La vida real a finales del siglo XX en Cleveland (1)
Hace no mucho escribí sendos artículos que por azares de la crítica tienen que ver bastante con el film que ahora nos ocupa, dichos textos correspondían a las películas: Bad Santa de Terry Zwygoff y Ray de Taylor Hackford (2). Del primer film nos interesa su director, Terry Zwygoff, uno de los máximos representantes del nuevo cine independiente norteamericano —ese representado por los hijos putativos de John Cassavettes que se hallan en un segundo término tras las inmensas figuras de Jim Jarmusch y Hal Hartley, y que abarca a cineastas como Alexander Payne o Richard Linklater y actores metidos a cineastas como Vincent Gallo o Steve Buscemi—, autor del documental Crumb sobre la vida del genial autor de cómics (3) que ilustró buena parte de la obra de Harvey Pekar, que resulta en la doble faceta de ficción/realidad tanto autor como protagonista de American Splendor: la obra es una inteligente (y asombrosa, por su exactitud y por lo tangible de la experiencia, todo ello sobrellevado con una dinámica ligereza) mezcla tanto de los terrenos del metacine como de la compleja relación que se halla entre las viñetas y el celuloide, al retratar la vida de un autor de cómics en los que figura él mismo como protagonista de sus historias (bien con su nombre, bien con el pseudónimo de “Jack El Botones”), combinando en el film los terrenos del documental y de la ficción, con la presencia tanto del propio Pekar (y algunos de sus amigos que también aparecen en su obra ilustrada) como del actor que lo pone en escena, el genial y hoy en auge Paul Giamatti. Del segundo film, Ray, nos interesa el terreno del biopic, pues si bien entonces aproveché para cargar con el formulismo mainstream que hace Hollywood de este subgénero, creador de auténticas piezas antihigiénicas a lo largo de toda la historia del cine, hoy me toca aplaudir la brillantez del trabajo de los realizadores de documentales Berman & Pulcini (para mi unos desconocidos hasta ahora), al realizar uno de los biopics más logrados de los últimos tiempos, y eso sin que ni siquiera hiciera falta que el protagonista padeciera una ascensión + posterior bajada a los infiernos porque, tal y como ocurre en las historias de Pekar, su obra no se compone ni de momentos álgidos (o clímax de ningún tipo, confortables o desasosegantes), ni de nudos dramáticos, ni siquiera de un mcguffin que encienda la narración: la obra de Pekar, al igual que la dramaturgia de American Splendor, no se basa en la ficción atractiva, sino en la representación de la realidad que, si bien toma los caminos de lo absurdo y hace del patetismo un motor cómico (tiznado, eso sí), esto se desencadena por el devenir de la puesta en escena (viñeta) del nihilismo de un hombre simple con un lápiz que, a la postre, es un cronista outsider que ni siquiera disfruta con la revelación de sus vergüenzas, pues, y en sintonía con otro gran exhibicionista como Woody Allen —era demasiado fácil compararlo con Robert Crumb, pese a que el autor de Fritz el gato, es mucho más hedonista que el descreído Pekar—, toma su vida como motor de su obra, aunque ni siquiera éste la encuentre lo suficientemente interesante. Este hecho, curiosamente, lo relacionaría con uno de los mejores autores de cómics que ha dado nuestro país: el kamikaze Álvarez Rabo, autor de la crónica más destructiva de nuestros últimos años de vida, y que también bebía de su experiencia para retratar sin ningún tipo de tapujos, y haciendo abundante uso de la espeleología excremental, lo absurdo de nuestro devenir.
