¿El cine como substituto de la vida?
Con François tengo el corazón 'partío'. Respeto su arranque impetuoso, su juventud descontenta, su cinefilia primigenia como remedio a casi todas las aflicciones del alma. (¿Será porque compartimos afección y siempre acostumbramos a mostrarnos benévolos con el de la cama de al lado, con el compañero de terapia en la planta de 'crónicos' o 'irrecuperables'?)
Vi sus principales películas de joven, cuando tocaba. Leer a Hesse a los 30 no es lo mismo; descubrir a Truffaut "demasiado tarde", tampoco. Cuando a uno le llega el entendimiento —es decir, cuando a uno se le empieza a secar el corazón—, le da por juzgar más duramente a Truffaut, tachándolo de eterno adolescente, de niño que no quería crecer, amante alocado que no sabía como montárselo para retenerlas a su lado.
Aquél chico que se educó viendo 3.000 películas en 10 años (antes de que existiese la televisión), lector infatigable e indiscriminado de pulps y clásicos, joven airado antes de que estos fuesen bautizados, tío listo que se encamó de partida con la hija de un distribuidor y que lo primero que hizo con los réditos de sus 400 golpes fue... comprarse un deportivo.
 El cine de François ha envejecido. Enunciémoslo de otra manera: me he hecho algo viejo para disfrutar con algunas de las películas de Truffaut. Han habido otras que, recién vistas en ocasión de este estudio, se me ha hecho incluso difícil creer que llevasen su firma. Y no porque sean indignas de él, sino porque no me acababan de casar con el credo de un hombre que habló y escribió demasiado. Y que acabó haciendo filmes que poco o nada tenían que ver con todo lo dicho y escrito.
Casi cincuenta años después de la nouvelle vague, uno no deja de sorprenderse del desesperado afán de notoriedad de sus principales artífices. La futura obsesión de Godard por matar el cine — ¿no soporta la idea de que un arte le pueda sobrevivir?—, el 'von vivantismo' de Chabrol, el confabulador Rivette... Truffaut, posiblemente, fue el que menos en serio se tomó a sí mismo. Eso no se lo perdonaron muchos —para ser más exactos, un cierto sector de la crítica francesa, más pendiente del alineamiento político de sus directores que de la posible supervivencia de sus propuestas—, terminándolo por tildar de "colaboracionista" vendido al Imperio (cuando no era más que un apolítico con una obsesión bastante común entre los "autores" europeos: conseguir un Oscar de la satánica Academia hollywoliense).
En definitiva, que ni tanto ni tan poco. A Truffaut jamás lo consideraría un autor imprescindible para entender el cine, pero sí lo recomendaría encarecidamente como un director que permite... comenzar a entender la vida. Un maestro de escuela que hacía películas y al que uno sigue recordando con cariño aún después de haberlo dejado atrás, muy atrás en el tiempo.
He agrupado sus principales obras con los aleatorios criterios de costumbre: buscando unidades temáticas, bloques alzados entorno a obsesiones, gustos y repeticiones. Un rápido repaso a su compacta carrera, concluida antes de tiempo por una maldita enfermedad que se lo llevó tan de repente...
¿El olvido?
1.- Antoine sobreviviendo a Léaud
Léaud me ha parecido siempre, siendo generosos, un actor bastante justito (a este respecto, visítense películas interpretadas para otros: desde El testamento de Orfeo (Le testament d'Orphée, 1960) de Cocteau hasta la P ocilga (Porcile, 1970) de Passollini). Pero que tuvo la suerte de estar ahí en el lugar y en el momento adecuado; hasta tal punto que el parecido (no sólo físico) entre Frankenstein y su criatura perduró más allá de las cinco colaboraciones 'doinelescas'.
La canónica fue Los 400 golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959). Película-faro para toda una generación de progres frecuentadores de cinematecas, seguidores de Aute y repartidores de pasquines a la salida de las fábricas (perdonen: la deformación histórica es fruto de la serie Cuéntame). La presentación del héroe menudo no podía ser más traumática: desde entonces, las películas "con niño" jamás han vuelto a ser las mismas. Aprendida la lección magistral de Cero en conducta (Zéro de conduite, 1933. Jean Vigo) y complementada esta con unos toques biográficos tan agridulces como verídicos, el proto-marginal que era Antoine Doinel acabó, con el tiempo, pareciéndose demasiado a un francesito prototípico y frustrado (¿el equivalente "intelectual" al landismo?)
