Un (re)encuentro con el cine
Preludio tramposo (como toda entradilla que se redacta a posteriori)
Iba a ser la edición de la consolidación. ¡Y vaya si lo fue! No admite discusión: el año de las colas en fin de semana, del marketing inteligente, de la "explosión mediática" del fenómeno asiático. Una muestra —¡por fin!— auténticamente representativa del mejor cine del mundo: arriesgado, desgarrado, visceral, obsceno, hilarante e hiriente... el futuro pasa por Seúl, Hong-Kong, Kuala Lumpur o Kazajastán. A Europa le queda sólo mirar —y premiar de vez en cuando— el talento ajeno y a EEUU... seguir llevándose el dinero en taquilla, que quizás sea la razón última de este invento. (¡Llamadlos tontos si queréis!)
A este redactor anónimo que prologa las críticas de sus compañeros, le consta —tras escuchar los razonados loores de quienes estuvieron en Cannes, San Sebastián o Venecia— que una parte de las películas "importantes" del pasado curso, se han podido ver estos días en Barcelona. En un marco —si no incomparable—, cuanto menos envidiable: la privilegiada y céntrica disposición de las dos salas del Club Capitol, parte muy importante de este éxito por todos celebrado.
«¿A qué viene darle tanta importancia a este cine?», se preguntará más de uno. ¿Es simple exotismo o snobismo de salón? Lo cierto es que a mayo de 2005, tres de las cuatro primeras posiciones del top de MdC son películas coreanas... algo tendrá el agua cuando la bendicen.
De momento, aquí tienen la reseña de un puñado de películas con directores de nombre impronunciable y distribución improbable. Pasen y vean, tomen nota, elijan cuidadosamente y, si se tercia, regateen con imaginación y banda ancha la censura cultural que pesa sobre el cine que les (nos) gusta.
Sección Oficial
BLOOD AND BONES (Chi To One). Dir: Sao Yoichi. Japón, 2004.
Movidos por argumentos de altura ("¡eh, que sale Kitano!") aterrizamos en esta película japonesa, que narra la nada ejemplar vida de... un auténtico joputa. Jyonbion Kim, emigrado desde su Corea natal, aterriza en el país del sol naciente dispuesto a violar, apalizar, explotar y... por supuesto, prosperar. Férreo practicante de los siete pecados capitales, su historia nos llega a través de los ojos de uno de sus numerosos hijos (uno de los legítimos, pues los bastardos son mas bien legión).
El pasar de las décadas (inexorable e inexcusable en cualquier película río) nos remitiría al Yimou más prosopopeico, aunque el protagonismo absoluto de un personaje detestable la emparenta más con aquella rareza que nos llegó del Benelux, titulada Karakter. Compendio de muchos de los mostruitos asociales interpretados por el siempre peligroso Kitano, destaca por una desasosegante (por su crudeza e insistencia) utilización de la violencia contra la mujer, que ejerce de saco donde el varón descarga toda su frustración y mala leche. (Un apunte, un qué se yo, una duda que me ronda por la cabeza: ¿nos estará insensibilizando de verdad la espectacularización de la violencia? ¿Es normal que una parte importante del público se ría cuando violan a una mujer? ¿O quizás sea esta una demostración de que la película no logra (o no quiere, que sería todavía peor) delimitar una frontera dramática / ética?)
Cruda, algo aséptica y funcional en su realización, carente de una moraleja que aligere malas conciencias, Blood and bones explota —a mi entender— el lado menos interesante del arquetipo interpretado habitualmente por ‘Beat' Takeshi. Pero nos gusta tanto verle zurrar a la gente...
JM de Pedro
GREEN HAT (Lu mao zi). Dir: Liu Fendou. China / Hong Kong, 2003.
