Diario íntimo de Bertrand M.
En la cabeza del protagonista de El amante del amor parece que sólo hay un pensamiento (o tres): mujeres, mujeres y mujeres. No importa la edad de la dama, su nacionalidad, su físico, etc. Se trata de un hombre enloquecido por la pasión hacia las mujeres. No está claro que únicamente busque la satisfacción física, pero sí que no hay ninguna que se le resista. No disfruta tanto del hecho de conquistar como de la euforia de estar enamorado, de la efervescencia de descubrir que una desconocida le devuelve la mirada en un café o en la calle, o de ver a una mujer de espaldas, disfrutar de la visión de sus piernas y comprobar al verla de frente que las expectativas creadas no habían errado un ápice.
Bertrand Morane, personaje solitario, vive en Montpeller, donde trabaja en un laboratorio en el que estudia la mecánica de los fluidos, de los fenómenos atmosféricos y metereológicos. Fuera de su trabajo, lo único que le interesa son las mujeres. Sobre todo, admira y desea a las que tienen unas bonitas piernas. Porque para él, las piernas de las mujeres son el sostén del mundo.
Un día Bertrand decide escribir un libro sobre sus experiencias amorosas (como Jean-Pierre Leadu en Las dos inglesas y el amor o la hija de Victor Hugo en Diario íntimo de Adele H.). Trata de imprimir en sus escritos la esencia de sus relaciones y las sensaciones recibidas. Evidentemente también se hace eco del anecdotario de su carrera amorosa. Con este material de partida, Bertrand se entrega a filosofar.
La realización de Truffaut es simple, sin artificios ni complicados inventos creativos. Es en el planteamiento de la historia donde encontramos lo más interesante de la película. El film comienza con el entierro del protagonista, al que exclusivamente acuden mujeres y con un comentario fúnebre murmurado por Geneviève, su editora y su última amante, prosigue con el propio monólogo de Bertrand mientras escribe un libro que recoge todas sus aventuras. No se trata, en rigor, de un flashback (aunque hay un par de ellos en blanco y negro que hacen referencia a los recuerdos de su infancia y adolescencia). Cuando Bertrand decide escribir sus experiencias eróticas, el film adquiere una nueva magnitud. La película se convierte en la historia de la escritura de un libro, que además es el guión de la cinta, creándose una compleja y perfecta estructura.
Sin embargo, a pesar del planteamiento interesante, en varias ocasiones la narración cae en lo inverosímil y naufraga en la autocomplacencia. En ocasiones, los diálogos y las sentencias de Bertrand en torno al amor, el sexo y la sociedad resultan farragosos e interminables. Las imágenes autocomplacientes que pueblan la cinta (excelente fotografía de Néstor Almendros) como la del gato comiéndose el desayuno de la bandeja (ya presentes en La piel suave y La noche americana) acaban por otorgar al visionado de la película un tono de repetición, de vulgaridad o de algo ya visto.
El amante del amor es una comedia que, poco a poco, nos lleva por el camino de drama. Truffaut resalta esto pasando de una fotografía que se mueve de los tonos cálidos a los más friós del final de la película. Al final del viaje quedan destellos de humor, como la de la chica descontenta de su nariz, o de melancolía, como las fotos de Leslie Caron tras las corbatas.
La fascinación por la mujer es una de las piezas claves en la obra del director de La novia vestía de negro. La mujer es lo desconocido, lo enigmático e inaccesible. En las historias de amor de Truffaut hay una visión pesimista de la relación de pareja. Sin embargo, nunca se renuncia al amor, siendo el protagonista de El amante del amor un ejemplo evidente, que se obstina una y otra vez a pesar de que el fracaso pueda volver a presentarse.
En la película hay, pues, un fuerte acento personal, aunque Truffaut para la atención en el público más generalizado. Tal vez, de entre toda la filmografía de Truffaut, sea Bertrand el protagonista masculino más parecido al director francés. Además, en 1977, y a pesar de que las críticas negativas comenzaban a arreciar, François Truffaut seguía siendo fiel a sí mismo y a sus postulados estilísticos. El canto al amor y la pasión por los libros (Las dos inglesas y el amor y Fahrenheit 451).
La dirección de actores está muy cuidada. Charles Donner, para quien Truffaut escribió el guión pensando en su rostro frágil, hace una labor muy interesante, y nos muestra un repertorio de matices nada desdeñable; a su alrededor, unas inolvidables Brigitte Fossey, Nelly Borgeaud, Genevieve Fontanel, Natalie Baye y un largo etcétera que culmina en Leslie Caron.
Comentaba en el artículo de la primera parte de este estudio dedicado a La piel suave, que François Truffaut acostumbraba a enfrentar sus películas entre sí, abriendo nuevos horizontes a aquellas historias que más le interesaban. En este sentido, cabe destacar que unn planteamiento a la inversa del que Truffaut utilizó en La novia vestía de negro se puede ver en El amante del amor. En la primera película mencionada, el director francés, a través del personaje de Jeanne Moreau, iba eliminando uno a uno a los asesinos de su marido, a la par que nos iba dando cuenta de las diferentes personalidades que podíamos encontrar entre el género masculino. En El amante del amor hace lo mismo, en sentido inverso y en clave de comedia. A la inversa también podemos relacionar el film que nos ocupa con El diario íntimo de Adele H. Los protagonistas de ambas películas deciden escribir acerca de sus vicisitudes amorosas, pero mientras la protagonista del segundo film se agotaba en buscar a un hombre, Bertrand se dedica a buscar a la Mujer (también inalcanzable para él) en todas las mujeres.
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