El cine de los perdedores

Cuando los críticos de cine intentamos definir a un director o a una propuesta, normalmente tendemos a enmarcarla dentro de alguna etiqueta clasificadora. Supongo que lo hacemos para no sentirnos demasiado perdidos dentro del maremágnum de tendencias que atraviesan el cine actual. Es una mera disculpa.

Lo cierto es que hay directores profundamente originales, que no pueden estar emparentados con ningún otro porque no tienen nada en común en su forma de concebir formal, estilística o narrativamente la obra cinematográfica, y que sin embargo, en nuestro afán parcelador solemos incluir en el mismo saco.

Un ejemplo claro de esta cuestión lo encontramos dentro del cine "independiente" americano (el término "independiente" también daría para un análisis exhaustivo acerca de las complicaciones que de él se derivan en el seno de la industria), un auténtico cajón desastre donde se incluyen desde Quentin Tarantino, hasta Tim Burton pasando por los sempiternos hermanos Coen.

Más o menos así estaban las cosas hasta hace poco tiempo, el suficiente como para que una nueva generación de directores madurara y creara por sí misma una forma distinta de acercarse a la realidad de su tiempo. Nada tiene que ver el cine de Alexander Payne con el de Wes Anderson, ni con el de Terry Zwigoff o Tom McCarthy, Catherine Hardwicke, Larry Clark, Todd Solondz, Neil LaBute... nada los une, pero al mismo tiempo sus miradas independientes van enfocadas hacia una misma forma de concepción de la obra cinematográfica. Hay en ellos una voluntad de apartarse de los esquemas operativos dominantes en Hollywood (aunque utilicen algunos de sus recursos para abrirse en ocasiones a un público mayoritario, sobre todo en la elección de actores conocidos que sirvan de reclamo— quizá Payne y Anderson sean los más laxos en este aspecto), algo que conduce a la construcción de un cine mucho más intimista, psicológico, humano, centrado en pocos personajes y esencialmente emocional (aunque esta emoción parta del desarrollo de situaciones y problemáticas de extrema dureza que nos induzca al rechazo— en este punto existiría una escisión entre los que potencian un discurso amable y los que aprovechan para verter toda su bilis satírica y cruel). Por eso hay otro nexo de identidad quizás más destacable, y es la marcada inclinación de estos cineastas hacia un universo apegado a la realidad (aunque sea deformada como en el caso de Anderson), cotidiano, que analiza con una profundidad y un rigor casi documental y antropológico los distintos problemas que se generan en el choque entre individuo y sociedad, intentando acceder al mismo tiempo a interesantes reflexiones acerca de la naturaleza del ser humano. Hablamos de un cine que choca frontalmente con el sueño del ideal americano; un cine protagonizado por perdedores, pobres parias que viven a la sombra de una sociedad que es incapaz de entender sus conflictos vitales; seres anónimos que, en definitiva se encuentran confusos y a lo único que aspiran es a encontrar su lugar en un mundo que definitivamente no está hecho a su medida.

Este es el núcleo teórico sobre el que se asienta también la nueva película de Alexander Payne, Entre copas, director que tras sus dos películas anteriores Election y A propósito de Schmidt comienza a tener las suficientes señas de estilo como para considerarlo como una de las grandes promesas del cine americano actual. Y es que el cine de Payne es diferente; tan diferente que a los espectadores menos avisados puede incluso llegar a desconcertar.

Sin embargo a Payne le interesan dos cosas muy sencillas a la hora de abordar un conflicto argumental: dibuja unos personajes y plantea su evolución coherente a lo largo de una serie de acontecimientos dispuestos en el tejido narrativo a modo de diferentes obstáculos que van cruzándose en su camino y que deben ir resolviendo. Para ello emplea una estructura a modo de diario viajero, señalando los días que transcurren desde el momento en que dos amigos deciden emprender un viaje (a modo de despedida de soltero) por la región vinícola de California antes de que uno de ellos asuma la difícil decisión de contraer matrimonio; un viaje de ruta aventurera cargado de peripecias que nos irá abriendo en toda su profunda dimensión el alma de los personajes hasta que los lleguemos a conocer de tal manera que seamos capaces incluso de intuir sus movimientos y reacciones en el tramo final de la película.

