Miradas de Cine SEVEN
(Seven, 1995. David Fincher)
  MdC
Por J. A. Souto Pacheco






























Miradas de Cine © 2002-2004

Un mundo imperfecto

Nada hacía presagiar, tras el estrepitoso fracaso de Alien 3 (Idem, 1992), que David Fincher iba a convertirse desde su segundo film en un referente del nuevo Hollywood. Y es que la mediocridad de su opera prima tan sólo era soportable (siendo muy generosos) por la atmósfera gótica que destilaba el relato. Respetando ese gusto por los ambientes malsanos, David Fincher nos regaló toda una obra maestra y nos presentó sus credenciales de tal manera que El club de la lucha (Fight club, 1999) o La habitación del pánico (Panic room, 2002), ya no supusieron sorpresa alguna. El director estadounidense ha sabido construir un universo propio. Dos aspectos sustentan el cine de Fincher: uno es la ya mencionada tendencia a las historias lúgubres y tenebrosas, y el otro es el fuerte impacto visual de su obra. Las imágenes de sus películas son difíciles de olvidar. Si no fuese así, ¿porqué desde que se estrenó Seven , comerse un plato de spaghettis a la boloñesa no ha vuelto a ser lo mismo?... Probablemente, David Fincher ha sido el miembro de la última generación de directores que han llegado a Hollywood desde el mundo del videoclip que mejor ha sabido integrar los recursos de dicho lenguaje al propiamente cinematográfico.

Aparentemente, Seven no parecía ser más que otra película de género. Una de esas ya mil veces vistas y que buscan la espectacularidad sin más, sin pisar terrenos tan importantes como la construcción de los personajes o la planificación de la puesta en escena. La historia de Seven nos presenta a William Somersert (Morgan Freeman), detective negro a punto de jubilarse, y a su compañero David Hills (Brad Pitt), detective blanco que inicia su carrera de detective. Se mueven en una ciudad gris, sin nombre, en una época del año en la que no cesa de llover. Van tras la pista de un asesino en serie metódico y versado en literatura, que para acabar con sus víctimas, recrea escenas dedicadas a cada uno de los siete pecados capitales. Con estos mimbres, desgastados por el uso repetido de tantos films propios del género policíaco y del psychothriller sólo parecía tener cabida una película anclada en los convencionalismos de estos referentes tan de moda en los primeros 90. Pero David Fincher dinamita los tópicos al imponer un terror psicológico muy alejado del terror voyeurístico de estas producciones. El autor de The game no nos permite ver las acciones del asesino y apenas nos muestra los resultados de sus acciones... y eso es lo peor. Nuestra imaginación vuela por los rincones más oscuros de nuestra mente, hurgando en los miedos y jugando con el morbo. Se limita a mostrarnos las consecuencias de los actos de los actos criminales pero nos escamotea su contemplación. Tampoco contiene escenas de suspense o acción siguiendo los cánones clásicos. De hecho, el film sólo posee una escena de acción propiamente dicha, una persecución de los detectives al asesino. Sin embargo, la escena no sólo tiene el objetivo de acelerar el pulso de los espectadores y aumentar la espectacularidad del film, sino que posee una carga dramática importante (y que cobra una nueva lectura a la luz del final de la película).

Ya los títulos de crédito son una pura delicia (y que conste que aplico este adjetivo atrincherado en la más pura cinefilia ya que la película es intrínsecamente desagradable). Las imágenes de los mismos parecen un tratamiento de shock visual. De fondo, la música de Howard Shore hace el resto. Sus notas contribuyen a derramar tensión durante toda la historia.

Como ya dijimos antes, uno de los aspectos que más cuida David Fincher en sus películas es el visual. En este sentido, sólo caben elogios para el trabajo de Darius Khondji (quien ya se había encargado de la fotografía de Delicatessen (Idem, 1991. Jean-Pierre Jeunet & Marc Caro)). La cinta está realizada con un proceso fotográfico especial que palidece y ensucia los colores, sometiéndolos casi a las reglas del blanco y negro. El ambiente de Seven es claustrofóbico y austero. La ciudad se convierte en un espacio de pesadilla y decadencia humana.

De esta atmósfera malsana se destila un pesimismo existencial que se erige en la tesis final del film y en marca de la casa del cine de David Fincher. Las películas de Fincher arrastran una pesada carga de tragedia. Seven , en particular, nos habla, con desazón, de los peores estigmas de nuestra sociedad: la incomunicación, la soledad, la insolidaridad, la hipocresía, la paranoia, el materialismo, el arribismo, la hipocresía... Y lo peor de todo es que el maestro de ceremonias es John Doe (Juan Nadie), un asesino en serie atroz que se convierte en la voz de nuestras conciencias.

El contraste de John Doe es Somersert. Casi pregona con los postulados del asesino pero arroja una mirada sobre la humanidad mucho más misericorde. A Somersert el trabajo le ha transformado en una persona escéptica, tanto en lo que respecta a su labor como al resto de la humanidad. La ciudad, presente en el film como una amenaza omnipresente, le obliga a conciliar el sueño con un metrónomo. Somersert parafrasea a Ernest Hemingway cuando cierra el film explicando que “el mundo es un lugar hermoso, un lugar por el que merece la pena luchar... estoy de acuerdo con la segunda parte”. En el cielo oscuro del pesimismo aparece un resquicio de luz esperanzadora. No hay mejor manera de definir ese universo formado por Alien 3, Seven, The game (Idem, 1997), El club de la lucha, La habitación del pánico y el resto del films de una filmografía llena de coherencia que todavía está por hacer.

El resultado de todo lo mencionado es un thriller tenebroso. El film parece haber surgido de una pesadilla. Es una película dura e inquietante, con imágenes espeluznantes y un guión sin concesiones. La historia de Seven es precisa desde que comienza, y sobre todo, en su final, tan calculado e inteligente. La puesta en escena es brillante: el ajustado uso de la luz, la forma de encuadrar los planos, la recreación atmosférica de los espacios, el ritmo que nos lleva de escenas sosegadas a otras mucho más nerviosas sin que disminuya el interés.