La anecdótica Antoine y Colette (enmarcada dentro del film episódico El amor a los veinte años (L'amour a vingt ans, 1962)) dejaba constancia de los primeros calentones adolescentes de Antoine —por cierto, muy parecidos a los rohmerescos y trastabillados romances de los cuentos morales—, con sus desesperados intentos por hacerse el encontradizo con la tal Colette... una pesadilla de hombre, vamos.
 Los escarceos sentimentales continuaron en Besos robados (Baisers volés, 1968), película alegre y despreocupada, enriquecida nuevamente con apuntes vitales de Truffaut (su expulsión del ejército, sus visitas a meretrices de entrepierna holgada...) El galanteo de una niña más o menos bien y sus peripecias como detective privado, incluyendo algún encuentro furtivo con la mujer del dueño de cierta zapatería... ¡menuda pieza! Y es que al Antoine de Besos robados ningún padre lo querría como yerno: irresponsable, poco constante, sin intención alguna de pensar en el futuro y demás monsergas... vivo, pero incapacitado para cualquier clase de compromiso.
Mientras tanto, fuera, Francia estaba patas arriba y en pleno mayo.
El "rebelde" Antoine queda definitivamente atado y bien atado por su Christine en Domicilio conyugal (Domiciel conjugal, 1970). El tipo es ahora una especie de hippie a destiempo, que a pesar de sus nuevas obligaciones se sigue comportando como un inmaduro vocacional. Tras conseguir de rebote un puesto de trabajo "respetable", decide engañar a su joven y despampanante parienta (y por aquel entonces, señora de Truffaut) con una japonesa algo paradita. La cosa ya no da para más: Doinel era un bluff, una alegoría que no sobrevivió el paso del tiempo. ¿O fuimos los espectadores los que fuimos perdiendo la inocencia a pasos aún más agigantados que el propio protagonista?
El quinteto se completa con El amor en fuga (L'Amour en Fuite, 1979). Treinteañero igualmente descentrado, Antoine se ha divorciado de Christine (quien por lo visto no era igual de "avanzada" en materia sexual que él, dispuesto siempre a aparearse con la fémina más cercana). François aprovecha la coyuntura para despedirse del personaje que lo ha acompañado durante dos largas décadas: un tercio del presente film son trozos de los cuatro anteriores, a manera de recorrido en falsos flash-backs por la odisea del niño que empezó queriendo ver el mar... y terminó escribiendo libros cursis para cuarentonas frustradas.
2.- Truffaut no era Hitchcock
Fruto de su admiración por el maestro es uno de los libros de cine irremisiblemente presentes en las bibliotecas especializadas de medio mundo. Y también, una serie de películas con divertidas intrigas rayanas en el vodevil; homenajes al maestro caracterizados por la bastardía y la trasgresión —no siempre afortunada— de los géneros.
La novia vestía de negro (La mariée était en noir, 1967) o el asesinato a sangre fría como una de las bellas artes. Al igual que en La soga (Rope, 1948) o la más reciente Kill Bill (id., 2004), terminamos por simpatizar con el / los criminal(es), temerosos de que se descubra al fin su elaborada venganza... aunque el encanto de los matarifes de don Alfredo era que, precisamente, carecían de motivaciones para hacer lo que hacían.
La sirena del Mississipi (La Sirène du Mississipi, 1969) o una mezcla entre Sospecha (Suspicion, 1941) y Marnie, la ladrona (Marnie, 1964). Aquí la Deneauve es tan pérfida y ambigua como Cary Grant y su celebérrimo vaso de leche, escaleras arriba. Aprovecha que el alelado de Belmondo ha decidido casarse por poderes para darle gato por liebre: se deshace de su futura y todavía desconocida mujercita, firma los papeles de rigor y acto seguido... pone tierra de por medio entre su amante burlado y sus millones de francos. La intriga va dejando paso a una de las especialidades de la casa: las uniones imposibles entres seres contrapuestos.
