Cuando son ellas las que trastocan la vida de ellos (o qué sería el cine, últimamente, sin mujeres)

Declaración de intenciones nada intencionadas

Soy una dama. Mi nombre, Penélope Coronado, lo avala. Y al ver cine, no sé hasta qué punto altera el producto el hecho de experimentar yo ciclos ovulativos. ¿Somos nosotras más tiernas, más de enternecernos, y a ellos en cambio les horripila El piano, Las horas? Francamente, queridos, eso me importa un pepino. Lo que, a mi ovulante modo de ver, considero bastante inapelable es que en el cine de últimamente los papeles más interesantes son los de ellas. Que tire la primera piedra el que no crea que la Delpy se come indiscutiblemente al tiesísimo Ethan Hawke de Antes del amanecer nueve años después. Que alguno me explique qué sería del filme medioboxeístico de Eastwood sin ese papel brutal, y tan poco femenino, que le va al dedillo a Hilary Swank. ¿Hay alguien, hombre o mujer, capaz de no enamorarse perdidamente de la difícilmente olvidable Kate Winslet de Olvídate de mí? ¿Quién no se haría pasar por psicólogo, o por lo que fuera, con tal de complacer y escuchar los secretos más íntimos de Sandrine Bonnaire? Cuándo se disfrutaron coreografías de lucha con tanto poderío femenino como las de los Yimou más recientes, y esa avasalladora jovencita que ya demostró su genio en Tigre y dragón, erotiquísima embutida en esos trajes diseñados por Kar-Wai. ¿Alguien duda que a una mujer, sobre todo si es una mujer con el poderosísimo aspecto de Uma Thurman, le sienta muchísimo mejor una katana, y sobre todo, alguien duda que esa película no tiene ningún sentido si no es, precisamente, una mujer la que lleva esa katana? Ovulísticamente o no, reconozcámoslo. Últimamente las chicas son guerreras; acaparadoras incluso de títulos (Melinda y Melinda, Vera Drake, María llena eres de gracia, Conociendo a Julia, permitidme que diga El fabuloso destino de Amelie Poulain); zampa actores, aunque los actores sean Clint Eastwood y Morgan Freeman, Paul Giamatti, Jim Carrey, o Birol Ünel; debutantes que interpretan su primer papel protagonista con sobresaliente, y encima llenando la pantalla como la llena Scarlett Johansson —y eso casi no pasaba desde Julie Christie—; mujeres fetén como las que siempre interpreta Isabelle Hupert, mujeres Lars von Trier, porque escasean las Almodóvar, pero están las Allen, las Annie Hall, gracias a Dios. Últimamente, y a pesar de ser ellos quienes manejan —y critican— la industria, son ellas las que, en cine, llenan historias, son ellas las que trastocan la vida de ellos.

Descendientes de Annie Hall

Por definición, la mujer cuya misión consiste en trastocar la vida de un hombre se denomina la fiera de mi niña. Nadie como la Hepburn —sobre todo Kay, pero también Audrey— para volverle loco a él, completamente charado. Si a un hombre se le cruza una fiera de mi niña en su camino, puede darse por perdido, por cazado (con una red de cazar leopardos). Estas fierecillas poseen tal magnetismo, que a ellos les resulta imposible prescindir de su abrumador encanto, y entonces repiten y les regalan a ellas anillos con un grabado hecho por la mismísima casa Tiffany, y las llevan a cenar en bateau-mouch por el Sena, y al final, ellos nunca se casan con su estirada y frígida prometida. Tienen estas fierecillas, además, el don de crear, ipsofácticamente, las situaciones más extravagantes, cosa que, por otra parte, aliña bastante la convencional vida de él, que luce pinta de triste, con gafas, paleontólogo seguro. Él suele tener la cara un de Cary Grant capaz de pasar por las pruebas más indignas, ya sean lucimiento de bata de señora con pompones de adorno, ducha sin quitarse el traje de chaqueta o mítico momento de tapar los pololos de ella, porque el vestido de noche se le rasgó. Toda esta acumulación de despropósitos y extravagancias —fenomenal Cary en esa carnicería, y el carnicero atónito, despachándole toneladas de carne, sin hacer filetes ni nada—, tan propios de una protagonista femenina de screwball, que trastocan absurdamente la vida de él, jamás hubieran sucedido de no ser por ella, Holly Golightly o Susan Vance, Eliza Doolittle o Clementine.

