| VAMPIROS (Vampires, 1998. John Carpenter) |
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Las voces y los ecosPodría empezar este artículo citando algún comentario a favor de la condición de último clásico, de gran autor de John Carpenter realizado por algún crítico sin prejuicios y con buen gusto. Podría comenzarlo también con alguna disertación culturalista de cualquiera de los papanatas que pueblan nuestra crítica sobre la vaciedad de su cine, sobra la certeza irrefutable (siempre son refutados por el tiempo y la razón) del olvido que el futuro le deparará. Pero no voy a hacer ni una cosa ni la otra. Apoyar mi comentario positivo (muy positivo) en grandes maestros de la crítica puede parecer oportunista, algo así como haber visto la película tras leer la crítica, algo parecido al complejo de primo del primo de Zumosol, una ostentación de buen criterio, una cobardica manera de decir mira lo bien que lo dice éste porque yo no puedo decirlo mejor (también es posible). Atacar a mindundis, modernillos, a gente, en definitiva, que ve el cine como cierta licencia de ente superior para divagar, mientras se vaga con disquisiciones plúmbeas, con exposiciones vacuas, tampoco estaría bien del todo. Sería muy sencillo demostrar su odio por el cine (defender a Sokurov, Oliveira o Straub lo demuestra sin cortapisas), muy fácil demostrar que el onanismo es a la crítica lo que el onanismo a las relaciones sexuales. Por eso me remito a los hechos consumados, al resultado fehaciente y fidedigno de una de las obras más interesantes, personales e innovadoras de la historia del cine. Una obra que ha ido dando voces para que los ecos tuvieran trabajo y dinero. Unas voces que han ido marcando a cada momento el camino a seguir por el cine fantástico y de terror creando referentes imitados hasta la saciedad con mucha menos pericia y con la mitad de la mitad de la mitad de imaginación que Carpenter. Su visión clásica del cine, sus guiños y homenajes, su a veces desmañada puesta en escena (lo que en mi cerebro lo hermana extrañamente con Luis García Berlanga) y su discutido sistema de selección de materia prima (desde los referentes literarios a los actores elegidos) hacen que la división entre defensores y detractores sea tan grande como radical (1). Por eso John Carpenter pone delante de sus filmes su nombre, no porque su visión sea única sino porque su público sí es único y casi cerrado. Y si empezó como un niñato que ganaba un oscar con 22 años con un cortometraje-western, luego la emprendió con Dark Star (Id, 1974) contra un mito en su parodia de 2001, una odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick). Por ese motivo era normal que en Vampiros (una de sus obras maestras) naciera como contestación a la sobrevalorada y autocomplaciente Dracula de Bram Stoker (Bram Stoker´s Dracula, 1992) y de Francis Ford Coppola (2). Una adaptación que sigue siendo la más fiel a Bram Stoker para los que nunca han leído a Bram Stoker. Esa puede ser otra explicación plausible para que John Carpenter pusiera su nombre delante de Vampiros, con esa mezcla de parodia y mofa que lega la inteligencia. El mismo Carpenter afirma «hice todo lo posible para quitarle todos los elementos góticos, porque no quería hacer un cine de terror CONVENCIONAL (…) digamos que la leyenda del vampiro ha sido contada y vuelta a contar y se ha adaptado a otro tipo de contextos. En nuestro caso queríamos hacer un western, una película de vaqueros» (3). Todo esto queda refrendado además en uno de los diálogos más acertados y significativos del filme en el que Jack Crow (James Woods) alecciona a el padre Adam Guiteau (Tim Guinee) sobre la naturaleza de los vampiros: «Olvídate de todo lo que has visto en las películas. Los vampiros no son nada románticos. No tienen modales ceremoniosos. No hablan con acentos exóticos. No se transforman en murciélagos. Las cruces y los ajos no les hacen ningún efecto. No necesitan dormir en ataúdes. No son homosexuales». Anne Rice tampoco parece darse por aludida. Aunque como Carpenter ha declarado sobre sus libros: «La verdad es que en su momento me senté a leerlos, pero me aburrieron mortalmente» (4). Para su película número 16, John Carpenter no acude ni a Stephen King ni a Lovecraft sino a un escritor