| BRAVEHEART (Braveheart, 1995. Mel Gibson) |
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Libertad... de expresión, valor para hacerloPocas veces he sido testigo de una disparidad de opiniones semejante en torno a una película como me ha ocurrido con ésta. Braveheart encanta o se aborrece, es amada casi con la misma pasión con la que está hecha u odiada del mismo modo, y no es extraño. Con eso quiero decir que aún hay gente que siente el recelo y prejuicio de tildarla de una película más de Mel Gibson y por lo tanto ya no puede ser más que una película corriente del montón ultra-comercial ideada y producida solamente para arrasar en taquilla y enriquecer más a los vendedores de palomitas y refrescos de tamaño gigante. No podrían estar más equivocados. Es cierto que si el máximo artífice del film no te gusta, difícilmente la película lo hará puesto que está producida y dirigida por él y aparece como protagonista en la mayor parte del metraje. Eso lo entiendo pero si uno deja de lado esos prejuicios infantiles, se dedica a contemplar en film y se deja arrastrar por la historia que cuenta inmiscuyéndose en la escocia medieval a la que te traslada encontrará un material bastante bueno olvidándose momentáneamente de masacrarla gratuitamente por la simple cobardía que empuja a alguien el reconocer que le ha gustado la última película de Mel Gibson. Dejando aparte este prólogo-declaración de principios bastante personal, decir que la historia de Braveheart se gestó hará unos diez años cuando el guionista y posterior director (1) Randall Wallace visitó junto a su mujer Escocia y tuvo la oportunidad de conocer el monumento erigido en torno al héroe nacional William Wallace que luchó por la liberación nacional frente a las tropas inglesas del rey Eduardo I conocido como "El zancos". Wallace (nada que ver con el personaje real) se quedó prendado de la historia y después de investigar, realizó un guión que envió a Gibson con el fin que lo protagonizara. Éste, se quedó tan prendado de la historia que la compró y a través de su productora Icon, decidió no sólo interpretarla y producirla sino que sería su segundo largometraje como director, arriesgándose de ese modo con un proyecto de 80 millones de presupuesto englobado en el siglo XIII y enmarcado en la Escocia medieval cuando su ópera prima, El hombre sin rostro (Man without a face, 1993) no era más que una sencilla historia de corte casi independiente. Lo primero que hizo Gibson como hombre orquesta fue adaptar la historia real y el guión a los cánones de una superproducción de época suavizando ciertos pasajes reales y tomándose ciertas licencias. En primer lugar, cambió de rango al héroe de la historia haciendo a Wallace un campesino que lucha contra los ingleses por venganza debido al asesinato de su mujer encabezando una revolución campesina al final debido al abandono de los nobles (a pesar que él es nombrado noble después de su éxito en la batalla de Stirling) mientras que el personaje real era ya un noble de sangre que desde el primer momento se rebeló contra la tiranía inglesa. Otro rasgo es que el Wallace de ficción es un personaje cercano y recto que sólo actúa violentamente rebelándose cuando no le queda más remedio siendo su principal deseo el de llevar una vida tranquila con su mujer, mientras que el Wallace real, dicen, era un sanguinario que se recreaba despellejando a sus víctimas inglesas luchando contra ellos con el cinto que sujetaba su espada hecho con la carne de los ingleses muertos en batallas anteriores. Una vez hecho todo éste trabajo y después de acabar la preproducción no sin solucionar ciertos problemas bastante importantes como el hecho que la película tuvo que rodarse en Irlanda en vez de Escocia y que la lluvia se convirtió en uno más de los más de dos mil figurantes del ejército irlandés contratado para actuar como los ingleses que luchan contra los hombres que llevan faldas (¿pillan la coña esta de Gibson, una de esas tan famosas? Hacer que irlandeses sean ingleses) la película se acabó tras un arduo rodaje de más de seis meses comenzando el proceso de post-producción que duró 385 días en palabras de su artífice. Todo este desgaste de dinero tiempo y sobretodo energía para contarnos