Una vez, él, el tipo triste que encontró a una chica que le hacía reír, tenía la cara de Ryan O´Neal y ella era Barbra, la Streisand, tan atrevida que hasta se reía parafraseando aquello que amorosamente solía decirle él a Ali MacGraw. La película la dirigía ese tipo del que es tan fácil hacer chanzas, y sí, su nombre de pila es Peter, señor honesto que le anticipó a Hawks que el Bringing up baby tenía mucho que ver con su ¿Qué me pasa doctor ?. Otras veces, la fiera de mi niña cobraba cincuenta dólares para ir al tocador y se colaba en albornoz dentro del apartamiento —me encantan esas antiquísimas palabras de los doblajes antiguos— de él, un sosísimo George Peppard, máximo exponente del método de interpretación Ben Affleck (A.G.Calvo más o menos dixit).

Esta misma fierecilla de Funny face fue también intraducible My fair lady o chica que se somete al método Pygmalion, ese que combina amor y pedagogía. Ella vuelve a ser quien capta la atención de él, no tanto por su abrumador encanto como por su inglés arrabalero y ruidoso, imposible de domar, y nada apropiado para una gala en el palacio de Buckingham. El profesor Henry Higgins, misógino reconocido, lingüista estrictísimo que no puede comprender por qué no pueden los ingleses hablar bien, tratará de domar a esta fierecilla en cautiverio, castigada sin bombones hasta que no diga correctamente, y cante, "La lluvia en Sevilla es una maravilla". Higgins no sabe lo que se le viene encima. Él se considera un hombre ordinario, solterón empedernido por muchos años (o eso es lo que se cree él), que no desea nada más que vivir como le gusta, libre de conflictos, haciendo lo que es mejor para él. Un hombre que en ningún caso pondrá en su vida a una mujer, porque si pones una mujer en tu vida se te acabó la serenidad, y te decorará la casa, y a ella le apasionará la diversión de ponerte a prueba, y acabarás haciendo cosas que no te gustarán (o eso es lo que canta Rex Harrison). Pero, aunque el profesor Higgins prefiera a un dentista o una nueva edición de la Santa Inquisición antes que dejar que una mujer entre en su vida, aunque él no sea nunca nada gentleman con ella, en un momento dado, Higgins se da cuenta, maldita sea, se ha acostumbrado al rostro de ella. Se ha acostumbrado a su voz, a sus miradas, a darle los buenos días por la mañana. Y pasa que, una vez acostumbrado a vivir en la misma calle donde ella vive, cuesta desacostumbrarse a esa fierecilla, por mucho que el profesor Higgins siga preguntándose por qué no podrán ser las mujeres más como los hombres.

Tenían una cualidad más estas fierecillas. Llevaban pantalones. La Hepburn, esta vez Kay, fue algunas veces —mal— llamada poco femenina por esa afición suya al pantalón, prenda de vestir, por otra parte, ciertamente cómoda. Con pantalón, chaleco y corbata, además de un sombrero estilosísimo, hace su aparición, en 1977, una fierecilla llamada Annie Hall. Esta fiera de mi niña tiene por misión trastocar la vida de Alvy Singer, popular humorista que sale por televisión, y al que la gente reconoce en la puerta de un cine. Nada más conocerla, Alvy asiste a alguna de las extravagancias de ella. Su conducir suicida un escarabajo, el no haber ido ella nunca al psicoanalista —cosa impensable si te llamas Allen Stewart Konigsberg—, ese abuelo que sufría narcolepsia. Parece que Alvy ha encontrado a la candidata perfecta para entrar en su lista de cosas que merecen la pena de la vida. Y no es que Annie fuera la única, hubo otras, bastantes, porque yo no sé qué tiene este Allen, pero todas las mujeres queremos casarnos con él. Claro que, con Annie cualquier cosa, incluso cocer una langosta viva, resulta mucho más divertida, y para practicar sexo no hace falta que silencien todo Nueva York, porque Annie es polimórficamente perversa. Pero lo que Nueva York unió, puede separarlo California. Y al final las cosas no salieron bien entre Annie y Alvy, ya se sabe, es más fácil que todo salga perfecto en el arte, y no en la vida.

