El gran teatro del mundo

En 1980 (año del estreno de El último metro) a François Truffaut le quedaban cuatro años de vida. Esto quizá explique gran parte de la idiosincrasia de un film, uno de los mejores de su autor, que se aparta del intimismo presente en algunas de sus anteriores obras (La habitación verde, El amor en fuga), para exhalar una profunda meditación sobre el Arte y la Vida. Como si Truffaut fuera consciente de la limitación temporal que se le avecinaba y quisiera sublimar las aristas expuestas en La noche americana con otro canto sentido y melancólico a un universo tan personal que parece directa proyección de todos y cada uno de sus estados anímicos. El último metro es, además, un extraño compendio de todas las constantes esgrimidas por Truffaut a lo largo de los años; un ejercicio de estilo irónico y contundente que involucra al espectador en su interior con una facilidad sencillamente pasmosa.

Pero vayamos por partes. El último metro, como ya se ha esbozado, tiene un sinfín de puntos en común con La noche americana. Como en aquella, Truffaut cruza los derroteros vitales y los destinos de sus personajes en un maremágnum de situaciones que van evolucionando, naciendo y desapareciendo, mutando y descomponiéndose, ofreciendo un fresco sobre los comportamientos humanos, teñido de una sorprendente ironía y un finísimo halo libérrimo que intensifica la emoción que expele la historia. La película da comienzo con el intento de seducción de Bernard Granger (excelente Gérard Depardieu) hacia Arlette Guillaume, personaje que posteriormente revelará su condición de lesbiana, todo ello en el marco de un París ocupado por los nazis. Éste mínimo detalle ejemplifica mejor que ningún otro las intencionalidades de Truffaut hacia sus creaciones: los hombres y mujeres que pululan por El último metro se mueven merced a un insólito ordenamiento de romántica irracionalidad. Granger ve por primera vez a Guillaume y siente el imperioso impulso de conquistarla, de igual forma que su relación con Marion Steiner (sobria Catherine Deneuve) surge a partir de un escueto beso provocado por el triunfo teatral. Los personajes de Truffaut, por consiguiente, se han transformado tornándose mucho más instintivos; ya no exclaman: "yo dejaría a un hombre por una película, pero jamás una película por un hombre", sino que interrelacionan ambos mundos en un todo caótico que les produce, de igual manera, alegría y tristeza.

Empero, el teatro como metonimia del Arte (tal y como el cine lo era de la vida en La noche americana), acaba por regir sus conductas y relaciones para acabar en una asombrosa reflexión sobre la realidad y la ficción, sobre el mundo y la escena, tanto teatral como cinematográfica. La necesidad de expresar emociones y sentimientos mediante la interpretación y la creación, en un universo que se autodestruye, en el que la propaganda antisemita y la brutal censura fascista coartan las más básicas libertades artísticas, potencian la lucha de estos personajes en contra de la barbarie bélica y la frustración personal: Lucas Steiner tiene que dirigir su obra encerrado en los sótanos del teatro debido a su condición de judío; su esposa Marion lucha contra todas las trabas censoras, así como por mantenerse al margen de la atracción que siente hacia Granger; éste, por su parte, se debate entre su inestabilidad afectiva y la lucha antifascista. Éste cúmulo de sensaciones y debates íntimos tiene su cenit en dos momentos que, al igual que la secuencia inicial, resumen las finalidades de Truffaut: Granger le comunica a Marion su decisión de colaborar en la resistencia y, en respuesta, ella le da una bofetada. Este gesto no únicamente refleja la problemática profesional de buscar un sustituto para el personaje que interpreta Granger, sino que refleja el torbellino de emociones que cruzan por la mente de Marion en ese momento: la posibilidad de que Granger muera al mostrarse físicamente en contra a la ocupación, y la rebelión hacia unos sentimientos (su amor hacia Granger) de los que Marion quiere deshacerse para mantenerse lo más cerca posible de su marido. El segundo momento sería la magistral secuencia final: una ficción representada sobre las tablas de un teatro que el espectador toma, hasta el final de la escena, como la realidad vivida por los propios personajes e, incluso, como la propia realidad cinematográfica. La borrosa línea que divide el Arte de la Vida ha quedado cruzada y superada y una parte de la filosofía de Truffaut ha quedado patente: si en La noche americana uno de sus personajes decía que "amaba el cine por encima de todo", en esta secuencia final el cineasta nos dice que el arte está por encima de todo, porque el arte es la vida y ello hace que no haya distinción posible entre ambos conceptos. Finalmente, el círculo quedará cerrado con Marion, saludando al público, flanqueada por Lucas y Granger, en una solución vital que se integra dentro de la lógica artística (la obra que han estado representando tiene un marcado cariz romántico) y la lógica personal (la única solución posible al dilema de Marion es esta especie de ménage à trois que remite, directamente, a Jules et Jim).

El último metro, en definitiva, es una bellísima catarsis. Un sensible y elegante epítome estilístico de un cineasta en la cima de su talento. Una obra excepcional.

Por Joaquín Vallet R.
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