Una chica tan decente como yo (Una Belle Fille Comme Moi, 1972) o El proceso Paradine (The Paradine Case, 1947) versión Mel Brooks. Porque aquí la asesina es una cachonda de tres pares de narices, dispuesta a camelarse al sociólogo peripuesto que ha visto menos mundo que Marco antes de embarcar. A medio camino entre la comedia y el esperpento algo sonrojante (con momentos que hasta Ozores haría más sutiles).
El último metro (Le dernier métro, 1980) o Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) a las tablas de Ser o no ser (To be or not to be, 1942. Ernst Lubitsch). Película de colaboracionistas y quintacolumnistas, con el aroma —algo ajado, eso sí— de la propaganda bélica de entreguerras. ¿Recuerdan? Una reconocida compañía teatral trata de seguir ejerciendo su oficio en el rarificado ambiente de la Francia ocupada. Rodeado de lo más granado del cine patrio del momento (Deneuve & Depardieu) y con ese toque de qualité naftalinero, Truffaut se llevó lo que quería: 10 premios César, a repartir entre amigos y vecinos (Néstor Almendros, Georges Delerue, los susodichos actores y... él mismo por triplicado).
Vivamente el domingo (Vivement dimanche!, 1983). La última película de Truffaut lo redime de cualquier pecado venial cometido con anterioridad. Incluso de los mortales, si me apuran. Ágil, divertida, inteligente... Fanny Ardant hace las veces de Ingrid Bergman, en esta mezcla entre Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937) y Falso culpable (The Wrong Man, 1957). Una pareja altamente improbable, "matrimonio" nacido de la casualidad y perseguido por la ley; mujer indómita, desenlace anti-realista... ¿les suena de algo?
3.- Dejad que los niños se acerquen a mí
La juventud de este hombre que nació de padre desconocido fue algo más que precaria. Considerado siempre un estorbo —hasta por su propia madre— la tutela de Bazin y su señora fue lo único afortunado que le pasó en los primeros dieciséis años de vida. No es de extrañar que fuese muy sensible a todo cuanto rodease a la infancia desde sus primeros cortometrajes: en Les mistons (1957) ya contó como protagonistas con unos muchachos algo cabroncetes que se encargaban de sabotear el verano de unos enamorados pluscuamperfectos.
Incluyamos también en este lote a El pequeño salvaje (L'Enfant Sauvage, 1970). Otro tema bastante querido por Truffaut era la dificultad del aprendizaje (y no me refiero exclusivamente al académico). Sus protagonistas son inseguros, caprichosos, faltos de tesón. Nada más lejos de los "profesionales" de Hawks. Ser novato no es ninguna lacra en sus historias: al contrario, la acción la desencadena a menudo meteduras de pata (en el ámbito laboral, emocional...) que no dejan en muy buen lugar a sus causantes (¿más concomitancias con Rohmer?).
El enfrentamiento entre el asilvestrado protagonista y el propio director (diálogo imposible a base de gemidos, alaridos y golpes) concluye con la desasosegante sensación de que la Naturaleza se carcajea de métodos y directrices, de que el don de la palabra –piedra de toque de la civilización- es un pequeño milagro alejado de lo innato.
La piel dura (L'argent de poche, 1976). Magnífico retrato sobre esa tierra de nadie que separa la infancia de la adolescencia. Para quien esto escribe, una de sus cumbres creativas: cálida, sentida, humanista sin resultar tendenciosa, vibrante y... ¡demonios!, genuinamente emocionante. El día a día en las diferentes aulas de un colegio está contado con una gracia infinita, donde travesuras y desgracias alcanzan un portentoso equilibrio. Algo que, en definitiva, se echa en falta en las películas "con niños": ¡los adultos son secundarios de verdad! El discurso final del maestro a la clase, para enmarcarlo junto al de Chaplin en El gran dictador (The Great Dictator, 1940).
4.- ¡Qué complicado es esto del amor!