(Abro paréntesis. Woody Allen, ese polimorfo perverso que sabe lo que hay dentro de una mujer

La calle donde ella vive es una calle de Manhattan. Ella adoraba Nueva York. No importaba cuál fuese la estación, para ella era una ciudad en blanco y negro que vibraba al son de las grandes melodías de George Gershwin, que transcurría en torno a la vida de él, un neoyorquino incurable, aficionado a la masturbación y al arte, intelectual casi todas las veces, hipocondríaco siempre, cobarde a mucha honra. Prácticamente siempre el mismo —y requetenegado— alter ego Allen con inconfundibles gafas negras de pasta o sin ellas, prácticamente siempre el mismo —bien sea Alan Alda, bien el Tony Roberts de los viejos tiempos— antagonista triunfador y verborreico, y además está el diletante y en ocasiones falto de escrúpulos —tipo Michael Murphy en Manhattan, Sydney Pollack en Maridos y mujeres, Martin Landau en Delitos y faltas, el William Hurt de Alice y, no podía faltar, Michael Caine en Hannah y sus hermanas—, que no considera que es muy importante tener algún tipo de integridad personal, esa que, en cambio, preocupa tanto al tipo de las gafas negras de pasta, que vive constantemente con sentimiento de culpa, porque procura asegurarse de que se tenga un buen concepto de él cuando su vida acabe. Eventualmente, ellos también pueden ser dos simpáticos tontones interpretados por el mismo Michael Rapaport, ese siempre impecable Wallace Shawn, a veces vengador enmascarado a veces ex con fama de superdotado, un fantástico padre taxista que elude la pregunta de su hijo ¿papá y tú en qué trabajas?, algún que otro rabino. En cambio ellas, las que de algún modo trastocan la vida de ellos —porque este cineasta tiene el don de hablar en su cine de muchas cosas, pero donde siempre acierta, como buen sentimental, es en el amor—, ellas son tantísimas mujeres, y tan distintas, y el polimorfo perverso Allen parece conocerlas tan bien.

Ella puede ser Annie, mujer poco convencional que delataría a toda la resistencia francesa si le requisaran su tarjeta de crédito, o Annie bastantes años después, emulando a James Stewart en la resolución de un crimen vecinal, y tratando farolear a un farolero. Ese toque "poco convencional" de la Keaton le aportó bastantes más aristas a la Kay Adams de Puzzo —Coppola respecto de su adaptación dixit—, esa Kay que el escritor llama constantemente "muchacha" en su novela, y que Diane Keaton sufre ejemplarmente en un segundo plano en la película, al margen de los negocios de los hombres, esperando que la familia Corleone sea completamente respetable dentro de cinco años, y luego otros cinco. En blanco y negro, ella también puede ser una sabihonda periodista, por momentos antipatiquísima, que se crió en Philalephia. La Mary de Manhattan es más adulta, más intelectual, pero sigue siendo una mujer con la que no conviene liarse, porque trae complicaciones.

Las mujeres complicadas, las de verdad, son las kamikaze. «Siempre he tenido debilidad —dice el (siempre excelente monologuista) Allen de Maridos y mujerespor lo que yo llamo "mujeres kamikaze". Las llamo kamikaze porque, bueno, se estrellan con el avión. Son autodestructivas. Pero se estrellan contra ti y tú te mueres con ellas". Dorrie, la bellísima y llena de problemas Charlotte Rampling de Stardust memories, mujer que en ningún caso querrá formar parte de un club que la admita a ella como socia, era una kamikaze: «Dorrie estaba como una regadera —le dice el fiel Tony Roberts a Allen—. Podía ser estupenda y divertida e inteligente y maravillosa dos días al mes. Los otros veintiocho días era un desastre». Su última Melinda, las dos, tienen también algo de kamikaze.

La mujer Mia Farrow es una mujer distinta. Inocente, dulce, comprensiva, bastantes veces pasiva agresiva. La chica flaca de pelo corto que se casó con Frank Sinatra nunca pudo competir con la sensualidad de otras musas del director neoyorquino, por mucho que Allen la disfrace de rubia peligrosa en Broadway Danny Rose. La mujer Mia Farrow suele ser compañera cariñosa, desde hace algún tiempo falta de sexo, madre, de un montón de niños, hermana, de Holly y Lee, espectadora mitómana que se enamora de personajes de ficción, una Doctora Eudora especialista en cambios múltiples de personalidad, esa aficionada a la magia china que utiliza pócimas que le sirven para confirmar que le está poniendo los cuernos su marido, aquella chica tonta que vendía cigarrillos a la que le cambia la vida por completo un curso de locución —el de Días de radio, seguramente, uno de los papeles más divertidos de la Farrow—; pero raras veces Mia Farrow interpreta a una Annie. Eso sí, en algún burdel, por pasar a la habitación de atrás con ella, alguien ha llegado a pagar setecientos dólares.

