La reconciliación definitiva

Lo reconozco, no sentía ningún interés por ver el último episodio de cierre de la nueva trilogía de Star Wars. Mis expectativas eran nulas, dadas las decepciones que supusieron para mí las anteriores películas que intentaban reconstruir y dar sentido al inicio del mito de Darth Vader y del Imperio galáctico. Tanto La amenaza fantasma como La guerra de los clones me parecieron películas huecas, mal narradas, cargadas de una parafernalia visual que, a pesar de contener los mejores avances en materia digital, hacían demasiado artificiales unas imágenes que nunca lograban conectar con el imaginario fantástico que la anterior trilogía había dejado impregnado para siempre en mi memoria, quizás porque su razón de ser no era otra que la demostración de virtuosismo tecnológico, la supeditación al efecto especial deslumbrante, circense y facilón y al "más difícil todavía".

Nunca he sido una fanática incondicional de la serie, pero siempre me ha gustado mucho. ¿Por qué?. Es muy sencillo, porque he crecido con ella, porque La guerra de las galaxias fue una de las primeras películas que tuve ocasión de ver durante mi infancia y una de las fuentes principales que ayudaron a conformar mi deleite y pasión por el cine de ciencia-ficción. Y eso marca mucho. Y esa misma naturaleza fabuladora y ensoñadora, también funcionó como motor de arrastre para un montón de generaciones anteriores y posteriores a la mía, que se han dejado arrastrar por los caminos de la ficción legendaria que el señor Lucas creó allá por los años setenta, desde la menor economía de medios, pero con muchas y buenas ideas y con la imaginación como única arma para plasmarlas en la pantalla. Pero ese espíritu de cine artesanal, fundacional, quedó para siempre mancillado al intentar exprimir su esencia en una de las mayores operaciones comerciales organizadas por la industria del cine de los últimos tiempos, y que únicamente parecía ir encaminada a la extracción de beneficios económicos en bruto en las taquillas.

He aquí las razones de mi enfado.

Sin embargo, los prejuicios iniciales con los que me senté en la sala de cine antes de la proyección de La venganza de los Sith se diluyeron por completo a medida que me iba introduciendo en la su interior, a medida que me iba sorprendiendo gratamente.

En La venganza de los Sith Lucas parece que haya aprendido por fin la lección, como si tuviera que haber ensayado durante las dos películas anteriores para dar con la verdadera clave que encierra el eterno enigma de la genialidad artística en una pantalla cuando su razón de ser no es otra cosa que el más puro y dignificante entretenimiento.

Así, esta nueva aventura galáctica no sólo devuelve la emoción e ilusión a aquellos (como yo misma) que habían perdido la esperanza en la saga, sino que logra en parte dotar de algo de sentido a la realización de aquellas dos pésimas películas que la precedieron.

Si bien las escenas de apertura no muestran indicios de superación de los defectos que ensombrecían las anteriores entregas, ya que nos enfrentamos ante la típica batalla interestelar diseñada con profusión de efectos especiales y enrevesados combates entre naves enemigas, en seguida nos introducimos en un espacio donde la acción tiene una razón de ser, es decir, que no se encuentra supeditada a los desvaríos de la imagen (hecho fundamental por el que tantísimas películas de género fantástico en la actualidad son puro papel revestido con envoltorio de celofán, es decir engañifas y solemnes tomaduras de pelo), sino que adopta una fuerte densidad dramática inspirada por leves reminiscencias de la tragedia clásica.

Es La venganza de los Sith un film mucho más adulto y oscuro, en el que ya no hay lugar para bromas infantiles o enamoramientos cursis. En todo momento, el entramado argumental va encaminado hacia un fin último, que no es sólo el desvelamiento del misterio de cómo Anakin Skywalker sufre un doloroso proceso de transformación que lo convierte en Darth Vader, sino que es el de servir de elemento organizador constitutivo de todas las piezas que habían quedado descolocadas en las dos anteriores películas y a su vez el de erigirse como un punto de engarce o anclaje con la posterior trilogía.

