Viejos reencuentros y nuevas separaciones

François Truffaut se pasó más de media vida criticando un cierto tipo de cine, y el resto de su carrera haciendo casi exactamente ese tipo de cine que criticaba. Desde sus comienzos rompedores e innovadores de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959) o Jules et Jim (Jules et Jim, 1962) se fue amoldando cada vez más a un estándar medio de producción que, sin dejar de ofrecer algunas muestras de calidad, resultaba acomodaticio y formal. Nada que ver con el interesantísimo (más por él mismo que por algunas de sus películas) Jean-Luc Godard, un auténtico modelo de coherencia formal y temática, si bien buscar temas en algunas de sus películas es virtualmente, al menos desde mi nivel cultural e intelectual, imposible e incluso absurdo, y con frecuencia me parezca pedante, prepotente y, por qué no decirlo, timador; pero eso es otra historia.

La película que nos ocupa, si bien en los años 60 hubiera podido ser considerada rompedora (dependiendo de con qué se la compare), y desconozco qué sensaciones produciría en su estreno en los 80, en la actualidad se ve como una historia manida, previsible y a ratos casi hortera y ñoña. No ha envejecido nada bien esta película, al igual que muchas otras de su autor (Fahrenheit 451 (id, 1966) o Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970) podrían ser ejemplos paradigmáticos). Aunque a pesar de todo no deja de tener cierto atractivo (al menos para mí sí que lo tiene; sensiblero que es uno) esa historia de amor loco irreprimible, si bien me cargue la voz en off, o más bien esa estructura de relato subjetivo de objetividad desconcertante y hasta repulsiva. Odio a los narradores omniscientes participantes de la historia, y la de esta película se lleva la palma.

En todo caso no me creo a estos personajes excesivos. No entiendo sus reacciones en muchos momentos. Me creo que el deseo les haga actuar como adolescentes en celo, pero no de la forma infantil e irresponsable con que actúan a menudo. Para Truffaut son secundarias las responsabilidades y el complejo de culpa; sus personajes sólo se ven atenazados por ellos cuando le viene bien dramáticamente. Y no se trata, a mi modesto entender, de sutileza, porque en ese caso esta estaría presente en todo el metraje, pero momentos como las charlas furtivas de los amantes en las reuniones de ambos matrimonios, el ridículo que hace el personaje interpretado por Gerard Depardieu en la fiesta, o los desmayos del personaje de Fanny Ardant, por no hablar del personaje de la regente del club de tenis, la narradora de la historia, cuyas apariciones como tal me resultan cuando menos innecesarias si no abiertamente cargantes. Mención aparte merecen los dos secundarios que interpretan a los cónyuges de la pareja, tan buenos, tan comprensivos, tan magnánimos e inmaculados ellos. Son dos de los personajes más prefabricados, menos trabajados y menos complejos que recuerdo en una película no nefasta.

La película nos narra el afectado reencuentro de dos antiguos amantes. La casualidad lleva a que ella y su marido se trasladen a vivir a un pequeño pueblo donde vive él con su esposa, y justo a la casa de enfrente. Ambos son felices ahora, pero no podrán evitar que la tormentosa y destructiva pasión que vivieron en el pasado se reavive por la proximidad y el deseo, como antídoto contra la feliz y monótona rutina de sus vidas.

A la vista queda que nos narra la típica historia de amor imposible y arrebatado muy del estilo francés. Pero le falta pasión; demasiado fría y analítica en muchos momentos, y sin sentido se vuelve desmesuradamente arrebatada. Pocas veces parecen reales los personajes. Tampoco sorprende ni su evolución (no porque sea lógica, sino porque la hemos visto muchas veces en cientos de películas clásicas), ni tampoco el final, que uno se espera no sólo por la presentación inicial, sino porque sigue el esquema tópico de este tipo de historias.

En definitiva, una película decepcionante y poco digna de su afamado (y un poco sobrevalorado) director. Quizá lo más destacado de este penúltimo título de su carrera sea precisamente lo que he criticado antes: su carácter de collage, de revisión de una de las temáticas favoritas del cine romántico; su cinefilia, por supuesto. Quizá sea este último aspecto el que perdiera a Truffaut en muchas de sus películas. Ese afán revisionista, esa admiración por el arte de algunos directores, le llevó a despersonalizar su cine, a alejarlo de su propia imaginería creada en sus primeros títulos y, al menos en este penúltimo, acomodarse a aquello contra lo que lucho en su momento. En su lucha entre la admiración por el pasado y el deseo de renovación, se acabó por imponer lo primero. Pero al contrario que muchos de sus compañeros de generación, él no supo sacarle todo su partido.

Por Javier Castro
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