de un modo espectacular, lo que se reduce a una de las más sencillas historias de todos los tiempos. Sí, porque realmente la esencia de la película se reduce a lo mínimo. Por encima de la grandiosidad de la épica del joven campesino con ansias de paz que debido a las circunstancias decide encabezar una rebelión contra Inglaterra en contra de la tiranía liderando a un país que conseguirá la ansiada libertad una vez haya muerto a manos de sus enemigos y su leyenda empiece a crecer. Realmente lo que nos viene a explicar Gibson bajo un envoltorio de tres horas con una producción absolutamente espectacular es la lucha interna de un personaje que solamente ansía vivir junto a su mujer y que una vez muerta ella se ve envuelto en algo mucho más grande, que él que casi ni siquiera entiende, viéndose forzado incluso a dar la vida en algo en lo que cree pero que realmente odia puesto que la libertad que tanto ansía se basa en la libertad de la vida sin su mujer y tan solo acabará con la visión de su mujer en el momento antes de su muerte lo que provoca la liberación y la redención del protagonista. Es entonces cuando se alcanza la verdadera libertad, ya que el pueblo escocés la alcanzará bajo el mando del que será su rey, Robert The Bruce. Ese es un de los temas más interesantes que propone Gibson, ya que no hay que olvidar que la historia está contada a través de los ojos del hombre que traicionará a Wallace y que ese hecho será el que le convierta en rey de Escocia, dando un tono un tanto alejado en ciertos momentos que son de agradecer, ya que el director se esfuerza en diferenciar de un modo bastante agudo las partes más "reales" de la historia o aquellas que le interesan más de las partes más "ficticias" o de cara al espectáculo al mero hecho de hacer avanzar la acción enmarcada en semejante contexto histórico. De este modo, Gibson hace una distinción entre las secuencias puramente de leyenda utilizando grandes panorámicas con helicópteros, (como el momento en que Wallace escala una montaña mientras el pueblo vas esparciendo su leyenda) o grandes planos generales espectacularmente resueltos rodados con composiciones milimétricamente estudiadas según las localizaciones, enfatizando la parte más conocida de la historia y la que puede llegar de un modo más fácil haciendo que el espectador quiera al personaje (el asesinato del noble que ha traicionado a Wallace, entrando éste a caballo en el dormitorio) enfrentándolas a secuencias más intimistas que desarrollan más el conflicto interno que va sufriendo el personaje ( su boda con Murron y su posterior noche de bodas, el momento de desolación de Wallace tras vista la traición y posterior derrota en la batalla de Falkirk o el último diálogo que mantiene junto a sus dos amigos antes de partir hacia la reunión en la que será apresado y ejecutado). Ese contraste es el que hace avanzar la historia de modo pausado pero sin llegar a cansar (cosa no fácil de conseguir y más en éste género como demuestran en el lado positivo Peter Jackson y sus dos primeras entregas de la epopeya Tolkeniana y en la parte negativa engendros como El patriota/The patriot, 2000. Roland Emmerich). Todo eso es mérito de Gibson quien se esfuerza en de manera considerable en darle a la película un aire de realismo que conjugado con el romanticismo da excelentes resultados. Es de agradecer que todos los personajes salgan totalmente guarros durante todo el metraje o la milimétrica reconstrucción del ambiente y la época, también se permite bellos momentos como el paseo a caballo con Murron o su boda nocturna con ella para no tener que dejarla al noble para que ejerza su derecho a la "Prima notte" (un bello detalle de guión), o la reconstrucción lo más realista posible de las batallas, algo sin duda que en su momento fue lo más famoso y que guste o no, ha servido de referente en las filmaciones de batallas de todas las películas épicas posteriores a ellas ya que supuso una revolución dado el crudo realismo y la violencia que en ellas mostraba, pero ¿es que acaso no eran éstas violentas? Y que Gibson reconoció que se basó en las de Campanadas a medianoche (Chimes at midnight/Falstaff, 1966. Orson Welles) y es que al fin y al cabo Gibson se basa en gente