Los guionistas, esos tipos responsables del contenido de un film, que son jaleados por la crítica, el público, la industria o las academias, si es que han pensado muy bien una película, y viceversa, se pasan a veces a la dirección, para hacer respetar lo que está escrito en el guión, supongo. Se nota cuando una película la firma un guionista, un tipo acostumbrado a trabajar el texto, los papeles, el hilo argumental y la estructura, el imprescindible causa/efecto, los necesariamente sorpresivos giros. Cuando es un guionista el que dirige una película —se me ocurren los clásicos Billy Wilder y Woody Allen, los españoles Fernando León de Aranoa y David Trueba, o ese escritor que coqueteó con el cine en Smoke y Blue in the face y luego dirigió y alargó un cuento suyo en Lulu on the bridge—, se suele elegir con tino aquello que se cuenta, claro que generalmente se cuenta de una forma verborréica —a los antes citados me remito— porque se pone el acento en el verbo, en el diálogo. Liu Fendou, el debutante director de Green hat, guionista experimentado (él escribió La ducha, película incluso televisada en nuestro país), es también verborréico, y esto a mí me choca bastante porque contrasta notablemente con ese otro cine prácticamente silencioso, económico en palabras, generoso en lo contado con imágenes, que es el cine que ha merecido realmente la pena de lo visto en este séptimo BAFF (1).
Ya desde el comienzo de Green hat, Liu Fendou da rienda suelta al verbo. Un colgao con pelos de recién electrocutado, pelos tipo Old boy, mira a cámara, y se lanza a contarnos un monólogo, metacinematográfico además, el efecto: risas entre el público. Desconcierto, la película avanza en dirección a un calculado atraco a un banco, cine de género, pero travieso. Enseguida la acción comienza a transcurrir en un locutorio regentado por una china de tamaño rinoceróntico (posible estanquera de Vallecas que pasa una tarde de perros). Allí va a parar uno de los atracadores de banco, el enamorado, el que después de una extensa llamada a larga distancia pasará a ser amante traicionado, cornudo, o como dicen en China el que lleva puesto el sombrero verde. El guionista metido a director exprime la situación, el atracador de banco se pone nervioso, saca la pistola, la policía acordona la zona, Green hat es ahora cine de secuestrados y secuestradores. Hay sobre todo diálogos, pero Fendou no se olvida de filmar, y filma entre cajas rojas de plástico que contienen botellas verdes de cristal. Un poco después viene el órdago, el giro sorpresivísimo porque Fendou, audaz guionista, rompe tajantemente con la trama principal, el atracador desaparece, y en la pantalla empieza a cobrar protagonismo el heroico policía que ha participado en el pintoresco desenlace del secuestro.
Y entonces, y hasta el final, Fendou nos cuenta otra película, radicalmente distinta. Green hat se convierte en el drama —comiquísimo— de un tipo con problemas erectiles, policía para más inri, cuya mujer le está poniendo el sombrero verde a sus espaldas. El amor, los cuernos, vuelven a tener la culpa de todo en esta segunda historia. La película se vuelve mucho más negra (Fendou, que antes jugó con el despropósito, juega ahora con la humillación), y da la impresión que el film se haga más adulto conforme avanza. También hay mucho verbo, y una original y teatral conversación, medio onírica, en los vestuarios de una piscina donde marido, mujer y amante dialogan o hacen mutis. Fendou se enreda, parece que le gustan los personajes de esta segunda historia y atrasa el desenlanzarlos. Y aún así, al director y guionista chino no le sale nada mal el órdago, Green hat se lleva el premio del BAFF 2005, eso es tener tino.
(1) Obviamente, me refiero a Nadie sabe, Café Lumiere, The World y The taste of tea, el resto de lo visto por esta debutante de festival de cine asiático era, digamos, cine como el que ya estamos hartos de ver, sólo que los protagonistas tenían los ojos rasgados o la cara de mala uva de Beat Kitano.
Penélope Coronado
LOW LIFE (Haryu Insaeng). Dir. Im Kwon-taek. Corea del Sur, 2004
En los últimos tiempos (y merced al apogeo 'festivalero' que vive dicha cinematografía, como antes pasó con la china o la iraní), hemos aprendido a marchas forzadas historia contemporánea de las dos Coreas. Contada, además, por los propios coreanos (los del Sur, de los del Norte —macabro anacronismo de una Camboya deshecha— poco o nada sabemos).
El director de esta aceleradísima Low life, en contra de lo que haría suponer el presuroso sucederse de planos, es un tipo que ronda los setenta, con un centenar de películas a sus espaldas. Aquí narra el devenir mafioso de un superdotado criminal: desde sus patadas voladoras en el Instituto a sus chanchullos bajo la derechona dictadura de su país.
