Los niños también son personas

Como un eco cercano, a pesar del tiempo transcurrido, de Los 400 golpes, en esta película de 1976, Truffaut retomó el tema de la infancia, con ciertas variaciones, pero una vez más con un profundo sentimiento de respeto y reverencia hacia los más jóvenes. Es un auténtico homenaje a la niñez, a esos pequeños grandes olvidados con frecuencia por todos, desde los políticos, como les anuncia el profesor Richet a sus alumnos, hasta lo que es más grave, los profesores y los propios padres.

Si en el filme del 59 nos contaba la historia de un único chico, Doinel, y su familia, siendo sus compañeros simplemente un elemento más que se integraba en el marco de la narración, aquí las peripecias de los chavales se convierten en el núcleo principal de la película, que como ocurría por ejemplo en el resto de filmes de Doinel, está construida a base de pequeños episodios mostrando diversos tipos de niños y de infancias, entre los cuales, el espectador siempre se puede sentir identificado con alguno, no sin cierta nostalgia. Una película coral, con unos actores principales lo suficientemente jóvenes para que no se note lo más mínimo lo impostado de sus actuaciones, que destilan naturalidad y frescura, prestando momentos de comedia ejemplares, como los dos hijos del peluquero emulando a su progenitor con Golfier como conejillo de indias, o la pequeña Sylvie, anunciando por el megáfono que sus padres la matan de hambre, poco más o menos, a pesar de lo distante de la realidad que pueda ser esta afirmación.

Aún con algunos momentos cómicos, Los 400 golpes era un auténtico drama con mayúsculas. Aquí de repente todo cambia, nos encontramos con una comedia salpicada con un par de toques dramáticos. ¿Se había vuelto Truffaut más optimista con el tiempo?

El epílogo, que enlaza de forma natural con el prólogo es una forma perfecta de cerrar la historia de historias, con Patrick y Martine dando el primer paso hacia la madurez, con la complicidad de sus compañeros de campamento jugando un importante papel. Y es que aquí, a pesar del carácter episódico del filme, y superando a mi modo de ver a la serie Doinel en este aspecto (y si la cito continuamente es por lo similar de la construcción en todas ellas), Truffaut logra imprimir un sello personal en el filme, compensando el aspecto comercial de la película con su faceta de autor, más ausente en otros filmes, hablo de la carta inicial de Martine que sirve como nexo de unión con su primo en la clase de Richet (y con el epílogo), el acertado mini-flashback empleado para contar el corte de pelo de Golfier, intercalando el episodio tras la bronca de su padre al peluquero, o la inserción del divertidísimo minidocumental que se proyecta en el cine sobre el pequeño Oscar, que se comunica mediante silbidos, haciéndose también necesario destacar la brillantez de un guión que logra dotar de unidad a la película, que no tiene altibajos, siendo la naturalidad el elemento principal que permite la fluidez de la transición de unas secuencias a otras.

La historia de Leclou, el pequeño con problemas familiares, clara reminiscencia de la que cuenta Los 400 golpes, como también de la infancia del propio director en parte, aunque aquí es una historia bastante más dura, nos es mostrada desde un punto de vista externo, como todas las pequeñas historias que configuran el entramado de la película, lo que reduce al mínimo su crudeza, siendo sólo al final cuando se expone el problema a las claras, dando pie al momento culminante de la película, aquel en que el profesor Richet lanza un pequeño discurso a sus alumnos, a los que trata como los adultos que serán algún día, dedicándoles atención y respeto, tratándolos como a iguales. Esto puede parecer una tontería, porque, usted estará pensando: No son iguales. Cierto, son más bajos, más jóvenes y más inexpertos, pero esas tres diferencias fundamentales no implican que sean imbéciles, que es como muchas veces se les trata. Precisamente hablándoles como les habla el profesor Richet es como se consigue que no lleguen nunca a serlo. Y es exactamente eso, que no es tan fácil pero tampoco imposible, lo que no saben hacer muchos padres (porque lamentablemente puede tener hijos cualquiera, todavía no se hacen exámenes de aptitudes paternales), ni muchos profesores, que se dedican a la docencia sin vocación alguna, sino simplemente por la comodidad de las vacaciones, el horario, el sueldo, etc…

También hay niños que son auténticos demonios con los que se puede hacer bastante difícil tratar para un profesor, es cierto, pero en gran medida esa actitud viene determinada por la enseñanza que se les da en los hogares. Voy a dejar este camino porque es posible que mi discurso destile aparentemente cierto aire fascistoide (eso de prohibir ser padres a ciertas personas), nada más lejos de mis intenciones, lo cual indica que quizá no me esté explicando bien, y este es un tema bastante más complicado de lo que puede parecer a simple vista. Baste decir que hay que evitar escudarse en aquello de que los niños son de goma, tienen "la piel dura" y prestarles un poco más de atención, lo que tampoco implica mimarlos en exceso, con lo que se les debilita. Y al contrario, como dice Richet, tienen que hacerse fuertes ante la vida, que no es lo mismo que endurecerse. En definitiva, educar un niño requiere paciencia y responsabilidad, y protegerlos de la vida de hoy en día se hace cada vez más difícil. Se me están quitando las ganas de tener descendencia. Supongo que cuando encuentre una voluntaria que me ayude volverán a mí, pero ¿aprobaría yo el examen?

Por Sergio Vargas
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