Que el querer a otro (o a otros dos) es una cosa muy complicada, nos queda claro a lo largo de toda su filmografía. De una manera u otra, el romance está presente en todos los filmes de Truffaut: sus personajes aman o... están en ello, están en ello.
Jules y Jim (Jules et Jim, 1962). Primer asalto a las páginas de Henri-Pierre Roché, septuagenario de profesión diletante al que le dio por escribir, utilizando como materia prima literaria gran parte de las vivencias y recuerdos acumulados en este tiempo. Un amor fou algo buñuelesco, pulso entre deseo y convenciones... un puente de hierro y una carrera inolvidable. La Moreau más guapa que nunca, Catherine, incapaz de decidirse entre los dos amigos del título. Después de todo, el manège à trois es un invento francés, ¿no? Aquí se asientan sus bases, aunque viendo como acaba... casi mejor rehuir la poligamia.
En La piel suave (La peau douce, 1964), un jornalero de la pluma se busca problemas con una azafata de muy buen ver. El triángulo lo complementa su señora, que no parece estar muy de acuerdo con la relación... y así lo dará a entender al final, exponiendo sus razones con un par de cañones recortados (¡y eso que los franceses parecían avanzados!).
 La simplificación más burda de un tema tan complicado llegó con El amante del amor (L'homme qui aimait les femmes, 1977). Lo más peliagudo del tema es la supuesta identificación del propio Truffaut con el personaje protagonista, sucedáneo de 'El Fary', conquistador indecoroso de mujeres... a las que, tras beneficiarse como buen machito, da portazo y olvida sin grandes esfuerzos. Eso sí, archiva sus fotografías para tener un bonito souvenir. Triste, muy triste.
Yo, qué quieren que les diga, jamás entendí las "motivaciones" de Bertrand, obsesionado por las piernas, las posaderas y el tetamen femenino. Si esa era la idea que tenía el mismísimo director sobre el papel que debían jugar las mujeres en su vida... pues hasta mi abuelo resultaba más progresista al respecto. El hombre que amaba a las mujeres es una película profundamente machista que no funciona ni como supuesta comedia.
Una última vuelta de tuerca. La mujer de al lado (La femme d'à côte, 1981), además de significar su feliz encuentro con la mujer que le dio su tercer hijo (una bellísima Fanny Ardant), constituye un amargo epílogo a sus disquisiciones sobre el amor. Se nos presenta aquí una pasión devoradora, apartada de toda lógica o convencionalismo social. Los dos protagonistas, a pesar de intentar rehacer sus vidas junto a otras personas, se sienten brutalmente atraídos el uno por el otro, condenados a desearse y buscarse más allá de la ficticia felicidad de casitas pareadas donde habitan. Ni contigo ni sin ti...
5.- Adaptaciones literarias demasiado literarias
Lo de Truffaut por la literatura era también algo enfermizo, como la mayoría de las pasiones que valen la pena. Sospecho que lo que más lamentó fue no poseer el talento necesario para escribir ficción, echando invariablemente mano de escritos ajenos en sus incursiones "prestigiosas".
Tirad sobre el pianista (Tirez Sur le Pianiste, 1960). A partir de una novelucha de quiosco de David Goodis, Truffaut perpetra su personalísimo homenaje a las películas de serie B, las que nutrían aquellas sesiones dobles con las que solía empacharse desde su más tierna infancia. Algo desordenada (casi godartinana en su caótico sucederse), con un Charles Aznavour haciendo las veces de Sterling Hayden. No le falta de nada: su gabardina, su trauma familiar y esa fatalidad algo falsa de los polares franceses. Incluía gansters muy coenianos filosofando sobre la mujer y sus encantos. Teniendo en cuenta que es inmediatamente posterior a sus 400 golpes... no se me ocurre un modo mejor de despistar al personal.
Fahrenheit 451 (id., 1966). ¡Incluso se atrevió con Bradbury! Y es que su interés por la lectura no se circunscribía a ningún género, país o época concreta, como acostumbra a suceder entre los autodidactas heteróclitos. Una adaptación particular y arriesgada, recomendable aunque sólo sea por ver duplicada a Julie Christie.