Intertítulos que sitúan cronológicamente la acción, osadía a la hora de colocar / mover la cámara, honor a la asiática y estallidos de violencia gratuita en un Scorsese con personajes menos carismáticos, aunque igualmente escindidos entre su pertenencia a una colectividad marginal y su proyecto de vida "ordinaria", familia incluida.
JM de Pedro
SURVIVE STYLE 5+ . Dir: Gen Sekiguchi. Japón, 2004.
Cuenta la nota del festival que esta opera prima es una mezcla de humor, terror y artes marciales. Muchos de los asistentes al primer pase deben estar de acuerdo, sobre todo con el humor, porque prácticamente toda la sala reía y disfrutaba del espectáculo.
A mi me pareció una película bastante aburrida, edificada sobre obviedades y un concepto de la trasgresión (narrativa, visual, temática) tan aparente como estúpido. La participación del actor inglés Vinnie Jones (incorporando a un matón obsesionado con la función en la vida de todo el personal...) se puede ver como un guiño de complicidad para determinado cine occidental igualmente insoportable, caso de Very Bad Things o Snatch: cerdos y diamantes, lo cual no impide que ciertos símbolos y momentos del film recuerdan a propuestas presuntamente más cercanas al director (cfr. la inclasificable Visitor Q, de Takashi Miike). En todo caso, el despropósito es mayúsculo por cuanto Gen Sekiguchi, el director —proveniente de la publicidad—, es incapaz de congeniar el delirante texto con una puesta en escena, no ya minimante rigurosa y/o coherente, pero sí al menos con un poco de inventiva (no confundir con llamativa).
Jose David Cáceres
THE PRESIDENT'S BARBER (Hyojadong ibalsa). Dir: Lim Chan-sang. Corea del Sur, 2004
El risueño y carismático Song Gang-ho interpreta al barbero del dictador coreano Park Chung-hee (sí, de presidente nada, que no fue elegido por sufragio universal alguno... porque se comienza llamando presidente a un dictador y se termina tildando a Hitler de estadista).
Y es que el gran problema de esta propuesta voluntariosa (mezcla indigesta de La vida es bella con momentos de desenfado a lo Kusturica) es precisamente ese: su obsesión por gustar. Corolario de esta afirmación: cuando el cine se dota de una Industria (aquí, en Taiwan o en el Congo Belga) hace películas cuya principal razón de ser consiste en ser visionadas con condescendencia, sonrisa en la boca y plena seguridad de merecernos un final feliz (y lo logran sin grandes dificultades: esta misma cosechó un caluroso aplauso de la platea, no sabemos si por deferencia hacia el director del filme presente en la sala o de motu propio).
No me hagan mucho caso: quizás el problema es mío por tomarme en serio un cuento dulzón que sólo pretende hacer reír y soltar una lagrimita. Pero teniendo en cuenta que el contexto en el que se desarrolla corresponde a una de las etapas más duras de la reciente historia de su país, el debutante director demuestra andar algo escaso de sensibilidad... o tener poca capacidad para el compromiso, que todo puede ser.
JM de Pedro
KEKEXILI: Mountain Patrol (Kekexili). Dir.: Lu Chuan. China, Hong Kong, 2004.
El arranque del segundo film de Lu Chuan, realizador de la interesante The missing gun, vista en el BAFF 2003, vendría a ser un corpúsculo introductorio que actuaría a la vez como prólogo y síntesis de lo que vendría a ser el film que nace tras los títulos de crédito. En él un despistado guardia de seguridad tibetano, cuidador de las reservas de antílopes que vienen siendo masacradas en los años en los que se desarrolla la historia, —el film está basado en unos escalofriantes hechos reales— es secuestrado por los cazadores furtivos, para luego ser ejecutado sin miramientos. Eso es Kekexili, un cuento desencantado de corte herzogiano sobre la superación física y mental de una caza imposible, la de unos cazadores invisibles, fantasmas demoníacos de los que sólo recogemos las huellas de su trabajo: miles de pieles de antílopes y sus correspondientes cadáveres.