de “best-sellers” no demasiado exitosos como John Steakley autor de "Vampiro$" (Plaza Janés, 1999) un moderadamente divertido entretenimiento con pocos hallazgos y sin mayor peligro que el de la sensación de perder el tiempo con un argumento trillado, unos personajes arquetípicos y una escritura entre facilona y desenfadada que muy poco o nada tiene que ver con la versión rompedora, malsana y acerada que John Carpenter supo componer. Su lectura sorprende porque apenas hay nada de lo que aparece en la película, siendo sólo similar el nombre de algunos personajes y la condición de mercenarios del grupo salvaje que conforman las filas de Jack Crow. La lucha sempiterna en Carpenter entre el mal y mal, la certeza de que no hay refugio ni salida, la implicación terrenal y patrocinadora del Vaticano en la matanza, el desesperanzado sentido de la amistad y del deber son cosecha propia, ajenas totalmente a las intenciones y a las acciones de una novela que no pasa de ser una lectura de metro o de autobús en las ciudades que no dispongan de tan bendito invento. El argumento no es original en su forma pero sí tremendamente innovador en su fondo. Jack Crow es el jefe d e un grupo de cazavampiros que recorren Norteamerica en pos de la exterminación de los susodichos. Nada original como se puede ver en un primer momento. ¿Donde estribaría entonces la frescura del planteamiento? Pues que estos hombres no lo hacen de forma heroica (son tan obscenos que no llegan ni a la categoría de antihéroes) por el bien de la humanidad sino que son pagados por una organización para que lo hagan. Tampoco es que esto sea la hostia de la originalidad. Pero lo que sí es la hostia (y disculpen por el chiste fácil) es que es el mismísimo Vaticano quien subvenciona este holocausto vampírico que se asemeja conscientemente a una de nuestras mayores aportaciones (la de los españoles) a la historia de la cultura universal: la Inquisición. Esa persecución de los malos por medio de los malos entronca a la perfección con el imaginario Carpenter que tan bien supo reflejar Richard T. Jamerson en su crítica de La noche de Halloween (Halloween, 1978): «…el cine de John Carpenter juega con la idea implícita de un mundo constantemente amenazado por el Mal, carente de lugares seguros donde tomar un respiro a salvo del peligro que nos rodea (…) esta puesta en escena no busca exorcizar al Mal, éste forma parte del Orden». «La verdad es que soy ateo, por lo que creo que la iglesia no podría excomulgarme» enlaza con fino sentido del humor Carpenter. Seguimos con el argumento: tras acabar con un nido (la animalización de unos y otros es tan patente como su brutalidad) de vampiros en Nuevo México lo festejan con una animal celebración orgiástica y ruda de alcohol y sexo pagado (por la iglesia católica añado, consciente de mi ateísmo practicante y de la imposibilidad de ésta de excomulgarme a mi también). Cada nido tiene un maestro y los hombres de Crow olvidaron acabar con él. Además resulta que el maestro de ese nido es el maestro supremo de la historia de los maestros vampiros porque fue el primero (5) en aprobar las oposiciones. La implicación religiosa también es notoria en este punto ya que se nos presenta a John Valek (terrorífico Thomas Ian Griffith), un sacerdote del siglo XIV que vendió su alma al Diablo, cuan Fausto clérigo y rebelde, para conseguir la ansiada inmortalidad que el catolicismo vende de forma vana y, en demasía, etérea. Un ángel caído de alas negras y sangre roja condenado por su rebeldía, por su golpe de estado al poder establecido de un cacique no electo. Un personaje muy cercano a Snake Plissken, John Nada o Sutter Cane. Cine con raíces políticas que tiene sus cúlmenes en la trama de Están vivos (They alive, 1988) o en la magnífica escena final de (2013: Escape from L.A., 1996), una auténtica y nihilista lectura de cartilla a los que intentan hacer un cine político concreto y políticamente correcto al estilo viejo, maniqueo y fútil de Guediguian, Loach o del más acertado León de Aranoa. La escena final de la última aventura del serpiente queda como la última proposición de mejora de este mundo en el que se enfrente el Mal y el Mal por el Orden final. Y a ver quien la mejora. Demasiado fuerte para conciencias bienintencionadas