Entre copas está configurada a partir de la contraposición de dos caracteres diametralmente opuestos encarnados en las figuras de los dos compañeros de itinerario, Miles (Paul Giamatti) y Jack (Thomas Haden Church) y en la forma en la que se enfrentan a la vida (y más en concreto a este viaje). Ambos se encuentras sumergidos en la crisis de los cuarenta, pero desde distintas perspectivas: Jack, que en su juventud fue un conocido actor de culebrones, es un hombre jovial, mujeriego e inmaduro al que no parece importarle demasiado ni siquiera su inminente boda, aunque sí se encuentra molesto ante la pérdida de la libertad que ésta supondrá. Para él este itinerario será una vía de escape y una oportunidad de "echar una cana al aire" antes de, supuestamente, "sentar la cabeza". En el polo opuesto encontramos a Miles: depresivo, trascendente, sensible, traumatizado tras su divorcio, frustrado por su imposibilidad de publicar un libro, experto en catar vinos pero un auténtico desastre para las relaciones humanas. En él se concentran todas las "virtudes" que caracterizan al clásico perdedor de vida gris, anodina, miserable... en definitiva, un aspirante eterno a conseguir la felicidad.

A partir de ellos, Payne razona en torno a las relaciones humanas y elabora un una pudorosa y sutil metáfora acerca de la percepción del dolor y el fracaso existencial; una visión de la desesperanza que crece en la vida herida por la inutilidad, la falta de horizonte, el derrumbe de las ilusiones y la melancolía.

Por eso, aunque la película adquiere el tono de una comedia ligera (en una sabia mezcla de humor, patetismo y excentricidad), en los resquicios de la narración se cuela de forma imperceptible un poso de tristeza y melancolía que congela la sonrisa para convertirla en una mueca dolorosa. Parece como si Payne, realizando una comparación con la cultura vinícola a la que está rindiendo homenaje, sometiera a sus personajes a distintos estadios de graduación; por eso encontramos momentos incómodos junto a otros cotidianos o íntimos, momentos evocadores o reflexivos junto a otros de lo más prosaico... por eso va construyendo un relato en apariencia intrascendente, como salido de la nada, a partir de detalles simples, livianos, anecdóticos, como si fuera una carrera de obstáculos: como en la vida, como en el vino, algunos de texturas más elaboradas, otros más agradecidos para el paladar, más fáciles de sortear o definitivamente complicados y por lo tanto amargos.

Es difícil mantener esta estructura a lo largo de toda la narración, pues su carácter es extremadamente indefinido y corre el riesgo de tocar tierras movedizas, pero el guión escrito por Alexander Payner y Jim Taylor realiza verdaderos ejercicios equilibristas y se convierte en una apuesta extremadamente audaz, una auténtica joya de orfebrería casera de cine vivo. No es de extrañar, por ello, que a pesar del estilo distante, la gradación de la historia nos conduzca de la comedia cruel de humor mordiente a la emoción más pura de aliento lírico. Cine raro el de este Payne, pero humano, estimulante, inteligente, delicioso.

Por Beatriz Martínez
cartel
EE.UU., 2004. Dirección: Alexander Payne. Guión: Alexander Payne y Jim Taylor, basado en la novela de Rex Pickett. Producción: Michael London. Música: Rolfe Kent. Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Kevin Tent. Diseño de producción: Jane Ann Stewart. Duración: 123 min. Interpretación: Paul Giamatti (Miles Raymond), Thomas Haden Church (Jack Lopate), Sandra Oh (Stephanie), Virginia Madsen (Maya), Marylouise Burke (Madre de Miles), Jessica Hecht (Victoria), Missy Doty (Cammi), Alysia Reiner (Christine), Shaké Toukhmanian (Sra. Erganian), Duke Moosekian (Mike Erganian), Peter Dennis (Leslie Brough).