| LOS IDIOTAS (Idioterne, 1998. Lars Von Trier) |
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Érase una vez el Dogma...«Una de las pocas posiciones filosóficas
coherentes es la rebelión» Idiota. Adj y s. Que padece idiocia. Incapaz de aprender o que tiene muy escasa inteligencia. Hay algunas películas que, independientemente de sus valores estrictamente cinematográficos o de lo certeras que resulten en la vivisección de actitudes, órdenes establecidos o debilidades mundanas, atesoran en su contra algo tan subjetivo y etéreo como esto: pueden herir la sensibilidad del espectador. Así lo entendieron por ejemplo en Irlanda, donde Los idiotas fue censurada porque podía "corromper y desmoralizar" a la población (¿¿??). Contra esto, poco o nada se puede argumentar. De hecho, hay directores que han construido su discurso fílmico basándose en este tour de force que logran establecer entre el espectador y sus tragaderas... y que particularmente no me dicen nada. (Nuevamente, cuestión de sensibilidades). En mi caso, me ocurre con el bueno de Takashi Miike, cuyos espantos me son narrados de vez en cuando por mis compañeros de redacción con algarabía y jerigonza, mientras mis arcadas les indican que quizás no comparto sus refinados gustos. (Palabra que ya tuve suficiente con Audition (Oodishon, 2000). Otro tanto me acontece con Larry Clark, el explotador de adolescentes que desde Kids (id., 1995) dejó bien claro cuales eran las aspiraciones de su cine: poder mostrar a menores de edad teniendo sexo y no acabar en San Quintín (porque se trata de un autor... ¿eh? No confundir con el Duque de Feria, que hacía... pedofilia "comercial"). Sintetizando: que ancha es Castilla y que sobre gustos... yo mismo, ahí donde me ven, soy vilipendiado periódicamente por defender a un tipo nacido en Dinamarca y al que observando en cualquier fotografía de agencias uno da por supuestos un par de desequilibrios mentales. Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos aquí para hablar de una película que nos ha dado por enmarcar en esto de las cult movies. Personalmente considero que deben de pasar un mínimo de 10 años desde su estreno para que una película sea susceptible de engrosar esta categoría, de recibir esta etiqueta. Condiciones básicas de acceso a tan selecto círculo: que hayan ido muy mal en taquilla (La puerta del cielo (Heaven's Gate, 1980. Michael Cimino)), que a todos les pareciese un horror desde el principio y nadie se atreviese a reconocerlo (El mariachi (id., 1992. Robert Rodríguez)), que sea muy cochina (Pink Flamingos (id., 1972. John Waters)), muy rara (The naked lunch (id., 1991. David Cronemberg)), muy boba (The Rocky Horror Picture Show (id., 1975. Jim Sharman)), muy cutre (Plan 9 from Outer Space (id., 1959. Ed Wood)), muy cachonda (Mal gusto (Bad Taste, 1987. Peter Jackson)), muy... muy. Y si, efectivamente, Los idiotas es excesiva. Muy mucho. Desde su supuesto de partida y hasta el final. Como casi todas las aventuras que emprende su afamado director, parte de una premisa que puede enervar o epatar; no en vano, Lars Von Trier quiere cambiar las reglas del juego en cada película, compartir contigo la pasión que siente por el cine, deslumbrar, presumir -quizás- de ser el primero en intentar esto o aquello. ¿Es honesto? Bueno, si no les pedimos ya honestidad ni a nuestros políticos... ¿por qué hacerlo con los artistas? ¿Cómo era Von Trier antes del Dogma? ¿Qué clase de salvajismo ha infligido el movimiento en su cine? Como señala Richard Kelly: "ciertamente, no ha escatimado nada en la regla de no separar imagen y sonido. La película está llena de tomas que saltan y de potentes sonidos que acompañan al corte. Y el Trier de antaño jamás se habría permitido unos ajustes de encuadre tan chapuceros. Pero parece que se está poniendo a prueba, que está despojándose de los melindros del pasado". (1) Estructurada entorno a una serie de entrevistas retrospectivas hechas frente a la cámara a los ex-miembros de la comuna, es Von Trier quien hace las preguntas fuera del ángulo de visión. Preguntas que nos permiten estudiar la génesis de dicho grupo: pandilla de amiguetes sin excesivos problemas económicos, hastiados de disfrutar de las numerosas oportunidades que les ha dado la vida. Y una idea: la de la transgresión como forma de reivindicación, la sed de trascendencia calmada a base de golpes y estertores; la reafirmación, en suma, por el camino de la estupidez. El estado del bienestar -el de verdad, el que disfrutan en pocos países del norte de Europa- tiene como principal cualidad el liberarnos de cavilar y darle excesivas vueltas a nuestra condición humana. Y este logro no le parece nada despreciable a una inmensa mayoría de nuestros conciudadanos. Aceptado nuestro rol e integrándonos plenamente en este gran guiñol, nuestro devenir por este mundo puede parecer incluso satisfactorio, siempre