El film es así una crónica de la desintegración, asistimos a un discurso humanista no muy alejado del perseguido por Akira Kurosawa cuando rodó Dersú Uzala, en el que vemos desapareciendo uno a uno a los miembros de la "patrulla de la montaña", desvaneciéndose como espíritus bajo la tempestad de los montes tibetanos. Esta caza imposible cuyo único fin acaba por ser la muerte ante el devenir, emparenta Kekexili con otros viajes desintegradores como las expediciones que coronaron el polo sur, los soldados que defendían Stalingrado o la avanzadilla de soldados que tomaron Birmania. En Kekexili la épica ha sido sustituida por el ascetismo, en especial en el clímax de la cinta, donde vemos desaparecer a los últimos expedicionarios, tragados por el viento o por las arenas movedizas, hasta que por fin aparecen los cazadores furtivos, en la sequedad de esas imágenes se consigue el mejor momento del film, la puesta escena de la derrota acaba por congelar al propio espectador.
Alejandro G. Calvo
GREEN CHAIR (Nok-Saek-Eui-Ja). Dir: Park Chul-soo. Corea del Sur, 2004
En todo festival —y esto lo dicen quienes los frecuentan, pobrecitos, más asiduamente que un sedentario servidor— toca tragarse una cantidad importante de porquería, quizás para poder saborear con mayor delectación las auténticas perlas. No hay duda: Green Chair se hace merecedora de un puesto de honor en el sumidero, allá donde se acumulan deshechos infumables cuyo visionado merecería cierta remuneración.
Tomando como punto de partida un caso real pretendidamente escandaloso (escandaloso para lo que se estila en Corea: ya sabemos que en materia sexual una parte importante de Asia anda algo atrasada) Park Chul-soo aprovecha para hacer una película que comienza queriendo ser atrevida y termina resultando —tan solo— ridícula.
Una mujer adulta se acuesta con un menor de edad. La justicia le impone un castigo. Tras salir de su confinamiento vuelve junto a su efebo favorito y follan como conejos (los dos protagonistas están buenos, así que estas escenas son agradecidas, aunque rodadas con una mojigatería pasmosa... olvídense de ver penetraciones). Tras cansarse de rodar en la habitación donde se produce tan lúbrico encuentro, el equipo decide desplazarse hasta la casa de una amiga de la susodicha, especie de Yoko Ono con veleidades artísticas.
Y a partir de aquí el invento se desmadra, alternándose en el espectador la sonrisa compasiva con la vergüenza ajena. Pretendidamente moderna, pasmosamente boba, diríase "ejecutada" a cuatro manos entre Vicente Aranda y Daniel Calparsoro, para que se hagan una idea del espanto.
JM de Pedro
Selección asiática y cajón de sastre
THE WORLD (Shi Jie). Dir: Jia Zhang-ke. China-Japón, 2004.
La sola proyección de The World justifica la organización de todo un festival. Así como lo oyen, sin exagerar un ápice.
En este caso las expectativas se cumplieron: la última película de Zhang-ke —tras su notable Unknown Pleasures— es una muestra culminante de arte cinematográfico, de floritura formal con contenido punzante, doloroso y veraz.
Un parque temático en la hipertrofiada Pekín (con un horizonte plagado de amenazantes grúas y mamotretos en construcción), sirve al director para elaborar una fábula de la condición humana, una foto fija de la humanidad a principios del siglo XXI. Porque a Jia no le interesan los estallidos de luz y de color, la parafernalia falsa y algo insultante de un complejo abocado a la caza del turista algo cateto. No, a través de los abigarrados pasillos de El Mundo, asistimos al drama diario de no llegar a fin de mes, de tener que mantener a media familia que se quedó en el pueblo, no poder discutir con tu pareja en una intimidad utópica, un visado que nunca llega, una infidelidad en ciernes...
Es una tontería tratar de despachar esta película en cuatro párrafos. Miradas de Cine se compromete a dedicarle el espacio que se merece, encuentre o no distribución en este país de Port Aventuras, Warners Parks y olimpismo 2012. Ah, si... y donde también centenares de miles de parias pugnan por hacerse un hueco en la sociedad del bienestar, mascarada de la sociedad de consumo.
Pero eso a quien le interesa, ¿no?
JM de Pedro
THE TASTE OF TEA (Cha no aji). Dir.: Katsuhito Ishii. Japón, 2003.
