de los cambios más significativos respecto a la novela de Zweig es que Brand es músico. No se trata de una elección arbitraria. La música opera en un nivel más emocional que intelectual, y la obra de Ophüls se mueve en el terreno de las emociones puras. La historia está localizada en Viena, la ciudad musical por excelencia, lo que permite a Ophüls emplear la música en un plano estrictamente diegético. La partitura original de la película fue compuesta por Daniele Amiftheatrof, y está fuertemente inspirada en compositores como Strauss, Listz o Schubert. Pero además, el director utiliza asimismo la música de la película a un nivel no diegético para configurar los estados de ánimo que pueblan las diferentes secuencias. Si habitualmente en la obra de Ophüls los movimientos de cámara intentan subrayar determinados estados emocionales, aquí se produce una conjunción entre imagen y sonido rayana en la perfección, llegando en ocasiones a ser más importante la música que la propia imagen para el desarrollo narrativo de la película. Carta de una desconocida es una obra perfectamente estructurada en tres actos, que resulta fiel a la narrativa clásica hollywoodiense, pero que al mismo tiempo está plagada de significados múltiples y contradicciones internas al intervenir varias voces en la narración. En ocasiones, la música se convierte en una más de estas voces, y las repeticiones y variaciones tan propias del estilo narrativo de Ophüls para subrayar determinados aspectos también se reproducen en la banda sonora del filme. La música, protagonista absoluto de la historia, sirve al director como mecanismo narrativo para subrayar, complementar, y en ocasiones contradecir las imágenes. Cuando Stefan comienza a leer la carta, por ejemplo, resuenan fuertes tambores de fondo, que anticipan la tragedia. En cambio, cuando Lisa recuerda la primera vez que vio a Stefan la partitura se vuelve casi infantil. Es uno de los escasos momentos de tregua de una película que va directa a las entrañas. Enfrentarse a Carta de una desconocida es como reencontrarse con una foto perdida de alguien que en su día te rompió el corazón; una experiencia de la que no se puede esperar salir completamente indemne. |