Si el lector ha visto el film, bien vía festival, bien vía pirateo informático, bien comprándosela a un precio desorbitado por cualquier tienda virtual norteamericana, entenderá mejor esta triple vía narrativa que maneja la obra. Es cierto que los directores de la cinta despojan ésta de cualquier reflexión más intelectualoide y buscan en su trabajo un discurso coherente pero atractivo sobre lo que significa, no tanto los caminos de la ficción y la realidad, y sí el acto de la de la creación artística; o lo que es lo mismo, hacen lo difícil fácil, y eso es lo realmente complejo: construyen toda una dialéctica sobre la creación cinematográfica centrándose en un ente puramente fílmico, la cinemática de las imágenes, sin que esto parezca que les viene mucho a cuento. American Splendor es el resultado de la exacta puesta en escena que requiere una obra y que además sirve de ejemplo para ilustrar las alambicadas relaciones entre autor y obra, realidad y ficción, cómic y cine (4). Pero es que además Berman & Pulcini consiguen ilustrar, con la acidez digna de una cirrosis, la reflexión que Pekar hace de sí mismo respecto a su obra, trasladándose ésta a la perfección en la gran pantalla. El Pekar cinematográfico es igual de sucio, desagradable, inconformista, extravagante y antipático (en dos palabras: completamente entrañable) que el Pekar ilustrado y/o que el Pekar real. A ello se le debe mucho a la caracterización que Giamatti hace de él, hasta el punto que, más que un sosias de Pekar, acaba realmente metamorfoseándose en él, por lo que se llega a construir una escena realmente brillante en el film: aquella en la que aparecen en un mismo plano tanto Giamatti como el actor que interpreta a Toby Radloff, junto a Pekar y Radloff. Pekar no duda nunca en mostrarse (tanto a él, como a su familia, como a sus amigos) en su ámbito más patético y, hasta cierto punto, se regodea en ello, consiguiendo así tanto una representación de la estupidez humana desde un inconformista con sus propias paranoias, como sendos dividendos de los que Pekar, obviamente, se siente muy orgulloso.
American Splendor es así un doble triunfo, por un lado, cinematográfico, del que ya hemos hablado bastante, y por otro, el propio logro de Harvey Pekar, un hombre, como tantos otros, anclado en la rutina más infecta, que ha conseguido salir de la misma mediante la creación crítica en la que se ha convertido su modo de vida. Como he dicho antes, no se trata de una Gran Historia con su ascensión, su tormento, su redención y su éxtasis, es simplemente la victoria de un hombre que, sabiéndose perdedor, nunca ha dejado de luchar por lo que creía, aunque fuera algo tan nimio como coleccionar LP's y cómics y rajar de todo el mundo. De hecho Pekar en la última imagen de film (terreno del documental) parece dar la imagen de la asumida madurez, la felicidad le llega del reconocimiento de los suyos, curiosa sonrisa desdibujada de un viejo que siempre se resistió a crecer, a dejarse llevar por la estupidez de una sociedad demasiado poderosa como para permitir que un outsider se salga con la suya. Como corolario quizás convendría sintetizar: el triunfo de Pekar radica en que, tras haberse cagado en todo el mundo (incluso en él mismo), no sólo ha conseguido ser un autor de culto, sino que además se ha traducido su obra a varios idiomas, se le ha representado en teatro (5) y, finalmente, se ha llevado su vida al cine con un inmejorable resultado. No esta mal para un empleado de un hospital de Cleveland, Ohio, ¿no lo creéis así?
(1) Este título está extraído del prólogo que escribió Robert Crumb refiriéndose a la obra de Harvey Pekar en la recopilación de las obras completas de Pekar ilustradas por Crumb. En nuestro país han sido ahora editadas por la siempre necesaria Editorial La Cúpula.
(2) También este artículo debería hacer hincapié en la exhaustiva crítica que llevamos meses haciendo desde Miradas de Cine sobre los problemas de la distribución cinematográfica en nuestro país, pues recordemos que American Splendor ha tardado dos años en estrenarse en nuestras salas, y eso que el film obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Sundance del 2003.
(3) La figura de Robert Crumb es vital en la obra y vida de Pekar, con lo que Berman & Pulcini aciertan a la perfección al poner en la banda sonora del film hasta tres piezas suyas. Banda sonora, por otro lado, magnífica, que posee piezas de maestros del jazz como John Coltrane o Dizzie Gillespie (de nuevo seguimos con la coherencia absoluta entre lo que se cuenta y como se cuenta, pues Pekar, en cualquiera de sus vertientes, es un fervoroso admirador del jazz, que para obtener más discos trapichea con lo que él considera es calaña musical).
(4) El tratamiento de la historia puede recordar al guionista de mayor fama (posiblemente muy merecidamente) de la actualidad: Charlie Kaufman.
(5) Otra excelente escena en la que los terrenos de la metaficción se hace plausible: Vemos al Pekar cinematográfico (ficción 1) y al Pekar teatral (ficción 2), tomando el P1 como el real nos resulta risible el P2, sin embargo, el P1 es tan falso como el P2, por lo que se nos ha creado una falsa ilusión que en ese momento hace plausible sus defectos.
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