Film presente en Cannes 2004, donde se la calificó de dulzona (¡!) e infantil (¡¡!!), The taste of tea supone la tercera película para su realizador, Kasuhito Ishii, más conocido por haber realizado la secuencia de animación de Kill Bill Vol.1 que por sus anteriores películas. Film mágico de corte carrolliano, The taste of Tea puede resultar blanco fácil para los cronistas que odian los films de buenos sentimientos —efecto Amélie—, puesto que el film de Ishii es toda una alegoría a la felicidad. Cuento mágico que ya le gustaría para sí a Tim Burton, Ishii construye una película que por momentos parece un animé, dada la desbordante avalancha de grandes momentos plásticos altamente imaginativos.
A The taste of tea se le puede poner pegas, pues no existe equitatividad en la brillantez de las situaciones, pues mientras algunas son extravagancias cómicas y otras son el resultado de un discurso mucho más hábil (algo, sí se piensa, totalmente lógico). Para el firmante de esta escueta crónica The taste of tea fue todo una goce plástico, una experiencia estética satisfactoria para alguien que no se avergüenza de emocionarse por el camino de las buenas intenciones. La ternura con la que Ishii trata a sus personajes, lo imaginativo de lo narrado y de los mecanismos de narración, a medio camino entre la mirada clásica y la paradoja visual, conforman una cinta arrebatadora, una mirada optimista sobre un mundo que, posiblemente, no se lo merece.
Alejandro G. Calvo
HOLIDAY DREAMING (Men Yu Xia Wei Yi). Dir: Hsu Fu-chun. Taiwán 2004
De una tensa Taiwan (eternamente expectante ante las maniobras de su poderosa vecina del norte) nos llega esta notabilísima historia de incertezas y extravíos. Dos jóvenes agotan sus últimos días en el servicio militar: uno, superviviente nato y mafias vocacional; el otro, más introvertido aunque recientemente inquieto por un sueño recurrente que le remite a su infancia, a un tiempo pasado y no del todo olvidado.
La deserción de un compañero bastante parecido al recluta Patoso de La chaqueta metálica los embarcará en un enigmático viaje de reencuentro, de descubrimiento, quizás, de una sensibilidad abotagada durante la mili. Mientras uno continuará con su costumbre de acostarse con prostitutas y creer que las ha enamorado, el otro partirá en busca de su utopía adolescente, encarnada en una antigua compañera de clase...
... y mejor no contar nada más de una película pausada, de un lirismo nada empalagoso, con la imprescindible presencia de un mar kitaniano iluminado en una noche de fuegos artificiales y adioses definitivos.
JM de Pedro
HANA AND ALICE. Dir. Shunji Iwai. Japón, 2004.
Sencilla y sensible historia de amistad/odio entre dos adolescentes, donde por una vez se agradece la aparente "normalidad" de sus vidas (llámenlo el "síndrome Larry Clark": cuando salen en pantalla dos protagonistas con edades comprendidas entre 12 y 17 años, casi doy por sobreentendida una vida al límite, plagada de experiencias con todo tipo de drogas y excesos sexuales por doquier).
Así pues, se me antoja una solución anti-convencional el hacer un filme del todo apto, alejado de tan nefastos precedentes. Con todo, a las edulcoradas Hana & Alice les acaba pesando un metraje alargado (no se pierdan la gratuita escena a lo Billy Elliot con que nos "deleita" la danzarina Alice) y una estética de publicista aplicado (incluye estudios impresionistas a lo Degas), sin llegar a los excesos de la demencial Survive Style 5+. En definitiva: tan agradable como olvidable.
JM de Pedro
THE RAINMAKER (Impian kemarau). Dir: Ravi L. Bharani. Indonesia, 2004.
Entre la ficción y la no ficción se encuentra este extraña película, indudablemente arriesgada, ambiciosa y personal, aunque irremediablemente hueca, pretenciosa y pobre.
El director indonesio Ravi Bharwani construye su película con una notable físicidad, tanto en la descripción del entorno árido, desértico donde se desarrolla la historia, como en la delectación con la que sigue a la cantante del pueblo en su intimidad cotidiana, acumulando multitud de elementos simbólicos (uno finalmente demasiado obvio: los espectáculos de marionetas) y una notable morosidad en la estructura no-narrativa escogida. Los personajes apenas hablan, elevando la presencia e importancia de cierto contenido abstracto y de metáforas audiovisuales.
