La política de los artesanos

«El crítico se define por su falta total de imaginación, sin la cual haría películas en vez de comentarlas. De ahí el desprecio que profesa por la imaginación de los demás» François Truffaut (1)

En Tacones lejanos (1991) Pedro Almodóvar pone en escena en la última imagen del film a una Victoria Abril que recuerda el sonido de los tacones de su madre a través de la ventana que da a la altura de la acera de la calle. En el clímax dramático del film, Almodóvar consigue el súmum de una, por otro lado, desigual película. Esta imagen robada de Vivamente el domingo homenajea a un cineasta que si en algo se parece al manchego, es en su desaforada pasión por el arte cinematográfico (sentimiento igualado en el cineasta parisino a su amor por la literatura), y resulta a la vez la mejor secuencia del último film del autor de Los 400 golpes (Les quatre-cents cops, 1959), aquella en la que Jean-Louis Trintignant observa a través de la ventana las piernas de los transeúntes y en la que Fanny Ardant le regala sendos vaivenes. Un momento cargado de emoción, por otro lado, en una película cuya fuerza dramática se halla en los márgenes de la misma, es decir, que Truffaut, a estas alturas de su errática carrera como cineasta, ponía una emoción en la elaboración de sus films que raramente se veía cristalizada en resultados artísticos logrados.

Pero que nadie se me lleve las manos a la cabeza por hablar como mi amigo Perogrullo. La sentencia es sencilla: François Truffaut no supo mantener su coherencia como crítico más allá de sus primeros años de cineasta, el periodo que abarca desde el fabuloso cortometraje Le mistons (1954) hasta la soberbia La piel suave (Le peau douce, 1964). Desde entonces Truffaut, como tantos otros grandes cineastas —a mi cabeza viene una y otra vez la imagen de José Luis Garci, otro cinemaníaco incapaz de ver más allá de su cinefilia—, empezó a zarandearse entre adaptaciones literarias de distinto interés y a proseguir con las cada vez más aburridas andanzas de un Antoine Doinel convertido en mimo de la sociedad parisina. El cineasta autor daba paso al cineasta artesano. ¿Algún problema? Ninguno, también Ridley Scott realizó un trío de films interesantes en sus inicios para luego convertirse en uno de los artesanos más interesantes del cine comercial norteamericano. Quizás el problema resida en el mismo enfado que haya podido sentir el lector al comparar al que dio el pistoletazo de salida de la nouvelle vague con el director de Gladiator (The Gladiador, 2000): la respuesta fílmica del Truffaut corrosivo e indignado con el cine de qualité de posguerra no se halló a la altura de las circunstancias. En palabras del (gran) cineasta Felipe Vega: «Esa coherencia significó la puesta en escena vital de una pasión cinéfila y autobiográfica, teñida, sin embargo, por un gran pudor que con el paso de los años pudo inducir a confusión y a una equívoca impresión de frialdad y distancia, muy francesas por otra parte»(2).

Pero vamos con Vivamente el domingo, el último film de François Truffaut, que curiosamente, y con sus dos últimas obras, El último metro (Le dernier métro, 1980) y La mujer de al lado (La femme d'à côte, 1981), supo recuperar una suerte de talento narrativo heredero de una interesante artesanía fílmica, un collage de formas recuperadas de la cinefilia que daba sus frutos en unos films cuidados (y solventes) con el suficiente atractivo como para que nos podamos reconciliar en el último momento con el autor de bodrios tan infumables como Besos robados (Baisers volés, 1968) o Una chica tan decente como yo (Una belle fille comme moi, 1972). Para Vivamente el domingo Truffaut adaptó una novela negra de Charles Williams titulada The long saturday night, con lo que se dio el gusto de revivir desde la serie B norteamericana de los años 40 al thriller de suspense netamente hitchcockiano. Está claro que el punto fuerte de Truffaut no era precisamente el sentido del humor, que en sus films suele resultar, sino ridículo, sí algo altisonante. Digo esto porque si algo no le falta a Vivamente el domingo es sentido del humor, aunque éste resulte una fuga que no siempre acaba de engrasarse con la narración principal del film. Así estamos ante una obra extraída de la memoria que se halla en la emoción de alguien a quien el cine le debió salvar la vida, y es en este punto donde Truffaut sorprende, de nuevo, aunque sin la fuerza primigenia del crítico que escribía sus artículos sustituyendo la pluma por un cuchillo afilado, al tomar las formas de representación de una época que se conoce al dedillo, asumiendo la distancia necesaria para poder estilizar los caminos del metacine. Por supuesto este afán, como hemos dicho, de puro artesano, no sería suficiente para levantar una trama tan inocua como la contada, así que los valores que posee Vivamente el domingo provienen de la mezcla de esta inteligente puesta en escena —con una magnífica luz ortocromática, de nuevo, obra de Néstor Almendros— con un seguido de continuas fugas que permiten al espectador disfrutar del cine sabiendo que lo que ve es ficción cinematográfica. Forma y fondo coinciden a la perfección, así que tanto da si el argumento se sostiene o si resulta una desfachatez. Las estrambóticas fotografías de los cadáveres, las figuras de los gendarmes —atención al momento en que, sin venir a cuento, se rompe un grifo y Ardant aprovecha para mojarse los labios con la lengua—, el asesinato de la cajera, el personaje de la mujer del empresario robado de tantas femme fatale del cine norteamericano —y la aparición de su cadáver que vemos primero a través del espejo—, el disfraz que lleva Ardant en toda la primera parte de la película mientras realiza sus pesquisas, la impagable secuencia de la entrevista con la nueva secretaria. son pequeños momentos que Truffaut regala a una trama cuyo interés únicamente radica en cómo se está contando.

François Truffaut moriría un año después de haber realizado Vivamente el domingo víctima de un tumor cerebral, así que la última imagen que nos deja para el recuerdo son unos brillantes títulos de crédito de cierre de film, donde sólo vemos los pies de unos niños jugando con una pelota. A Truffaut —no me gustaría ahora parecer un joven turco sin ningún respeto— habría que otorgarle el ser uno de los mejores retratistas de la infancia humana, así que desde Les Mistons hasta este último y brillante plano de Vivamente el domingo, pasando por Los 400 golpes, El pequeño salvaje (L'enfant savage, 1969) y La piel dura (L'argent de poche, 1975), el realizador pudo transmitir en imágenes una pasión por la vida más allá del cinematógrafo.

(1) TRUFFAUT, François. Los siete pecados capitales de la crítica. Revista Arts, 1955. Extraído de "François Truffaut. El placer de la mirada". Ed. Paidós. La memoria del cine 2. 1999, Barcelona.

(2) VEGA, Felipe. Truffaut, el hombre que amaba los libros. Del libro colectivo En torno a la Nouvelle Vague. Rupturas y horizontes de la modernidad. Editores: Carlos F.Heredero y José Enrique Monterde. Publicado en el Festival de Cine de Gijón 2002.

Por Alejandro G. Calvo
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