Del 'hombre sin nombre' a Frankie Dunn: la historia de un outsider
«Hay que cambiar con los tiempos, cambiar con tu vida. Si no estás constantemente evolucionando, aprendiendo, simplemente te detienes y caes».
Clint Eastwood
Basta con cerrar los ojos, y olvidarse de las molestas limitaciones espacio-temporales, para ver en el viejo alto y de complexión fibrosa sentado en una esquina de su decrépito gimnasio a la encarnación crepuscular de aquel antihéroe de mirada penetrante, gatillo rápido, muchas balas y pocas palabras que se paseó por los polvorientos parajes de Almería hace ya tantos años como películas. Un vistazo somero a la filmografía de Clint Eastwood como actor, ya sea bajo la batuta de otros o con él mismo sentado tras la cámara, es suficiente para darse cuenta de que detrás de las diferentes identidades hay un único personaje, que ha evolucionado conforme las arrugas han ido marcando cada vez más el rostro curtido por el sol de su intérprete.
Tomando prestado un concepto de Pérez-Reverte, se puede afirmar que la historia de los personajes de Eastwood es la crónica de un héroe cansado, de un fuera de la ley, de un outsider que vive al margen de lo establecido, bajo su propio código ético y moral, incomprendido por los que le rodean, muchas veces huyendo de un pasado que se esfuerza por olvidar pero que, al final, siempre le alcanza. Bajo esta pétrea fachada, acentuada por unos ojos acerados y una boca torcida, se esconden unas carencias afectivas y un corazón que han ido aflorando conforme llegaba la senectud. El Joe de Por un puñado de dólares (1964) —'El hombre sin nombre' es un apelativo inventado por los publicistas, ya que en las tres películas que hizo con Sergio Leone, el personaje de Clint tenía nombre o apodo: Joe, Manco y Rubio, respectivamente— y el Frankie Dunn de Million Dollar Baby (2004) son la misma persona, y digo persona y no personaje porque, al igual que en la vida real, el tiempo y los acontecimientos han cambiado su forma de ver las cosas, su perspectiva sobre todo a la hora de encarar la violencia, aunque los rasgos mencionados al principio del párrafo se mantengan invariablemente.
El pistolero sin escrúpulos de los filmes de Leone, Harry 'el sucio', el extranjero de Infierno de cobardes (1973), el Jonathan Hemlock de Licencia para matar (1975) o el Josey Wales de El fuera de la ley (1976), por citar unos cuantos, son incapaces de encontrar su sitio en un mundo esencialmente violento, contra el que reaccionan con la misma violencia. En cambio, el predicador de El jinete pálido (1985), el Tommy Nowak de El cadillac rosa (1989) o el Nick Pulovski de El principiante (1990) hacen uso de la violencia de una manera mucho más contenida, han tenido tiempo para aprender las consecuencias y han superado el ímpetu y la falta de reflexión con la aparición de las primeras canas, hasta llegar a un verdadero punto de inflexión: Sin perdón (1992), un western otoñal, una revisión del género y una profunda reflexión sobre la violencia en la que el protagonista, el asesino retirado y reformado Bill Munny, se ve obligado al final a hacer uso del plomo que los años le han hecho despreciar. Eastwood dinamita así el icono que le hizo famoso, el del pistolero sanguinario, condenándolo al olvido, al pasado, y, a la vez, dejando muy claro que, por muy profundo que estén enterrados los viejos instintos, jamás desaparecerán del todo.
A partir de este largometraje, el personaje de Clint Eastwood asume su envejecimiento y se convierte en alguien, que, después de haber sido baqueteado por la vida en incontables ocasiones, sabe que las cosas no van a cambiar pero tiene la fe y la esperanza suficientes como para intentar cambiarlas y, por encima de todo, desea establecer unos lazos afectivos que su pasado nunca le permitió tener. El Frank Horrigan de En la línea de fuego (1993), el Robert Kincaid de Los puentes de Madison (1995) y, muy especialmente, el Luther Whitney de Poder absoluto (1997) y el Steve Everett de Ejecución inminente (1999) son buena prueba de ello. Sabedores de que el camino está muy cerca de llegar a su fin, intentan desesperadamente recuperar el tiempo perdido, el amor perdido, los ideales perdidos…
Lo que nos lleva a Frankie Dunn, sentando en su gimnasio, debatiéndose para no abrir su corazón a una boxeadora novata que podría ser, perfectamente, la hija cuyo amor perdió y a la que todavía se aferra a través de un frágil papel de carta. En ese viejo, de expresión cansada, queda la energía suficiente para transmitir lo aprendido a alguien más joven, quizá para evitar que cometa los mismos errores que él o simplemente para exorcizar sus demonios interiores, y también pervive —si uno se fija en el fondo de sus ojos— la mirada cargada de energía e insolencia de aquel joven pistolero que un día, bajo el sol implacable del desierto de Tabernas, demostró a Ramón Rojo que cuando un hombre armado con un rifle se enfrenta a otro armado con un revólver, el que lleva el rifle es hombre muerto. |