Nada funciona, puesto que Bharwani se revela inútil para dotar las imágenes del film de pasión, emoción o interés (por su hermética y eludible puesta en escena, por su arbitraria planificación, por su insistente arrogancia) produciéndose un cortocircuito casi inmediato entre obra y espectador, que intenta inútilmente descubrir realmente qué trata de contar (o decir) el realizador.
Jose David Cáceres
YESTERDAY ONCE MORE (Lung Fung Dau). Dir: Johnnie To. China / Hong Kong , 2004.
Johnnie To —por lo que me cuentan— es un director que ha logrado realizar una cuarentena de filmes en sus 25 años de carrera. Alentado por este y otros indicios halagüeños (y con la indisimulada esperanza de ver un "producto" Hong Kong sin pretensiones pero con acción a raudales) me metí a ver Yesterday Once More...
... y me encontré con un cruce entre Atrapa a un ladrón y la Crueldad intolerable de los Coen (por Dios, sí, ¡salvando todas las distancias!). Ágil aunque repetitiva, si hay algo que plasma perfectamente Yesterday... es la conocida e inveterada pasión de los nipones por los objetos de lujo (no en vano es el principal mercado de las marcas más exclusivas del planeta).
Coches caros, vinos de añadas históricas, joyas y mucho, mucho dinero, parecen ser las principales causas de las desavenencias en un matrimonio de ladrones de guante blanco, guapísimo y estiloso hasta decir basta. El resto, olvidable, incluyendo a un Andy Lau completamente desubicado.
TROPICAL MALADY (Sud Pralad). Dir: Apichatpong Weerasethakul. Tailandia, 2003.
Tropical Malady es la dramática constatación del divorcio impuesto por ciertos sectores de la crítica para con el espectador medio (hablo de un espectador bragado, con cierta formación: no de un espontáneo que se mete a ver la película "equivocada").
Y es que, señores, no tenemos punto medio: o nos quedamos cortos o nos pasamos de frenada. Señalada a priori como una de las películas imprescindibles de festival (¿?), avalada por el surrealista premio concedido en Cannes 2004 (¿¿??), el cine se llenó para asistir a una incomprensible muestra de autoría masturbatoria pretendidamente trascendente. Una intelectualización del tedio sólo apta pasa masoquistas vocacionales.
Historia de seducción y desdoblamiento, escindida en dos partes: la primera, extraña aunque igualmente inarticulada y la segunda... inenarrable. Porque los setenta minutos finales de Tropical Malady —hábiles para cualquier interpretación metafísica de individuos con demasiado tiempo libre— son la cosa más angustiosamente interminable que este convencional redactor recuerda haber visto en esta vida y la pasada, donde no sé si era tigre, leopardo o puerco espín.
¿Cine sensorial? No me cabe la menor duda de que si me quedase mirando 120 minutos un cuadro de Mondrian, se me acabarían ocurriendo muchos comentarios posibles sobre sus azules y verdes. Pero créanme: por mucho que me esforzase, el verde seguiría siendo verde y el azul, azul.
JM de Pedro
Debate abierto. Café Lumière: división de opiniones.
CAFÉ LUMIÈRE(Kohi Jikou). Dir: Hou Hsiao-Hsien. Japón, 2004.
Durante muchos años los referentes del cine oriental para los cinéfilos occidentales eran los veteranos japoneses Oshima, Kurosawa y Ozu. No sólo por la accesibilidad de su obra al público general (aunque limitada, ampliamente superior a la del resto de directores y cinematografías) si no por su calidad. En el caso de Ozu, etiquetado como el más "japonés" de los cineastas japoneses, el corpus de su cine se basaba en una docena de obras de títulos poéticos y gran homogeneidad ética y estética. Basándose en el conflicto intergeneracional, Ozu representó la ruptura que, tras la derrota en la segunda guerra, llevó a Japón a romper con la vida tradicional. Historias de cambio de vida, de cambio personal y a la vez de cambio social, que representaba en escenas pausadas, cercanas al plano secuencia que alternaba con breves travelling, y ricas en intensidad dramática.