Hay otra mujer que acaba de cumplir los cincuenta, y no sufrió la crisis de los treinta ni la de los cuarenta, pero ahora todo a su alrededor se le derrumba. Es una mujer del Allen serio, ese al que le echan en cara que eran mejores sus primeras películas, las divertidas. Marion es una mujer con un curriculum abrumante, de conducta intachable, distinguida, culta, con potestad para mirar por encima del hombro a los demás, capaz de juzgar las debilidades de los otros, esos que desvelan sus secretos sobre un diván, porque al Allen fan del psicoanálisis —que en sus películas serias prefiere no salir— se le ocurre que Gena Rowlands escuche todo lo que se dice en una consulta de psicoanalista a través del sistema de calefacción. Pero pasará que la juzgadora será juzgada, y Marion, un buen día, acabará preguntándose si los recuerdos son algo que se tiene o algo que se ha perdido.

Entre las que hacen la vida imposible: la lesbiana y antipática Meryl Streep; ex-esposa que, como buen antecedente femenino del desmontado Harry, aireador de trapos sucios, está escribiendo una novela bastante autobiográfica donde el ex no sale nada bien parado; también hay alguna que otra madre, constantemente judía, sobre todo aquella que, desde el cielo de Manhattan, aireaba públicamente detalles de su —siempre— poco ortodoxo hijo.

Hay también un par de jovencitas. La una, rubia y frágil. La otra, morena y experimentada. Mariel Hemingway es la chica adulta de diecisiete años que sale con un tipo de cuarenta y dos, y que, tras sufrir un episodio de cuernos, le aconseja al cuarentón que tenga un poco de fe en las personas. Juliette Lewis es la universitaria que flirtea con su profesor (son muchas las coqueteadoras de este calibre, la más célebre, esa Barbara Hershey encargada de poner en contacto con el mundo a un quisquilloso Max von Sydow que atraviesa un periodo en el que no soporta la compañía de la gente); una chica kamikaze a la que le gusta poner en peligro el matrimonio de su mentor.

Luego están las demás, las que últimamente Allen ha ido incorporando, siempre y cuando ellas dispongan de un hueco en su casi siempre apretada agenda, aunque parece que compensa interpretar un buen papel a las órdene s de él. Julia Roberts, Drew Barrymore, Christina Ricci, Hellen Hunt, Elisabeth Sue, Melanie Griffith, Uma Thurman, prácticamente él descubrió a Charlize Theron, Winona Ryder antes de abandonarse a la cleptomanía. Incluso Madonna, que ya no podía ser más famosa, quiso salir en los créditos de un directed by Woody Allen, en thimes new roman color blanco y con fondo negro.

Todo un catálogo de comportamientos ovulísticos —algunos de ellos ganadores del Oscar: Diane Keaton por Annie Hall, Dianne Wiest por Hanna y sus hermanas y Balas sobre Brodway, Mira Sorbino por Poderosa afrodita ; y aparte están las muchas que se quedaron en la terna—, procedentes de la mente de un hombre que la última vez que estuvo dentro de una mujer fue en la estatua de la libertad.

Cierro paréntesis.)

En cine, últimamente, hemos visto a algunas de estas fierecillas, de estas Annie Hall. Una de ellas se llamaba Clementine, y también desordenaba la vida de él, que esta vez tenía la cara de un Jim Carrey que se lo pasa pipa currando para Michel Gondry. Clementine también irrumpe en la vida de él con alguna que otra extravagancia. No habla de un abuelo narcolépsico, pero hace una pintoresca reflexión en torno a los tintes de pelo, al color mandarina. Clementine se convierte rápida e inevitablemente en una de las cosas que para Joel merecen la pena de la vida. Ella encabeza esa lista de cosas porque es una chica originalmente divertida —no podía ser menos viniendo de la cabecita juguetona del merecidamente oscarizado Kaufman—, bien parecida porque Kate Winslet está hecha un bombón en Olvídate de mí —aparte que ya sabemos que debajo de ese vestuario desordenado y hippie se esconde el cuerpo lleno de curvas que vimos en Holy Smoke!—, con un corte y color de pelo que en ningún caso resultan una rutina, porque los tintes de pelo son un mundo paralelo para esta fierecilla que se resiste a ser olvidada, y que es la encargada de trastocar por completo la vida de ese triste y sin nada a lo que asirse Jim Carrey que, un buen día, decide tomar un tren con destino a Montauk.