 En Las dos inglesas y el amor (Les Deux Anglaises et le Continent, 1971), Truffaut repite con textos de Henri-Pierre Roché y los resultados son... mucho más discretos. Otro apasionado triángulo (esta vez a la inversa que en Jules y Jim), con un Léaud en plan conquistador y una voz en off cargante e innecesaria. Las dos inglesitas, a pesar de ser hermanas, no podrían ser más diferentes: una muy 'modenna' y montaraz, la otra, victoriana y demasiado aficionada al solaz solitario. El cómo logra desvirgarlas con sus pamplinas y "encanto francés" es uno de esos misterios irresolubles más propios del cine de Lynch.
Aunque no tenga ningún referente literario directo, el novelesco guión de Diario íntimo de Adele H. (L'histoire d'Adèle H., 1975) nos retrotrae hasta una dama de las camelias algo más inestable, febrilmente arrebatada por el uniforme de su teniente de húsares. Este, a su vez, no bebe precisamente los vientos por la Adjani, que para mayor desgracia romántica es la hija de Victor Hugo. Locura de amor de una francesita en la Halifax del siglo XIX.
6.- ¿El primer apologeta del frikismo?
Si, a pesar de los pesares considero al director francés uno de los primeros apostatas del glamour (aunque en su cine abunden las caras bonitas); un cronista de los desnortados o, sencillamente, de los que nunca han precisado de una brújula a la hora de emprender sus travesías. Reivindicando, en suma, la suerte de ser particular.
Para muestra, su La noche americana (La Nuit Américaine, 1973). Truffaut, en su doble vertiente actor-director. Un tipo comprensivo, alejado del paradigma director-dictador. Dispuesto a rodar con lo que haya, a echarle imaginación al asunto, a embarcarse en la aventura —siempre bordeando el desastre— de un rodaje cinematográfico. Harto quizás de los caprichos de sus actores, pero dispuesto a tolerarlos con magnanimidad (¿y cierta indiferencia?).
Creo que la sordera que incorporaba su personaje, más que un homenaje a Buñuel (1), constituía uno de sus métodos de defensa, eficaz protección de un tímido incurable para evitar ser presa del pánico. Defensa contra un equipo que pregunta demasiado, que está seguro de que él tendrá la respuesta a todo.
Con aquella eucaristía del cine (François aspiraba a hacer de su trabajo una religión, una ceremonia donde él impartía la comunión a un público congregado a su alrededor, boquiabierto) culminaba un periplo lleno de inadaptados, de niños-grandes, de mujeres-niñas, de hombres orgullosos de su complejo de Peter Pan.
Abundando en este tema, destaca su marciana y muy esclarecedora La habitación verde (La chambre verte, 1978). En ella, el autor da rienda suelta a sus miedos cervales, mostrándose vulnerable a una realidad que impregna todo su cine: la certeza de un final, de una muerte igualadora que premia a reyes y carboneros con la misma moneda de madera.
Aquel hombre encerrado en su capilla sin adscripción religiosa, pugnando por mantener viva la llama del recuerdo de sus amigos muertos, es un trasunto del niño, carne de reformatorio, que revivía a los literatos admirados en su mausoleo de cartón, conjuro inútil contra un destino imposible de burlar.
Un destino que a Truffaut lo alcanzó el 21 de octubre de 1984 en el Hospital Americano de Neuilly, con apenas 52 años y tras infructuosos esfuerzos en pos de la inmortalidad.
25 años de cine que fueron un homenaje continuo a los que no hemos aprendido a vivir, a los que sólo sabemos lo que no queremos ser, a los que creemos que jamás perderemos la inocencia... a la legión de imbéciles que nos refugiamos en el cine cuando nos ronda algún problema, confesionario sin reclinatorio donde jugar a ser otro sin que nadie se entere, travesura inofensiva de quienes creemos que sí, que el cine puede sustituir a la vida.
(1) Existe una explicación mucho más sencilla a su personaje con 'sonotone': Truffaut mismo estaba bastante sordo, "recuerdo" imperecedero de su paso por el ejército francés.
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