Ahora desembarcan las cinematografías orientales en nuestros cines. Aunque no es oro todo lo que reluce (pese al fervor de parte de la crítica y de la industria francesa que coproduce algunas de estas cintas) podemos ver la pantalla desde un punto de vista distinto y tenemos la posibilidad de valorar un cine (coreano, taiwanes, chino, tailandés) hasta ahora ignorado comercialmente.
En el centenario del nacimiento de Ozu, Hou Hsiao-hsien plantea en Café Lumiére un particular homenaje al cine del maestro. Sin embargo, casi cincuenta años después de la creación de aquellas obras míticas, no tenía sentido alguno una imitación y el taiwanés opta por una adaptación más temática que estética, aunque también más formal que arriesgada. La historia de la joven japonesa embarazada, independiente de sus padres y de su propia pareja (taiwanés desconocedor del embarazo) se mezcla con su búsqueda de pistas en torno a un compositor que vivió a caballo de China y Japón. Hsiao- hsien contrapone la libérrima decisión de independencia a la obligada y dolorosa fidelidad de todas aquellas hijas que, en el cine de Ozu, supeditaban su vida y libertad a las decisiones paternas y a la estabilidad del núcleo familiar. Contrapone asimismo los lazos entre Taiwan, Japón y China a la imagen de un Japón derrotado que en el cine de Ozu se representaba en la estela yanqui y aislado de sus vecinos orientales.
No obstante, pese a algunos momentos breves (las reuniones familiares, la entrevista con la anciana, los desencuentros en los medios de transporte), el director se mantiene lamentablemente lejos de la maestría de Ozu. En el cine de este último, la intensidad dramática se daba la mano de una serenidad en las imágenes. La cuidada composición de las escenas facilitaba la reverberación de los sentimientos, dolor, soledad y sacrificio, en los tatamis, entre los paneles deslizantes, en los pasillos,. En la película del taiwanés se confunde la serenidad con el vacío y el minimalismo con el aburrimiento. La puesta en escena es, a menudo, gratuita en cuanto carece de objetivo y la intensidad dramática se desvanece con tanto ir y venir de la protagonista en tranvías, metros, trenes y trolebuses. La referencia a los vehículos sobre raíles puede relacionarse con los que aparecían a menudo (símbolo de cambio dramático, de transición temporal) en las películas de Ozu. Pero la levedad de aquellas imágenes deviene aquí una reiteración inútil. Hsiao Hsien construye una cinta de plástica bella, pero inerte. Su obra está encarrilada hacia un destino anodino.
Antoni Peris Grao
Para muchos criticos a los que respeto y admiro (de Carlos Losilla a Manuel Yáñez) el director taiwanés Hou Hsiao-hsien es uno de los mayores creadores cinematográficos de la actualidad. No lo veo así, al menos en base a los tres films suyos que conozco, uno de ellos el ya lejano y sólido melodrama El maestro de marionetas (que podría ser el más satisfactorio de todos), el cual se aleja bastante de lo propuesto en la esteticista y huera Millenium Mambo, y que en este homenaje a Yasujiro Ozu realizado en Café Lumière, se perfila como un cineasta de notable heterogeneidad, pero también de cierta inconcrección en el estilo y una evidente limitación como narrador.
Es de agradecer que Hou haya preferido alejarse, al componer este film, de las formas mas características del realizador japonés y no haya adoptado una mirada mimética tan recurrente en ocasiones como ésta, aunque con ello también se halla quedado a medio camino entre un estilo propio y el respeto hacia el maestro, dejando a la deriva el film durante buena parte del mismo, cuya trama aparentemente principal (la investigación de la protagonista de un compositor chino-japonés) no resulta más que una excusa bastante evidente de las verdaderos objetivos de la película... sin embargo, Hou consigue un gran triunfo (como excelente alumno, como perspicaz espectador) cuando rememora directamente en dos escenas al Ozu casualmente más difundido (Cuentos de Tokyo, Buenos dias), en especial la magistral secuencia que cierra el film en el que los dos personajes protagonistas se cruzan literalmente y el film concluye con ese admirable plano de más de un mintuo de duración en el que pasan varios trenes en una u otra dirección.