En el apartado de oportunidades perdidas, el chico que se quedó sin la mujer de su vida porque a ésta se le murió la abuela justo cuando los dos debían de reencontrarse en Viena (personalmente, lo de la abuela sólo medio cuela, pero vaya, aceptamos abuela porque sin ella no habría interesado una segunda película). Por decisión de los nominados al Oscar al mejor guión adaptado, Richard Linklater, Julie Delpy y Ethan Hawke, la joven pareja de Antes del amanecer va a volver a encontrarse nueve años después. No hubo cita en Viena, deciden, la publicación del libro de él sobre lo que les ocurrió allá por el 1995 sirve de desencadenante del reencuentro, idean, será una película pequeñita lo mismo que la otra, acuerdan, y todo será contado en solamente un día de estar ellos dos juntos, se les vuelve a ocurrir. Y lo que sucede en esta película con tanta clase, aunque sea una segunda parte, es que la Delpy fagocita indiscutiblemente al —repito— tiesísimo Ethan Hawke. Ella es la película. Porque la llena; y cómo se nota que los diálogos fueron escritos a su medida, por ella. Y además, esta descendiente de Annie Hall no sólo habla y habla, abrumadoramente, también canta y hasta toca la guitarra, y no escribió una novela pero sí compuso una canción sobre ellos dos. Y claro, mientras tanto, él se pasa la película con cara de estar pensando qué mala suerte lo de la dichosa abuela.

Otro que tiene la suerte de darse de bruces con la posible candidata a mujer de su vida es Miles, tipo corriente y moliente, bastante cabreado porque dejó de ser joven y no ve la manera de prosperar en la vida. Un fuerte aplauso, por favor, para Paul Giamatti, actor con poquísimo sex-appeal, y aún así encantadoramente entrañable (incluso cuando exhibe sus más bajas bajezas para el cómic American splendor), con pinta de perdedor y perenne gesto de persona a la que jamás le salen bien las cosas —y no sé por qué esta descripción me ha recordado al maravilloso pringado, por excelencia, Jack Lemmon. El protagonista de Entre copas tiene dificultades para encontrar a la mujer perfecta, debe ser por eso que se resiste a olvidar del todo a su idolatrada ex (mal que Kaufman resuelve inventándose una empresa dedicada a borrar el pasado que duele recordar). Para Miles es absolutamente imprescindible que una mujer, sobre todo aquella que ostente el título de pareja, conozca minuciosamente el mundo del vino. Maya es camarera, habituada a trabajar entre caldos, que aparte estudia un master sobre vinos. La nominada Virginia Madsen no podía pasarle desapercibida al protagonista masculino. Por ella, varía bastante esa despedida de soltero con forma de viaje: Giamatti acompaña a su amigo —literalmente sacado de un casting de Los vigilantes de la playa— en este viaje, cuyo paisaje, lo confieso, me remitía a las fanegas de vides de Ángela Channing. Maya y su sensualísima amiga china (ergo, dos mujeres) van a darle todavía más vidilla a esta peculiar road-movie. Chapó esa pseudoconversación sobre vinos entre ellos dos —que en verdad están hablando de otra cosa—, precioso final el de Entre copas que, por una cuestión de principios, por respeto, rehúso comentar.

Mujeres de altura, que se estrellan con el avión

Otra gran trastocadora de la vida de él es Madeleine, la mujer que no existe. La verdadera kamikaze, la que se estrella contra el acrofóbico Scotty, que la adora, pero que no es capaz de subir todas esas escaleras que conducen hasta el campanario. El Chabrol que vimos en el último San Sebastián, y que acaba de estrenarse, lo protagoniza también una Madeleine. Una mujer muy Hitchcock en un film muy hitchcockiano, y esa música con cierto regustillo a Bernard Herrmann. Su nombre es Senta, ella es La dama de honor. Una mujer misteriosa, extravagante, inexplicable. Una mujer que trastoca por completo la apacible vida de él, lo mismo que hacía la fantasmagórica Madeleine, mujer filmada entre brumas y luz verde de neón de hotel, mujer que vaga por entre empinadas calles, museos y floristerías, bosques de árboles milenarios. Completamente sola, ensimismada, porque vagar lo hace uno solo: dos juntos van siempre a alguna parte. Juntos, Senta y Philippe, van directos, de cabeza, a estrellarse. Hasta que no hace ella —una prácticamente debutante Laura Smet— su aparición en la película, la cosa parece un pequeño drama familiar francés en un pequeño (y caracteriquísimo) pueblo galo. Como no podía ser de otra forma, la Madeleine de Chabrol aparece en una boda. Precipitadamente, y sin escatimar ella en dotes de seducción, la dama de honor y él —un Benoît Magimel que causa estragos, y pensamientos impuros, entre el público femenino, y alguna parte del masculino, supongo— yacen intensa e insensatamente durante las nupcias. Él se enamora —hay quien emplearía otro participio bastante más soez, más o menos el mismo que se empleaba para definir los acalorados impulsos que llevaban a William Hurt a seguir las órdenes de la (entonces) mantis religiosa Kathleen Turner—; ella es irresistible, y él desatiende trabajo y familia con tal de volver a yacer con esta mujer cien por cien kamikaze, con un antecedente de peculiar madre que baila durante todo el día el tango, y muy bien acompañada. La Smet vuelve completamente loco a Magimel, suspense, intriga, Chabrol que se pone chabroliano, y ella —posible discípula retorcida de la retorcida maestra Huppert—, que incita al asesinato. Y todo porque, en una película, cuando ella es esa mujer oscuro objeto del deseo, él suele convertirse las más de las veces en un pelele.

