| DESMONTANDO A HARRY (Deconstructing Harry, 1997. Woody Allen) |
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Deconstruyendo a Allen"Hermana: Tu no tienes valores, toda tu vida
es nihilsmo, cinismo, sarcasmo y orgasmo. El crepúsculo como pirotecniaPara mucha gente, entre la que me incluyo, el mejor Woody Allen sería el que abarca el periodo entre 1977, fecha del estreno de Annie Hall (Ídem), y 1992, fecha del estreno de Maridos y mujeres (Husbands and wifes). Sea cierto esto o no, pues no dudo que haya quien prefiera la etapa más lúdica de Allen al principio de su carrera, o bien, esta nueva etapa que vive hoy en día, en el que el sereno clasicismo de su mirada, se combina de nuevo con el humor más despreocupado y epidérmico, pues Allen en su bien trabajada madurez, parece encontrarse más cómodo en un tipo de obras más despreocupadas y optimistas, que sus, en ocasiones, crueles miradas introspectivas hacia lo más íntimo del ser humano. Pese a esto, tengo que decir, que sigo disfrutando cómo un enano cuando redescubro Bananas (Ídem, 1971) en vídeo o cuando acudo al último estreno, léase Un final made in Hollywood (Hollywood's ending, 2002), y recibo a Allen con la simpatía de quien se encuentra con un ser querido, sentimiento similar a cuando estrena un film gente cómo Clint Eastwood, Robert Altman, Eric Rohmer o Luis García Berlanga. Yo, cómo mucha gente de mi generación, he crecido con Woody Allen, aunque para cuando yo me asomara a este mundo, ya había realizado, entre otras, la divertidísima La última noche de Boris Grushenko (Love and death, 1975) y la preciosa Annie Hall. El hecho de que Allen sea un director constante en el trabajo y fiel a su público, ha permitido que el realizador, con una exactitud casi cronometrada, haya ido realizando año tras año una nueva película para sus fieles espectadores, que, evidentemente, son legión. Quizás sí que en los últimos Allen, y más en especial en su última trilogía para Dreamworks, se hecha en falta algo más de reflexión y profundidad en sus películas. No queda duda de que tanto Granujas de medio pelo (Smille time crooks, 2000), cómo La maldición del escorpión de Jade (The curse of the Jade Scorpion, 2001) o Un final made in Hollywood son films tremendamente divertidos, pero al igual que en otras obras cómo Poderosa afrodita (Mighty aphrodite, 1995) o Celebrity (Ídem, 1998), se nota que el gag prevalece sobre la historia y no la hace partícipe de un conjunto más heterogéneo. Esto quedaría patente, por ejemplo, en una película tan hermosa cómo Acordes y desacuerdos (Sweet and lowdown, 1999), donde la primera parte del film, aquella en la que el guitarrista interpretado por Sean Penn permanece junto al personaje de Samantha Morton, es muy superior a la segunda del film, donde Penn comparte el protagonismo con Uma Thurman. En esta última etapa entonces, nos quedan tres joyas para la memoria, y en el fondo, cómo todo en el cine de Allen, nos cuentan la misma historia pero en aproximaciones totalmente diferentes. Dice Juan Carlos Rentero en su libro sobre Woody Allen (1) que los grandes autores siempre contaban en sus películas la misma historia. La verdad es que sólo hace falta pensar en unos pocos -Ford, Hitchcock, Truffaut... o Scorsese, Coppola, Spielberg- para afirmar la validez de dicha frase. Estos tres films a los que me refiero son la comedia hitchcockiana con homenaje a Orson Welles incluido, Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mistery, 1993), el optimista musical Todos dicen I love you (Everyone Says I love you, 1996) y la demoledora, amarga, acumulativa, tremendamente divertida, y a la postre, excelente, Desmontando a Harry. Recuperando a Bergman, Fellini y AllenSi a Allen durante buena parte de su carrera, se le alababa y criticaba al igual por sus influencias bergmanianas