y cuando nos amoldemos a las sencillas normas de empleo: apaga el despertador, come, arranca, apresúrate, sonríe, rinde, archiva, cobra, gasta, compra, vuelve a comprar, diviértete, ten, acapara, colecciona, posee, olvida, sigue sonriendo, cree en ti, acuéstate... mañana otra vez. Fácil, ¿no? No es ninguna maravilla, pero teniendo en cuenta las condiciones en que vive gran parte de la humanidad (¿qué es eso? ¿Humanidad?) deberíamos de darnos con un canto en los dientes. ¿Deberíamos? Los protagonistas de Los idiotas han llegado a la curiosa conclusión de que sumergiéndose en la gilipollez pueden sobrellevar mejor su existencia. Disfrutan, cuál actores amateurs en plena performance callejera, de las reacciones que suscitan en los demás. De lo desplazado y fuera de lugar que se siente el personal cuando alguien a su lado se comporta... conforme a un patrón desconocido, ilógico. Von Trier se mueve en la cuerda floja de lo admisible. A mucha gente le pareció intolerable que se tomase a chanza, quizás, algo que después de todo no es sino un handicap que padecen ciertas personas (la idiocia, no confundir con la idioticia congénita de otros). De acuerdo. El propio director enfrenta a sus personajes de ficción con esa realidad -nada agradable-, organizándoles un encuentro con gente que padece una disminución real en sus facultades intelectuales. Y sus protagonistas se sienten, por primera vez, profundamente incómodos. Porque, evidentemente, la cosa no tiene gracia. No puede tenerla. Es a partir de ahí donde las sonrisas que en un principio nos pudiesen despertar las acciones gamberras de estos señoritingos comienzan a congelarse, trocándose en mueca, en rictus expectante. ¿Qué lleva a una persona normal a regodearse en la anormalidad? ¿No tendrán también estos alguna carencia emocional, espiritual... no menos importante que la intelectual? El apologista Stoffer (Jens Albinus), guía espiritual del grupo, les propone retos cada vez más osados, más radicales, menos divertidos. La exploración de estos límites culmina en la polémica escena de la orgía, una danza pagana en la que el sexo -una de las pocas experiencias que nos enfrenta abiertamente a nuestra aparcada condición de mamíferos más o menos domesticados- resulta doloroso por lo vacíos que demuestran estar sus practicantes... siempre he mantenido que es este uno de los momentos más genuinamente tristes y hermosos del cine de Von Trier. El acto sexual trivializado no logra igualarlos, sino que aumenta la distancia insalvable entre muchos de ellos; seguido de ese instante de soledad suprema del que emergen algunas preguntas demasiado importantes. El mayor placer obtenible tiene como epílogo una cierta sensación de hastío. De resaca. De hartazgo. Entre el grupo de idiotas destaca la última persona en incorporarse: la cándida, candorosa y algo alelada Karen (Bodil Jorgenson). Esta mujer siempre ausente se deja atrapar por estos sectarios seductores, por estos niños de papá que buscan nuevas sensaciones al amparo de la tolerancia ajena. Aunque se niega a hacer "espasmos", observa a los otros con creciente orgullo y satisfacción. Para todos, en mayor o menor grado, la idiotez es una manera de evadirse. Nunca acaban de creerse ese papel que defienden, porque en ningún momento aceptan de verdad vivir al margen de la sociedad, llevar las premisas hasta sus últimas consecuencias. Para ellos es un divertimento (no mucho más sofisticado que aquellos de los que disfrutaba la oligarquía romana de La dolce vita (id., 1960) felliniana), un pasatiempo, un modo de despedir una adolescencia prolongada antes de agachar la cabeza y volver a sus empleos, familias y preocupaciones cotidianas. Pero no para Karen. Porque ella los ha adoptado como su nueva familia: es la única que tiene todo el derecho del mundo para sumergirse en la idiotez, incapaz de salir de ese estado de shock en que la sumió una experiencia insoportable para cualquier madre. Sólo al final, cuando la trouppe decida disolverse y asistamos al retorno de Karen a lo que en otro tiempo fue su hogar, entenderemos cuán valiente ha sido esta mujer. Las desoladoras razones de esa "amabilidad de los extraños" de la que siempre había dependido Blanche DuBois. Los idiotas quizás te parezca un malsano ejercicio de sadismo o una inverosímil muestra de estupidez colectiva. Piensa en ello la próxima vez que veas a alguien haciendo puenting, al público de un partido de fútbol provocar un terremoto con sus alaridos, a los habitantes de un pueblo lanzarse toneladas de tomates, a alguien batir un record del mundo de cualquier cosa o cuando vibre tu móvil y te aparezca un mensaje exigiéndote más saldo. Trier no se ríe de los afligidos: los envidia. «¿Qué es lo que puedo decir de Los idiotas? Pues que creo que no fuimos lo bastante lejos». LVT (1) El título de este libro es Dogma '95. Richard Kelly. Alba Editorial. |