Otro Chabrol reciente, quiero decir, el último Leconte tan chabroliano, también tiene como protagonista a una mujer muy Madeleine, imposible, desconcertante, como de fuera de este mundo, y que combina caprichosamente sus desapariciones con contadas apariciones ansiosamente esperadas. Esta vez la protagonista es Sandrine Bonnaire, que irrumpe por equivocación en la vida de él, triste oficinista cuya vida se circunscribe a un vetusto piso, mitad oficina mitad apartamento, del que no sale, y en el que se siente todavía más solo que aquel triste oficinista Jack Lemmon, ya mencionado como pringado, que escurría los spaghetti con una raqueta. De nuevo ella es la encargada de darle un poco de vidilla a la poco sorpresiva vida de él, que ejerce la apasionante profesión de contable con la única compañía de una sesentona secretaria que heredó —como todo lo demás— de su padre. Por error, y porque el tipo tiene un diván para echarse a la siesta, ella le cree psicólogo, y le hace sus confidencias más íntimas, todo porque necesita con urgencia un diagnóstico médico que ponga remedio a su matrimonio, que se está arruinando ante la falta de sexo. Sin dilación ella, mujer al borde de un ataque de nervios, hará variar el paisaje al que él suele estar acostumbrado. El error no se enmienda y el contable se acostumbrará a ejercer de psicólogo: cualquier excusa es buena para seguir viéndola, y deseándola porque él no es inmune a esas confesiones sexuales dichas por la Bonnaire. Y parece que, por culpa de ella, a él se le quitaron las ganas de seguir vagando solo. Porque, al final, las películas siempre suelen tratar de dos, o más, que van juntos a alguna parte.

Mujeres que solían ser hombres

En cine, últimamente, ellas suelen llevar pantalones, aunque esto no es completamente nuevo porque ya hacía tiempo que, por ejemplo, una dama de Atlanta los llevaba puestos, aunque vistiera, por supuesto, exultante vestido con enaguas, y un siempre ajustadísimo corsé que ajustaba más todavía la fiel Mammy. Para disgusto de su tía Pitty y de doña Merriwether, la heroína Kathy Escarla O'Hara desempeñará tareas que sólo han de desempeñar los hombres, inclusive apuntar y disparar con un arma: emotivísimo el momento «creo que he cometido un asesinato, pero no quiero pensarlo ahora, ya lo pensaré mañana». Tampoco son nuevas las mujeres asesinas. Asesinas profesionales, ya es distinto. Conocíamos a una Nikita, y a esa jovencita que va constantemente a comprar cartones de leche para alimentar a Leon, el profesional que la está enseñando a matar: ella, a cambio, le volverá un poco loco y, por ser menor de edad, le incitará a practicar —todavía más— la ilegalidad (cosa que, por otra parte, no asombra tratándose ella de una virginal Natalie Portman).

