El monstruo tras la esquina

Nos encontramos ante una nueva muestra del cine de terror de procedencia oriental (mayoritariamente japonesa) que se viene estrenando últimamente en todo el mundo de forma regular. Un cine que, a rasgos generales, no ofrece grandes aportaciones en lo puramente cinematográfico, más allá del consabido exotismo o unas formas de planificar algo más imaginativas. Es decir, que se trata de un cine que, pese a poder contar con elementos culturales lejanos, posee una serie de características que permiten una explotación en el mercado del cine de consumo globalizado. En esta ocasión no nos hallamos, sin embargo, ante la obra de un realizador primerizo que desea llamar la atención con vistas a incorporarse a la industria estadounidense (algo que, en realidad, ya no hace falta para acceder al mencionado mercado global), sino ante el trabajo de un director que lleva tras de sí una descomunal trayectoria de películas realizadas, de las cuales nos han llegado muy pocas, y tan sólo, no podía ser de otro modo, las de temática criminal y/o terrorífica. Takashi Miike llamó la atención por estos lares sobre todo a raíz del minoritario estreno de Audition, una obra que, lamentablemente, alcanzó mayor fama por una secuencia de violencia extrema que por la excelencia de su puesta en escena, cuya frialdad encajaba de manera inmejorable con la malicia del argumento. Sin embargo, y pese a tratarse de un film notable, podía detectarse una cierta inconsciencia en la mencionada secuencia "polémica", ya que en ella el director no parecía tomarse el mismo distanciamiento con el que abordaba el resto de la historia y la conclusión resultaba, por ello, ligeramente desconcertante.

Esa inconsciencia que estropeaba un poco los logros de Audition se hace mucho más palpable en Llamada perdida, un film mucho más previsible y vulgar a todos los niveles y, por tanto, también más asequible, más fácil de consumir (1). El esquema de la película es el mismo que el de cualquier otro producto de terror clónico: un grupo de chicas jóvenes y atractivas se ve amenazado por una fuerza sobrenatural que irá terminando con sus vidas una por una, hasta que le toca el turno a la protagonista, que debe arreglárselas como sea para sobrevivir. A partir de ahí sólo nos queda ver cómo el guión va encadenando incongruencias en un "más difícil todavía" con el que se pretende sorprender a cualquier precio. Cierto es que a un film fantástico no hay por qué pedirle verosimilitud, pero sí conviene una cierta coherencia, para que la arbitrariedad, el "todo vale", no haga que el espectador desconecte de la trama y llegue, como es el caso, a perder el interés por lo que pueda sucederles a los personajes. Y es que, digámoslo ya, el guión de Llamada perdida es un adefesio incalificable, lleno de trampas y de los peores tópicos del género: sustos, giros imposibles, diálogos elementales y, cómo no, la irritante, por inútil, intención final de dar un sentido a todos los sinsentidos anteriores.

Un verdadero e irreparable desastre que tan sólo la esforzada labor de realización de Miike logra salvar, en algún tramo, del más absoluto de los tedios.

La puesta en escena del japonés resulta, pese a algunos tics formales sobados (cf. efectos sonoros sin justificación, movimientos de cámara gratuitos, los inevitables flashes...), bastante loable, teniendo en cuenta el detritus con el que debe trabajar, y consigue dotar de cierta densidad a la narración, sobre todo en las secuencias de transición, mayormente resueltas con un número de planos adecuado y con buena elección en los encuadres. Empero, no logra dotar nunca al film de una atmósfera propia o de una personalidad, de modo que los elementos que aparecen dan la impresión de haber sido amputados de cualquier otro film y no alcanzan una identidad unitaria dentro de la narración. Sólo sobrevive el interés de Miike por mostrarnos a la juventud de su país entregada a sus fetiches electrónicos (teléfonos móviles, cámaras digitales, etc.) contrapuesta a fuerzas fantasmales de carácter ancestral, así como una crítica a los medios de comunicación audiovisuales, no demasiado sutil, todo sea dicho. Un bagaje a todas luces insuficiente, aunque, insisto en ello, Miike deja leves muestras de un talento por encima de la media.

Llegados a este punto cabe preguntarse cuál es el alcance real de ese "nuevo cine japonés" del que hablábamos al principio. ¿Se trata de una auténtica escuela de talentos de nuevo cuño, o de una operación de marketing en la que el discurso personal se ve encorsetado y con escasa cabida? ¿Se trata de los herederos de Masaki Kobayashi o Kaneto Shindo, o de artesanos posmodernos que podrían terminar haciendo cualquier comedia romántica con Ben Affleck y Sandra Bullock? Realmente no es el único fenómeno mundial que podría someterse a la cuestión: ahí tenemos a la Fantastic Factory catalana, sin ir más lejos. Aunque quien más o quien menos adivinará ya mi probable respuesta a semejante disyuntiva, debo dejar claro que nada tengo en contra del cine artesanal, siempre y cuando sus responsables se tomen su labor con un mínimo de seriedad y de respeto por el público, evitando la adopción de fórmulas repetitivas y superficiales. Un peligro que, como ocurre con los monstruos más temibles, acecha siempre tras la esquina...

(1) Recuerdo que numerosas personas abandonaron la sala durante la proyección de Audition. No así en esta Llamada perdida, cuya mayoría de espectadores potenciales dudo mucho que conozcan alguna otra película de Miike o les interese hacerlo.

Por Alejandro Díaz
cartel
Japón, 2003. T.O.: "Chakushin ari". Director: Takashi Miike. Productores: Yoichi Arishige, Fumio Inoue, Naoki Sato. Guión: Yasushi Akimoto, Minako Daira. Fotografía: Hideo Yamamoto, en color. Diseño de producción: Hisao Inakagi. Música: Koji Endo. Montaje: Yasushi Shimamura. Duración: 112 min. Intérpretes: Kou Shibasaki (Yumi), Shinichi Tsutsumi (Hiroshi), Kazue Fukiishi (Natsumi), Renji Ishibashi (Detective Motomiya), Goro Kishitani (Oka), Anna Nagata (Yoko).