que sabía dirigir para intentar hacer su proyecto lo mejor que se pueda, ¿Será acaso que también él sabrá dirigir o pura casualidad? Yo apuesto por lo primero. No hay que desmerecer el gran trabajo técnico realizado por gente como el director de fotografía John Toll, sencillamente magistral o la espléndida partitura de James Horner, mucho más inspirado por las gaitas que cuando compone cosas como Titanic (Ídem, 1998. James Cameron) que hacen que el acabado de la película sea de la magnitud que se esperaba después del desembolso efectuado. Gibson conociendo su poder como mega-estrella (puede ser muchas cosas, pero tonto no es) no duda en rodearse de actores poco conocidos, en teoría para dar mayor veracidad a la historia pero seguramente para que nadie le hiciera sombra. El resultado igualmente altamente satisfactorio puesto que la mayoría del reparto empezando por un sorprendente Patrick Macgoohan como el rey Eduardo I es brillante, en especial los personajes secundarios más entrañables como el padre del amigo de Wallace, todo un acierto o el irlandés que le acompaña. A pesar de todo esto hay que decir que la película tiene grandes defectos, sobretodo de guión y es que querer abarcar toda la trama política de la situación escocesa es un error porque los apuntes muy interesantes que se exponen se quedan precisamente en eso, o personajes tan interesantes y con conflictos casi Shakesperianos como el futuro rey Robert The Bruce no están lo suficientemente desarrollado como merecería, o incluso ciertos pasajes que a mi gusto están fuera de lugar (enfrentándome a todo el que defiende que esa es la mejor parte de la película como el compañero de redacción, Carlos Rosal) como la relación entre Wallace y la princesa Francesa. Pero en contraste con ello nos quedan secuencias tremendas como la confesión de la princesa al rey moribundo sobre el linaje de su vástago o la boda a escondidas entre Murron y Wallace y como no, las secuencias de batallas, sencillamente espectaculares. La película en su época triunfó en taquilla de forma considerable pero como siempre que una película triunfa y recibe buenas críticas pasó que a la que se le empezó a reconocer sus virtudes y la gente la alababa al llegar las nominaciones a los oscars y la cruz de ser una película de Mel Gibson empezó con su leyenda negra. Aún hoy en día hay poca gente que le perdone que ganara cinco oscars en la edición de ese año, pero viendo a contrincantes como Apollo XIII (Apollo XIII, Ron Howard -al que habría que quemar en la plaza pública junto a Vicente Aranda y un par más) o Babe el cerdito valiente (Babe, Chris Noonan) sigo sin comprender semejantes críticas. Que los premios Oscars sean un camelo lo sabemos pero el hecho que una película gane los principales no la convierten en mala a pesar de lo que digan algunos. Concluyendo diré que a la gente que nos gusta este género (en mi caso es mi favorito), Braveheart supuso un punto de inflexión puesto que conjugaba el tono clásico de las grandes películas de la época de las superproducciones Bronston y demás junto con un tono realista y objetivo alejándose lo más posible del rodaje en estudio y de interpretaciones casi teatrales. Braveheart no es la mejor película de la historia, tampoco lo pretende. Es más, hay millones de películas infinitamente superiores a esta, pero en su género es una obra maestra que destila un tipo de Magia que a pesar del tiempo transcurrido, a la gente que le guste, le seguirá gustando de una forma especial, ¿el por qué? No sabría decirlo, pero conociendo todo el cine que conozco y viendo todo lo que he visto (que creo que es mucho, aunque nunca suficiente), y a pesar que la haya firmado en su totalidad Mel Gibson, sigue siendo una de mis películas favoritas, y a mi no me da ninguna vergüenza decirlo. *A mi me sigue pareciendo su mejor trabajo, siendo capaz de obras de aventuras simpáticas y bien trabajadas como El hombre de la máscara de hierro (The man with the iron mask, 1999) que también dirigió, o desastres supinos como el Pearl Harbor (Ídem, 2001) de Michael Bay (2001), consiguiendo sus mejores obras artísticas cuando se asocia con Gibson, caso de la película que nos ocupa o la reciente- y excelente- Cuando éramos soldados. |