Bill es otro asesino profesional que ha enseñado, esta vez a una mujer, a su mujer, a matar, y cómo. Da gusto ver en Kill Bill la destreza con que Uma Thurman —tras pasar por distintas y dolorosas clases de dar cera pulir cera, y atravesar un bloque de madera— asesina y pelea, dejando montones de damnificados (incluidos nosécuántos chinos) por el camino. Repito: a una mujer, sobre todo si es una mujer con el poderosísimo aspecto de Uma Thurman, le sienta muchísimo mejor una katana. Y sólo a Quentin Tarantino podía ocurrírsele concebir una película de golpes y combates emocionantísimos (al ritmo de canciones elegidas con muy buena puntería) desde una perspectiva tan ovulística —la heroína es madre, novia y profesional del crimen, las oponentes más difíciles (aparte del cachondo Michael Madsen) son también féminas—; y ese hacer tanto hincapié en un test de embarazo. Test, por cierto, responsable de esa secuencia impagable —la Thurman trata de acercarle el susodicho a una china con muy malas pulgas, y peores intenciones— que sólo podía filmar el animal Tarantino, profesional del contrapunto. Porque esa secuencia sirve, además, como ejemplo perfecto de tarantinismo: dícese de esa virtud consistente en crear situaciones sacadas de contexto hasta el extremo (una niña recién llegada del colegio contempla a su madre darse cachiporrazos con una rubia), donde predominan los contrastes (un montón de tipos vestidos de negro conversan en torno al meollo del Like a virgin), y se frivoliza a veces (sin querer, alguien dispara a alguien, y el coche se empantana de sangre). El término tarantinismo también se emplea, en su acepción vox populi, para definir un cine que se ríe de lo sangrientamente impactante (esa amputación de oreja será un sambenito que siempre llevará a cuestas). Tripito: esa película no tiene ningún sentido si no es, precisamente, una mujer la que lleva esa katana. ¿Un Kill Bill masculino? No tiene mucho sentido.

Quizás no desde una perspectiva tan ovulística, otro estadounidense —indiscutiblemente más clásico, un clásico— ha concebido otra película de golpes y combates (boxeísticos) que también tiene como protagonista a una fémina, y a su maestro, ese cabezota que la enseña a pelear, y a siempre tratar de esquivar los porrazos, haciéndola pasar por distintas y dolorosas clases de dar cera pulir cera. De nuevo es ella quien hace variar bastante el paisaje al que él suele estar acostumbrado, y también nosotros: boxeadores hay muchos —y justo ahora me acuerdo de lo bien que le sentaban los guantes a Paul Newman, en blanco y negro, porque a este salvaje deporte, lo mismo que a Bobby de Niro, le sienta fenomenal el blanco y negro—; boxeadoras, en cambio, habíamos visto a una, la testosterónica Michelle Rodríguez de Girlfight, además de a aquel drag queen tailandés. La Million dollar baby de Eastwood —otra vez ella en el título— también desempeñará, dentro de un cuadrilátero, tareas que sólo han de desempañar los hombres, y por eso Frankie, entrenador, jefe y dueño de un tugurio boxeístico, se resiste, gato escaldado que del agua fría huye, y él está ya bastante mayor para entrenar a nadie (menos a una mujer), y no es infalible, metió algunas veces la pata. Pero si Frankie es testarudo, ella lo es más todavía. Genial momento del tozudísimo personaje de Eastwood, cuando la película transcurre ya en otro cuadrilátero, culpando a Morgan Freeman, sin querer él culparse, diciéndose que nada de aquello hubiera ocurrido de no haber estado ella, la mujer que las deja KO en el primer asalto, la aprendiz de púgil que él no debió entrenar, o tal vez sí. Me da la razón Eastwood: no hay Hilary Swank, no hay película.

Último capítulo. Donde se habla de ese danés hacedor de hiperbólicos dramas con sacrificadísimas damas, y se da por terminado este artículo.

Se abre el telón. Aparece Jean Marc Barr interpretando un papel secundario. La protagonista es una mujer sufridora, ejemplar modelo de sacrificio. Él tiene menos papel: puede ser un marido tullido, bastante retorcido; el vecino traidor y ladrón, o ese simplón que se ha enamorado de una ciega; también los habitantes, desconfiados, sectarios, violadores, de un pueblecito perdido entre montañas. Otra condición es que la película contenga algún reto narrativo: un milagro contado en capítulos con interludios musicales —y la protagonista mirando a cámara de vez en cuando—; una tragedia rodada con cientos de cámaras de vídeo, y que a ratos sea un musical poco convencional, porque la música la compone Björk; o una venganza aparentemente teatral, pero cien por cien cinematográfica, en la que no existen ni calles ni casas, porque los límites son simples marcas de tiza en el suelo. Además, es condición indispensable pasar por el festival de Cannes. Y por supuesto, el responsable de todo esto es un danés puñetero y tozudo, aficionado al más difícil todavía. ¿Cómo se llama la película?