y además viniendo de Hollywood, of course. Sólo consiguen sobrevivir al ataque de Valek el protagonista Crow, su fiel escudero Montoya (¡¡¡un Baldwin actuando!!!) y una prostituta (Sheryl Lee) que ha sido mordida por el maestro y que está viva pero está muerta (un guiño a la controvertida Laura Palmer). Ella es la única esperanza ya que al haber sido vampirizada entra en conexión con su maestro, lo que puede resultar un vínculo fundamental para la persecución, caza y captura del temible vámpiro. «Si no lo atrapa, el dinero no ingresará en su cuenta» explica el cardenal Alba (Maximiliam Schell) como segura motivación de Jack Crow. Lo que le sigue es cine de acción de primera categoría, un western desértico y caluroso de día, pérfido y peligroso de noche, una trama conspiratoria de traiciones y motivaciones ocultas, una historia de amor “fou” entre la prostituta vampira y el ayudante de Crow (más hermosa y compleja que la de Mina y Dracula, menos engolada y de diseño), un viaje iniciático para el nuevo párroco, un enfrentamiento entre protagonista y antagonista que se resuelve con un duelo de inteligencias en lugar del consabido de colt que todo western debe tener. Un filme que no reniega y reconoce todas las deudas contraídas con el cine de terror (sobre todo con la Hammer de Drácula (Horror of Dracula, 1958, Terence Fisher), Drácula vuelve de la tumba (Dracula has risen from the grave, 1968, Freddie Francis) o La Plaga de los zombies (The plague of the zombies, 1966, John Guilling)) tanto como del cine de aventuras o western. La escena que abre la película nos retrotrae a una de las mejores muestras del autor que estamos estudiando en estos meses de verano, Howard Hawks, Hatari (Hatari!, 1962) filme tachado entre entretenimiento y revisión que conserva, aúna y ensalza las mejores características del cine del maestro. Esta película se abre con unos prismáticos que divisan a un rinoceronte. Detrás de estos está John Wayne que da la orden para que su equipo comience la acción y con ella la película. James Woods. actor duro pero siempre impecable que bien pudiera ser la actualización del método Wayne, observa desde sus prismáticos la casa mexicana donde se encuentran sus presas dando la orden a los suyos de que empiecen la matanza y con ella la película. La escena que concluye la película (de una hermosura y una sobriedad antológica a mi parecer) nos lleva directamente a los western de Anthony Mann escritos por Borden Chase, haciendo alusión indirecta a Tierras lejanas (Bend of the river, 1952) y directísima a Winchester 73 (Id, 1950). El héroe no puede matar a su amigo (que ya es vampiro) aunque debe hacerlo, incluso anteriormente había recordado que tuvo que matar al padre de él y que no tuvo ninguna duda, pero sabe que si no hubiera sido por él no hubiera podido acabar con Valek. Así que le concede unos días de ventaja para que huya. El sentido de la amistad de Hawks y el sentido del deber de Ford en una sola e impecable escena. Vampiros marca una época en el cine fantástico y de terror al igual que la marcaron La noche de Halloween, 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981), La cosa (The thing, 1982) o En la boca del miedo (In the mouth of madness, 1995), películas algunas más, algunas menos que marcaron una forma de renovar el género seguida por acólitos de comprensión limitada e impericia demostrada. Su estética, su contundencia narrativa y su magnífico empaque visual, obra del gran fotógrafo Gary B. Kibbe, empiezan a verse imitadas en un sinfín de propuestas de análogas características pero infames resultados. A estas propuestas se les une estos días en nuestras carteleras la segunda parte de Vampiros dirigida pro el eficiente pero gris Tommy Lee Wallace y protagonizada por el temible tanto interpretativa como musicalmente John Bon Jovi. Pueden gastarse el dinero en contemplar esta mala imitación, con el aire acondicionado a triple potencia de lo aconsejado y rodeado de una horda de sudorosos primates o simplemente revisitar en casa, con una buena copa y en buena compañía la obra maestra que le da sentido y promoción. (1) Recuerdo las deserciones de público en Fantasmas
de Marte (Ghost of Mars, 2000), compendio divertidísimo
de su manera de entender y de hacer el cine. |