y fellininanias -uno de los argumentos con que se atacó una de las películas más personales de Allen, cómo es Recuerdos (Stardust memories, 1980), fue el pesar de la sombra del Fellini de 8 y medio (Otto e mezo, 1963) sobre el film-, ha llegado un punto, en que el ha alcanzado la cota de estos grandes maestros que tanto admiraba. A Allen ya no le hace falta heredar del espíritu de Bergman para hacer Otra mujer (Another Woman, 1988) o el de Hawks o Wilder para hacer La maldición del escorpión de Jade, el realizador de Días de radio (Radio days, 1987) ya se ha convertido en lo que admiraba, ya no hay sello Bergman o Fellini en su filmografía, puesto que esos sellos ya forman parte del director, que, cómo buen autor, ha digerido y asimilado, haciéndoselo suyo, cómo bien demostró en buena parte de su obra, ya sea Manhattan (Ídem, 1979), Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989), o Maridos y mujeres. Por eso, aunque es inevitable, cuando se ve Desmontando a Harry el recurrir a la memoria para acordarse del purificador viaje que emprende el protagonista de Fresas salvajes (Smulltronstället, 1956. Ingmar Bergman), en cuanto aparece Allen en pantalla, más malhablado, bebedor y promiscuo que nunca, sabemos que estamos viendo un Allen, cómo quien disfruta de una novela de Truman Capote o escuchando un disco de Charlie Parker o Dizzie Gillespie. Desmontando a Harry pasa por ser uno de los films más acelerados de Allen. El ritmo es tan o más vertiginoso que el de Maridos y mujeres, aunque menos dramático y mucho más cómico. De hecho, la solución formal de entrecortar los planos, produciendo mínimas elipsis para dar cierta vertiginosidad a los diálogos, ya lo había utilizado en Maridos y mujeres, así cómo la descripción que hace de la felicidad cuando le explica al personaje de Elisabeth Shue, es muy similar a la que da en Recuerdos el mismo Allen. Cómo vemos, Allen se reinventa, aún a base de plagiarse, y sacar una nueva fórmula que haga que todo parece distinto, sin dejar de serlo. En palabras de Rentero de nuevo: "Realidad y ficción son, al unísono, los protagonistas de Desmontando a Harry. Sería imposible disociar la una de la otra. Estamos ante una necesidad de comunicación: Allen hace psicoanálisis de sus películas y nosotros somos testigos, pacientes o doctores al mismo tiempo o separadamente" (2). En el devenir del film, se nos presenta la deconstrucción de Harry Block, un neoyorkino, ¿lo adivinan?, neurótico, con una vida sentimental explosiva -tres divorcios, al igual que Allen en esa época y un desengaño-, que se ha habituado a consumira grandes cantidades de alcohol y pastillas, y, para colmo, es un habituado a las prostitutas. Y cómo el mismo dice, "sigo queriendo follarme a todas las chicas que veo". El hecho es que mientras Harry en la vida real es un completo desastre, mientras que en la ficción se desenvuelve bastante bien, algo que ya nos contaba en Annie Hall, cuando escribió su relación Annie, los protagonistas acababan juntos, al revés que en la vida real. Así que nos encontramos a un hombre que nos lleva en un viaje freudiano por su interior, mezclando su obra -donde saca a relucir aspectos internos de su vida- con su esperpéntica realidad: Viaja a su antigua universidad, de la que fue expulsado, para ser homenajeado, en compañía de un muerto, una prostituta y su hijo, al que ha secuestrado. A Allen siempre se le ha acusado de que lo que nos está contando es su propia vida prácticamente sin disfrazar, algo que el realizador niega categóricamente, incluso llegando a decir que para el papel de Harry Block, el actor en el que se había pensado era Robert DeNiro. Desde luego yo no resulto tan categórico, y aunque está claro que Allen nos está contando la historia de un hombre que escribe historias sobre su propia vida, la perspicacia