Resulta por esa misma razón emocionante asistir al progresivo conocimiento de las incógnitas que siempre habían rodeado a unos acontecimientos y unas acciones elevadas a la categoría de legendarias: cuáles fueron los verdaderos motivos por los que Anakin se inclina hacia el lado oscuro, cómo el senador Palpatine se convierte en el Emperador del Imperio, de qué forma son exterminados los Jedis, cómo muere la princesa Amidala... Todos estos enigmas van poco a poco clarificándose en la pantalla como si de pronto asistiéramos a una revelación que nos mostrara la verdadera razón de ser de cada uno de los elementos que han conformado la historia, y que habían permanecido ocultos hasta que por fin, hemos podido acceder a toda la información visualizándola de forma global y perfectamente ordenada.

Pero además de su condición de epifanía, La venganza de los Sith consigue convencer por otras muchas razones.

En primer lugar porque logra perfilar de manera mucho más convincente la psicología de los personajes, que en las anteriores muestras de la trilogía quedaban reducidos a meros arquetipos insustanciales, y que aquí encuentran un espacio adecuado para el desarrollo de los conflictos que albergan en su interior. Así podemos apreciar la lucha interna que libra Anakin, cuyo desconcierto va creciendo de forma paulatina a medida que la influencia y la manipulación del senador Palpatine se va haciendo más poderosa, el sufrimiento de Amidala frente a su indefensión, las sospechas del consejo Jedi, la decepción de Obi–Wan Kenobi al ver convertido a su aprendiz en un asesino... es la acción la que se acomoda al pulso íntimo que late en el seno de los personajes, que se convierten así en verdaderos motores de arrastre que impulsan todo el tejido argumental.

En segundo lugar, porque la evolución de la narración se encuentra mejor organizada, sin la cantidad de hilos que cruzaban y enmarañaban la secuencia de La amenaza fantasma y El ataque de los clones, lo que permite ganar en condensación, en intensidad dramática, consiguiendo además crear una atmósfera que va ganando en vigor a medida que se avanza, en crescendo evolutivo, hasta el último tramo final, en el que la película explota en todo su potencial tanto energético como simbólico. Lucas vuelve a utilizar los encadenamientos secuenciales para ligar dos escenas que se desarrollan de forma simultánea, pero esta vez lo hace con una inusual maestría, consiguiendo dotar de independencia a cada una de las acciones paralelas, generando el suficiente empuje como para alternar de una a otra sin inducir a contrasentidos ni desequilibrios. A este respecto, resultan ejemplares la matanza de los maestros Jedis en los diferentes frentes de batalla en los que se encuentran en el momento que el Emperador toma el poder sobre el ejército, o los dos enfrentamientos míticos que se establecen al mismo tiempo entre Yoda/ Palpatine y entre Anakin/Obi-Wan Kenobi, o la mesa de operaciones por un lado, con el cuerpo de Anakin preparado para morir como hombre y renacer como encarnación del Mal, y por otro, con el de Padmé Amidala dando a luz a sus mellizos...

No cabe duda de que Lucas logra crear imágenes de un gran impacto visual. Pero lo más importante es que, más allá de la hazaña digital, la intromisión del vicio tecnológico y la espectacularidad, esas imágenes tienen fuerza, transmiten emociones sinceras, hacen sentir y remueven las ansias de dispersión y diversión que todo espectador lleva en su interior. Cada paisaje, cada artefacto, cada lance, cada ruptura de las leyes de la naturaleza, cada batalla y cada paso a lo imposible, componen un mosaico de fugaces destellos de originalidad y fantasía que nos conducen a la afirmación de que el cine también puede ser concebido únicamente como riada imaginativa.

Por Beatriz Martínez
cartel
EE.UU. 2005. T.O: Star Wars. Episode III: Revenge of the Sith. Dirección: George Lucas. Producción: George Lucas, Rick McCallum. Guión: George Lucas. Música: John Williams. Fotografía: David Tattersall. Montaje: Roger Barton, Ben Burtt. Dirección Artística: Gavin Bocquet, Richard Roberts. Vestuario: Trisha Biggar. Duración: 140 minutos. Intérpretes: Ewan McGregor (Obi-Wan Kenobi), Natalie Portman (Padmé), Hayden Christensen (Anakin Skywalker), Ian McDiarmid (Canciller Palpatine), Samuel L. Jackson (Mace Windu), Jimmy Smits (Senador Bail Organa), Christopher Lee (Conde Dooku)