Esteticismo no del todo vacío
El otrora reflexivo, pausado, minimalista y a menudo socialmente comprometido Zhang Yimou se nos ha vuelto en sus dos últimas películas, a imagen y semejanza de la transformación de su país, un experto en efectismos, comercialidad y manipulación. Pero eso sí, con mucho estilo. No olvidemos que, así como su país se ha ganado la admiración y el respeto internacionales, y gracias a su reconversión neoliberal hasta se ha premiado a sus empresarios con unos juegos olímpicos (aunque para que no se crezca demasiado se le corta el grifo del petróleo, que para eso se montan estos tinglados en aquel oriente no tan lejano), a aquellos de sus cineastas que han seguido la recta senda del mercado se les ha premiado con altos presupuestos, amplia distribución y jugosos ingresos, a condición, eso por supuesto, de que potencien el imprescindible carácter exótico y dulcificado de sus propuestas, y omitan cualquier referencia a las realidades sociales. Así funciona China, y también la parte de su cine que nos llega; a imagen de lo que el mundo quiere de ella para sí.
Lo más triste de todo es que funciona. Que su nuevo cinema menterie provoca un éxtasis estético, un disfrute sensual arrebatador, que hasta disculpa la incoherencia a veces hasta chapucera de un guión que de puro inocente en la historia de amor resulta simpático e incluso tiernamente entrañable. Se agradece en todo caso que el maniqueísmo que se nos anuncia en gran parte de la película se diluya en dicha historia de amor, hasta el punto de dejar abandonada a su suerte una de las líneas argumentales, cuya construcción de mcguffin sin desarrollar no sólo se evidencie, sino que acabe tergiversando y hasta contradiciendo el espíritu conservador de la cinta. El que tuvo retuvo. Yimou tiene la habilidad de convertir un escenario argumental inocuo, puramente funcional con el aparentemente único objeto de dotar de un marco que justifique una historia romántica, en una serie de pequeñas dagas lanzadas a la conciencia del espectador, pistas que nos muestran un conformismo disconforme del director con una situación a la que se adapta, pero que le molesta, como una chinita en el zapato. Pero temeroso de que se le escape, al final evita estas circunstancias en favor de lo políticamente correcto, o al menos aceptable por los que han de poner el sello de conformidad con lo dispuesto.
El argumento, como se pueden imaginar, es muy naïf. En plena dinastía yo-qué-sé hace su aparición una sociedad secreta que se opone al gobierno, "la casa de las dagas voladoras". Dos inspectores son encargados de descubrir y eliminar al nuevo jefe de la banda, para lo cual uno de ellos se hará pasar por un bandido. Este debe trabar amistad y salvar a una miembro del grupo, ciega para más señas, e intentar que ella le conduzca hasta donde se refugia la banda, pero tras múltiples batallas y peligros se acabarán enamorando.
Pero mucho más que el contenido de la historia, lo que domina es la perfección estética del film, rayana a veces en la saturación. Rodada en escenarios preciosistas, ya sea en interiores sobrecargados como el del serrallo donde trabaja la ciega, o en paisajes naturales sublimes, como el paradisíaco bosque de bambú, y resaltados por una fotografía que potencia hasta la saturación los colores naturales, y una música grandilocuente en muchos momentos, lo que más llama la atención sin embargo son las coreografías de los combates, o los números de danza, por no hablar de los efectos especiales tan barrocos, todo ello típico del subgénero de artes marciales o wuxia en el que se inscribe la historia. Vestuario, decoración, extras, todo para una producción de primer orden, sin reparar en gastos, en el que destaca, como siempre que algo la filma, la subyugante Zhang Ziyi, La cámara (y la sección masculina del público) adora a esta chica. El resto del reparto (en la práctica sólo hay cuatro personajes) cumple sobradamente, al menos a falta de ver la versión original, imprescindible en las películas orientales (e imposible de encontrar aquí en provincias).
Como conclusión, diré que la película se puede disfrutar, como fiesta sensorial que es, de manera un tanto infantil en su aparente puerilidad no exenta, como decía, de cierta mala leche. A veces, dan ganas de levantarse y gritar ¡dale, dale! y de animar cual si de circo romano se tratase. Entretenida, directa, emocionante; uno se lo pasa bien. De hecho, para este redactor es la mejor de las películas de este estilo que ha visto (hablo de Hero del propio Yimou y Tigre y dragón de Ang Lee). Sin embargo está bastante lejos de las grandes películas de su gran director. Espero recuperarle en su próxima obra, ya en pleno rodaje, en la que parece que retornará por la senda de su cine anterior, el que no nos hipnotizaba y nos apabullaba, sino el que nos conmovía y nos hacía reflexionar.
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| China/Hong-Kong, 2004. TO: "Shi mian mai fu". Director: Zhang Yimou.
Producción: William Kong, Weiping Zhang, Zhang Yimou y Zhenyan Zhang. Guión: Feng Li, Bin Wang, Zhang Yimou. Fotografía: Xiaoding Zhao (en color).
Montaje: Long Cheng. Diseño de producción: Tingxiao Huo. Director artístico: Zhong Han. Vestuario: Emi Wada. Efectos especiales: David Booth. Música: Shigeru Umebayashi. Duración: 119 min. Intérpretes: Ziyi Zhang (Mei),
Takeshi Kaneshiro (Jin), Andy Lau (Leo), Dandan Song (Yee). |
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