da para mucho. Sin embargo, al igual que con los grandes autores, no creo que una sola película sirva para dar una imagen completa de un autor. Es la suma de todas sus obras la que nos llevará a descubrir la polimórfica personalidad del realizador, tanto a través del tiempo cómo de la experiencia. Es indudable que la situación dramática vivida durante el rodaje de Maridos y mujeres se viera reflejado en el film, de la misma manera, que ésta, sirviera de acto premonitorio de la separación de Allen y Farrow. Pues en Desmontando a Harry Allen nos vuelva a explicar una parte de su vida, pero claro, lo suficientemente madurada y trabajada, para que no resulte tan explícita y, con una bis cómica, que ojalá sí se llevara en el mundo real, por lo general, abocado a una monotonía nihilista bastante desesperanzadora. Este aspecto de Desmontando a Harry llegaría a la hilaridad, cuando Allen cuenta una historia que se le ocurrió de joven sobre cómo un joven recibe la visita de la muerte por equivocación, resultando que el propio Allen posee escrita una historia semejante en su imprescindible libro Cómo acabar de una vez con todas con la cultura, basándose a la vez en la magnífica película de Ingmar Bergman El séptimo sello (Der sjunde inseglet, 1956). Curiosamente Allen, por lo general un realizador incomprendido en su país, a partir de Poderosa afrodita, empezó a disponer de lo mejor de Hollywood para interpretar sus películas. Los actores aceptaban trabajar con él rebajando mucho su salario, a sabiendas que un Allen embellecería con un toque de calidad su currículum. Así en Desmontando a Harry aparecen en breves papeles gente cómo Stanley Tucci, Billy Cristal, Tobey Maguire, Kirstie Alley, Judy Davis, Mariel Hemingway, Demi Moore, Julia Louis-Dreyfus o Robin Williams, en una de las secuencias más divertidas de la película, donde se narra la historia de un hombre que está desenfocado, en proyección a la personalidad de Block, un hombre que no acaba por entenderse con el mundo real y que así se ve él en correspondencia, desdibujado de un mapa donde no parece tener cabida su imagen. Posiblemente Desmontando a Harry sea la última gran película, hasta la fecha, de Woody Allen (sus incondicionales siempre esperamos una nueva obra maestra), supongo que habra gente que me lo discutirá. Pero es que en encuentro que este film tiene el equilibrio acertado de la comedia y el drama, cómo en Annie Hall o Días de radio. Es cierto que la acumulación de gags puede llegar a cansar al espectador más clásico, pero la verdad es que no encuentro en toda la película un solo chiste que no esté a la altura, es un verdadero tour de force, pues es tan extremadamente brillante la bajada a los infiernos en ascensor planta por planta de Allen, cómo la historia que cuenta de los abuelos judíos que se reúnen en la fiesta decorada con símbolos de Star Wars. Y detrás de todo ello, se esconde Harry Block, Woody Allen, soltando una tras otra diatriba contra la medicina, la religión y las relaciones humanas. Cómo dice Harry en la película "La mejor frase que se le puede decir a un hombre no es Te quiero, si no, Es benigno". Al final de la obra, Allen se permite un pequeño auto homenaje, pero claro, no por la gente real, con la que jamás ha sabido tratarse, si no por sus obras, o mejor dicho, las obras de Harry Block, esas vidas inventadas a partir de personajes muy reales, le ofrecen un gran aplauso final, el que se merece este enorme director de cine, uno de los maestros del pasado siglo XX, que acaba su película con varias imágenes suyas escribiendo una nueva obra, que tratará sobre un escritor incapaz de llevar una vida apacible en la realidad, pues se encuentra mucho más cómodo en la ficción. (1) Woody Allen por Juan Carlos Rentero. Ediciones
JC Clementine. 5º Ed. Ampliada. Madrid, 2002. |