Manuel Yáñez entiende que Café Lumière está construida en base a temas, no todos necesariamente desarrollados, eliminando el concepto clásico de narrativa (planteamiento, nudo, desenlace). Yo creo que más que temas, son ideas e inclusos sensaciones, algunas más bellas que otras.
Jose David Cáceres
Paradigma del modernismo cinematográfico, el realizador taiwanés Hou Hsiao-hsien, se ha constituido con razón como uno de los cineastas de vanguardia más interesantes de la actualidad cinematográfica. Tras el mecanismo de composición de lo etéreo que representaba Millenium Mambo , Hsiao-hsien aterriza en la maestría cinematográfica en su particular homenaje al gran Yasujiro Ozu en el año de su centenario. Hsiao-hsien, en un ejercicio de lo más hábil e inteligente, mezcla su particular mundo plástico erigido sobre la incomunicación y un cierto nihilismo existencial, con el exquisito gusto estético del autor de Cuentos de Tokyo. Wim Wenders quiso retratar, con curioso resultado, la mirada que poseería Ozu en la actualidad si filmara Tokyo en su Tokyo-ga , pero Hsiao-hsien lleva el experimento un poco más al límite, y ya entrados en los terrenos de la ficción, esta mirada para siempre perdida. El resultado es un producto asombroso, un retrato de la nueva familia japonesa que poco o nada tiene que ver con las dirigidas por Ozu y protagonizadas por Chishu Ryu, y las nuevas relaciones (efímeras, insuficientes, frágiles) que se establecen entre los habitantes de Tokyo, nada que ver con las comunidades de vecinos de mediados de siglo.
El realizador de El maestro de marionetas se fusiona así con su maestro japonés, consiguiendo un resultado óptimo: la perfecta transmutación entre ética y estética, una crónica de la incomunicación y el absurdo humano, tan lleno de lirismo como de cariño por sus personajes. Los protagonista de Café Lumière son a la vez metonimias de un estado de ánimo desolador, figuras representativas de lo que ha llevado al ser humano a comportarse como entes netamente individuales. Ese es quizás el cambio metafísico más agresivo en la evolución de las historias de Mizoguchi, Kurosawa, Ozu, Naruse y Shindo, a las actuales de Ming-liang, Hsiao-hsien, Zhangke, Kurosawa y Kar-wai: el camino de la insensibilización afectiva tanto en el terreno de lo familiar, del romance y de lo social.
Alejandro G. Calvo
Post-baff. Palmarés y fin de fiesta
Los cinco hombres sin piedad que conformaban el jurado del BAFF 2005 eran la productora Lorna Tee, la actriz Mònica López, el periodista Toni Ulled, el montador y director de cine Luis de la Madrid y el director de cine Minh Nguyen-Vô.
Y aquí van las afortunadas, con la correspondiente justificación del jurado:
Durian de Oro, premio a la mejor película de la sección oficial concedido por Casa Asia y dotado con 6.000 euros —que el director de la película ganadora deberá destinar a su siguiente producción— para The Green Hat, por «su verdad universal y contemporánea. Por su humor, sus diálogos y sus hallazgos narrativos. Por el gran trabajo de sus actores y el oficio de su director, Liu Fendou, que ha demostrado con esta primera película un gran potencial».
Menciones especiales, para: Passages, «porque consigue denunciar una situación política en China de forma poética a través de una inusual historia de amor. Por su belleza y su riesgo. Por la esperanza y valentía para una sociedad futura y que se personaliza en las mujeres» y Kekexili: Mountain Patrol, «por ser un relato fascinante y mesurado que refleja la lucha de un hombre por sus ideales. Por su valor cinematográfico»
Premio del Público: The Taste of Tea (Katsuhito Ishii, Japón, 2004). (En segundo lugar, repite honores la película china Kekexili: Mountain Patrol).
17.000 personas han disfrutado durante semana y media de una selección hecha con esmero y criterio, que incluía algún que otro regalo impagable y un par de bodrios disfrazados de cine de autor.
Tanto dan los números. Este año he conocido a gente de otros puntos de España que han hecho lo imposible por hacer coincidir un paréntesis vacacional con las fechas del festival; dándome cuenta, en definitiva, de que el BAFF ha dejado de ser aquel lugar extraño donde unos cuantos colgados iban a ver cine "raro".
¡Más y mejor en la próxima edición! |
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