(SOLUCIÓN: Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad, o Dogville)

En estas tres grandes epopeyas ovulísticas de von Trier —que no en otros experimentos con también retos narrativos, y obstrucciones, y audacias fotográficas e incluso dogmáticas— , ellas tres —Emily Watson, Björk, Nicole Kidman— actúan, sufren, luchan, y ponen absolutamente todo de su parte para conseguir alargarle la vida al marido, conservarle la vista al hijo, o integrarse y sobrevivir siendo una fugitiva a la que un pueblo entero fustiga. Ellos, en cambio, son más pasivos, y a veces parasitarios, muchos viven a costa de los sacrificios de ellas (ciertamente milagrosos a veces), del dinero que ahorró Selma trabajando y dejándose los ojos, de la mansedumbre de Grace que va a permitir que un viejo verde Ben Gazzara le manosee las piernas, y que otros más la mancillen, y mientras ellas (la Bacall, la genial Patricia Clarkson) haciéndole a Grace una tortura psicológica que ni Charles Boyer.

Estas tres mujeres epopéyicas acaparan hilo narrativo, son ellas quienes vertebran la historia, esas historias tan von Trier donde todo al principio parece que marcha bien, y Beth y Jan se casan, y Selma pasa algunas penas, pero nada que no pueda remediar el sentirse ella, de vez en cuando, dentro de un musical, y parece que Grace empezó a llevarse bien con esa gente que vive en casas de tiza. Y aún así, con von Trier, se vive un film con ese sentimiento de tragedia inminente, y el espectador pensando "en esta película va a haber un cataplún de un momento a otro". Y pasa, hay un cataplún porque el marido de Beth se quedó paralítico, y Selma mató a alguien que la traicionó, y el cataplún en el caso de Dogville viene al final, cuando aparece James Caan. En fin, que el tozudo Lars les da a ellas el imprescindible papel principal, y entonces las exorciza maravillosamente, e interpretativamente hablando, y por eso Björk repentinamente huyó del rodaje, por narcisismo de estrella, por intratabilidad de director dogmático. Eso sí, a von Trier, al final, tantos sacrificios le quedan ciertamente milagrosos a veces.

Se me olvidaba, para el catálogo de sufridoras vistas en cine recientemente: una alemana, de familia turca. La suicida reincidente de Contra la pared es también una sacrificadísima dama, descendiente punki de Annie Hall, que no sabe cómo deshacerse de unos padres cuyo modo arcaiquísimo de vida tiene poco que ver con la, digamos, ninfomanía que ella pretende practicar sin censuras turcopaternas. Evidentemente, este querer vivir una turca como viven las alemanas provoca cisma tras cisma, y ella insiste una y otra vez en cortarse las venas. El chico conoce a chica será en una clínica, allí es donde intentan que los suicidas retornen a la vida. La infatigabilidad de la chica, y el no tener nada mejor que hacer del chico, acabarán en matrimonio porque ella es también un poco trastocadora de vida de él, que interpreta un apetecible Birol Ünel. Al principio los dos serán muy punkis, luego el roce hará el cariño, y será más tarde cuando el solitario, podrido y caso perdido Ünel se dé cuenta de que, a veces, una mujer es bastante bastante imprescindible. Y aquélla, conseguía que él retornara a la vida.

Para ya epilogar de una vez por todas esta tentativa de artículo o qué sé yo, constatar, para empezar, un renuncio: los grandes papelones femeninos (atención a lo despectivo del término papelón), que no se tuvieron en cuenta por prefabricados, generalmente trillados o prescindibles, y que explicitan demasiado que su intérprete se va a llevar fijo la codiciada estatuilla (véase Erin Brockovich, ese telefilm que firma Steven Soderbergh —basado en hechos reales, aunque por momentos de bastante ciencia ficción— donde una pretty woman cualquiera se convierte en abogada de la noche a la mañana, y defiende un caso injustísimo y lacrimogenísimo, ayudada por Albert Finney, único varón que osa hacerle sombra a la sonrisa y minifalda de la Roberts). Para seguir, me congratulo. Da gusto ver que en cine, últimamente, y excepto en los cíclicos dramas carcelarios casi siempre vetados a mujeres (aunque hace poco Emma Suárez revolucionó una penitenciaría con un contundente escote, que podía más que dos carretas), son ellas, me vuelvo a congratular, las que trastocan, bien sean excéntricas o fierecillas, misteriosas, luchadoras, epopéyicas o suicidas, porque al final resulta que todas son bastante bastante imprescindibles. Y para terminar, una pregunta, dos. ¿El cine de últimamente? ¿Sin mujeres? No tendría mucho sentido.

Por Penélope Coronado
Kate Winslet