El gran humanista de medianoche
Sobre los estereotipos
Según parece, toda la crítica descubrió a Clint Eastwood a partir del estreno de Bird en 1988, exaltando una sorprendente sensibilidad, un sorprendente cambio de rumbo o una sorprendente madurez cinematográfica, por lo visto, inexistente hasta entonces. ¡Bien!, cabe decir de entrada que estos comentarios son una somera memez, de igual manera que es una memez decir que Clint Eastwood no es el mismo a partir de Bird o que su filmografía varió de rumbo a partir del estreno de éste film. La extraordinaria sensibilidad del cineasta se encuentra perfectamente reflejada en Primavera en otoño (1973), que cuenta la historia de amor entre un maduro William Holden y una adolescente, o en la relación entre el forajido Josey Wales y la joven retrasada interpretada por Sondra Locke en El fuera de la ley (1976). Sólo estos dos ejemplos tendrían que servir para desterrar el sambenito que ha estado acompañando al cineasta en esta primera etapa de su carrera.
Pero, por si ello no fuera suficiente, cabe reseñar que en 1982 Eastwood realizó un film bellísimo y rabiosamente atípico, El aventurero de medianoche, en el que relataba con pasmosa contención y notable emotividad una historia de perdedores, tema más que constante a lo largo de su obra y que, en algún que otro aspecto (el clima de lasitud existencial, la omnipresencia de la muerte física y emocional) puede relacionarse notablemente con Million Dollar Baby. El hecho de que la obra pasara casi desapercibida no es obstáculo para no valorar (siquiera a posteriori) el hecho remarcable de que Eastwood no pertenece ni a un género (llámese western o policíaco) ni mucho menos a un estereotipo cinematográfico concreto. Por el contrario, Eastwood es uno de los pocos cineastas que merecen con toda justicia el calificativo de “autor”.
Desde su ópera prima, la espléndida Escalofrío en la noche (1971), hasta la actualidad su obra ha sido tan personal como extraordinariamente coherente tanto a su propio estilo, como al de los dos cineastas que le han servido de referente: Don Siegel y Sergio Leone, ambos al igual que Eastwood injustamente menospreciados a lo largo de los años y ahora reivindicados como excepcionales creadores.
Sobre Eastwood
Es evidente que Clint Eastwood se encuentra, a sus 74 años, en la cima de su maestría cinematográfica. Y, a diferencia de otros cineastas, es uno de los pocos que sabe combinar la realización de un cine muy particular e íntimo (Sin perdón, Un mundo perfecto, Mystic River,…) con otras obras mucho más abiertas, comerciales si se prefiere, aunque realizadas con una potencia y un sentido narrativo sencillamente apabullante (Poder absoluto, Ejecución inminente, Deuda de sangre,…). Ahora bien, tanto en un caso como en el otro, la personalidad del cineasta queda indeleblemente situada en la idiosincrasia del film. Y ahora, con casi treinta películas a sus espaldas y sin necesidad de demostrar absolutamente nada, aparece ante nuestros ojos el verdadero rostro del cineasta: Eastwood no es un hombre comprometido con ningún tipo de realidad social, ni un moralista, ni un nihilista ni ninguno de otros calificativos similares que se han podido leer a raíz del estreno de Million Dollar Baby . Eastwood es, ante todo, un humanista. Su preocupación por el ser humano es la de un filántropo racional que aprecia en el hombre tanto sus rasgos positivos como los negativos, alejándose de sobados maniqueísmos y estableciendo una finísima, casi imperceptible línea de separación entre todos sus actos, ya estén tildados por las normas sociales como “buenos” o como “malos”. Sus personajes son seres perdedores, asociales, hombres que quizá pueden haber tenido en sus manos la posibilidad de un futuro mejor, posibilidad que ha sido frustrada por su propia inercia o por un fatum inmisericorde. Así, por ejemplo, el convicto de Un mundo perfecto es un desclasado que se rebela contra la represión de la colectividad, pero que tiene en sus manos la posibilidad de demostrar su regeneración; empero ésta se va a pique en el interior de la humilde casa de una familia de color cuando sale a la luz el pesado lastre de una infancia estigmatizada por los maltratos y las vejaciones. De igual manera, el expistolero interpretado por el propio Eastwood en Sin perdón idolatra a su esposa fallecida por haber cargado con todos sus pecados y haberlo convertido en otro hombre; aún así, al igual que el Shane de Raíces profundas , la marca de un pasado destructor y la radical exposición de la negrura del alma humana, le harán retornar a sus hábitos anteriores y, por tanto, quebrar la promesa hecha a su esposa.
No obstante, Eastwood se involucra en las eventualidades de todos sus personajes, indagando en el porqué de sus actos, intentanto comprender sin prejuicios qué es lo que les ha conducido a actuar de una u otra manera. Ya sea un adulterio (Los puentes de Madison), mostrando el enterramiento en vida de un ama de casa, carcomida por la rutina y, de nuevo, las represiones de una sociedad que condena cualquier transgresión del orden establecido; ya sea una venganza (Impacto súbito), dinamitando todo el concepto moral de la civilización actual, merced al trasfondo ácrata que desprende la disculpa ética al comportamiento del personaje de Sondra Locke; o un profundo acto de amor llevado a sus últimas consecuencias (Million Dollar Baby), acto situado en unos estratos que trascienden las futilidades sociales, para convertirse en un sobrecogedor sacrificio espiritual, que libera con la muerte una vida condenada a la permanente parálisis, aunque para ello el personaje de Eastwood quede muerto en vida. Todo esto observado con la conmiseración de alguien que conoce sobradamente las voluntades e imperfecciones de los seres humanos.
Así, utilizando a sus personajes como metonimias de unas circunstancias muy concretas, Eastwood se transforma, asimismo, en el mayor denunciante de las máculas de una sociedad a la que mira con profundo ojo crítico. Por ejemplo el menosprecio por las condiciones sexuales (Medianoche en el jardín del Bien y del Mal), queda situada como telón de fondo de una historia enquistada en los más atávicos e irracionales temores de la Norteamerica profunda, a la que el cineasta trata sin piedad; o la pena de muerte (Ejecución inminente), una de las lacras más lamentables e inadmisibles de la sociedad estadounidense, está puesta en tela de juicio desde el prisma (nuevamente) de dos perdedores, envueltos en sendas situaciones límite.
Eastwood, en definitiva, no hace sino fragmentar la existencia de los individuos dentro de sus marcos coyunturales, exhumando todas sus problemáticas, sus ansias, su sentimiento de culpa, su errático tránsito por un mundo que les da la espalda y su consiguiente y lógica rebelión. Esto hace de la escritura del cineasta una de las más poderosas y excepcionales del cine contemporáneo. |
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