Mirando hacia atrás sin nostalgia
Sí, se acerca el temible agosto. Históricamente (o al menos en lo que se refiere a mi pasado más reciente, que es casi todo lo que entiendo por "historia" o "pretérito"), solía ser esta una época yerma en cuanto a estrenos de calidad. (Aunque en los últimos tiempos parece que las distribuidoras se han puesto las pilas, a la caza y captura de los Rodríguez que aprovechan la bendita deserción familiar para disfrutar de aire acondicionado en un local que no ponga en entredicho su honorabilidad, o en pos de esas legiones de urbanitas que para el día 20 ya estarán de vuelta, tras tres semanas... en otra ciudad).
¿Recuerdan aquellos agostos? El drama en Barcelona era doble, puesto que la filmoteca cerraba (cierra) sus puertas a cal y canto, dejándonos a nuestra suerte. ¡Dios! ¿Qué quedaba? ¿Dónde aferrarnos, en nuestra desesperación? ¿Sobreviviríamos hasta septiembre, época de desembarco del primer lote de películas festi-fashions, aquellas que habíamos leído alabar/machacar a nuestros críticos preferidos, ventilándose en apenas ocho líneas tan preciado maná?
Quedaba alguna sala de repertorio —¡ays, como echo de menos las sesiones dobles en el Maldá!—, donde rescatar algún estreno que se nos había escapado durante la temporada. Y otras salas eclécticas (los Méliès, el Casablanca), no muy bien acondicionadas —en comparación con los sillones 'anatómico-forenses' de Cinesa y compañía, donde la distancia que te salvaguarda de tus vecinos no ayuda a obviar el hecho de que todos estén cenando, batiendo mandíbulas a un ritmo endiablado—, pero con el encanto de permitirnos ver descoloridas copias de esas que se traban, que rechinan, que anuncian dos minutos antes el cercano cambio de rollo. De las que a veces se atascan definitivamente, asistiendo así al extraño —por fascinante y trágico— momento en que un fotograma se expande, una burbuja crece súbitamente e implosiona, descubriendo detrás el blanco inmaculado... la trampa.
Los tiempos han cambiado. No hace falta ya acudir al videoclub-zulo (madre mía, ¡qué pocos van quedando por el barrio!) y repasar estante tras estante, en pos de esa joya olvidada (una de zombis clasificada X por su mal gusto, alguna peli guarra de actores posteriormente famosos, una ultraviolenta de amarillos arreándose). No, eso forma parte del vergonzante pasado de cada cuál.
Ahora, hasta las películas más desagradables y minoritarias acaban teniendo su lujosa edición en DVD, incluyendo un cuadernillo de 32 páginas donde tratan de convencerte, por ejemplo, de que Kárate a muerte en Torremolinos ha revolucionado el modo de entender el cine moderno. Sure, man, sure.
El cinéfilo de hoy ya no es aquel ermitaño que guardaba con celo paranoico sus cintas de VHS (no entramos ya en el tema nostálgico-enfermizo: un vecino mío se pasó años tratando de convencerme de los parabienes de su Sistema 2000). El intercambio de cintas rarísimas —grabadas por los afortunados que tenían parabólica o traídas del extranjero con la convicción de haber engañado al gañán de un mercadillo de Nothing Hill, que te había endosado un film de Pasolini por casi 50 libras— se realizaba dentro de un círculo de iniciados, proscrito para cualquiera que no supiese recitar del revés la filmografía completa de Antonioni.
Aquellos estíos en los que con un poco de suerte podías empaquetar a la familia 'pa' la playa o la montaña, quedándote en la city con la increíble excusa de tener que estudiar, tenían su base de operaciones en la casa de algún compañero afortunado con tele de tubo de aquellas que ocupaban medio comedor.
La logia se reunía con una pizza por medio para disfrutar del último "descubrimiento": sin tener ningún conocimiento específico de lo que era la serie B, sentíamos una simpatía natural por los filmes algo toscos, de espíritu amateur, mucho antes de que se pusiese de moda la cutrez edwoodiana. No nos gustaban tanto las películas de cabecera de aquellos críticos que escribían tochos insufribles bautizados de manera humilde ("TODO el cine norteamericano", "Historia DEFINITIVA del cinematógrafo: de Lumière a Almodóvar", "47.657 películas QUE HAY QUE VER antes de morir"), comparadas con el sub-producto casposo, primer germen de ese invento de la post-modernidad: las películas de culto.
 Mi primer arrebato febril fueron los spaghetti-westerns. Creo que fue durante el periodo de pruebas de Antena 3, un canal de televisión que parecía una emisora pirata de ámbito local, tal era la osadía / ignorancia de unos profesionales importados en su mayoría de la radio.
Pero a lo que iba: cada tarde ponían lo peor del cine rodado en Tabernas. Lo paradójico es que, con el tiempo, hasta algún festival le ha dedicado secciones enteras (viene a mi cabeza aquél invento del eurowestern, en el siempre inmaduro y falsamente freakie festival de Sitges). Los años no me han obnubilado la mente: aquellas "cosas" que veía entre sudores eran pura basura, con argumentos terribles y actores ejecutables. Pero... sí, divertidas en su desinhibida falta de pretensiones (¿y no es eso, después de todo, la cinefilia? ¿Acabar disfrutando con historias mediocres a las que, sin embargo, nosotros les encontramos una serie de "cualidades" injustificables?). Duelos imposibles (hasta 13 contra 1, recuerdo), heroínas italianas con cara de musas softcore, inacabables secuencias siguiendo al caballo del malo, travellings que revelaban las roderas del vehículo sobre el que se asentaba la cámara, música fusilada de Morricone, con aroma a casio-man de boda de pueblo...
A esta le siguió la que podríamos intitular como 'etapa John Woo'. Supongo que todo fue culpa de Peckinpah y la adolescencia, no lo sé. El caso es que un día descubrí The Killer y nada volvió a ser igual. Me hice poco a poco con todos sus hits de la etapa hong-kongesa —la única que me interesa de este hombre— parcamente subtituladas en inglés, cuando mi dominio del idioma no había pasado del '‘the rain in Spain is mainly in the plain'. Daba igual, porque la verdad es que hablar no hablaban mucho... lo importante era ver a Chow Yun-Fat diciendo aquello de "dale a un tío una pistola y se creerá Superman... dale dos, y se creerá Dios". Y a eso es a lo que se dedicaba mi chino favorito: a masacrar a justos y pecadores en cámara lenta, contorsionándose con dos armas en las manos... ¡qué ballets! ¡Qué coreografías del infortunio y el thanatos!
Ya lo ven: los tiempos pasados no tienen forzosamente porqué ser mejores. Hoy en día, cualquier tipo suficientemente despabilado puede montarse él solito retrospectivas totales o parciales del más inencontrable autor de otros lustros. El cinéfilo ha dejado de ser aquél Segismundo aislado de otros tiempos: sabe que debe de compartir, que sólo a partir del intercambio podrá hacerse con cosas francamente difíciles de ver. Sigue siendo algo misántropo, orgulloso de sus pequeños tesoros, metódico tarado que no sabe como organizar su filmoteca: "¿por autor?, ¿por décadas?, ¿por géneros?" Pero sabe que la política aislacionista ya no está de moda.
La cinefilia en agosto ya no es tan deprimente. El calor sigue siendo el mismo, pero los atardeceres han ganado en calidad. Ya no es necesario estar pendiente de ese Hawks intempestivo de las sesiones de tarde, de esa película "actual" que pasarán con 7 cortes publicitarios. Ellos mismos se lo han buscado y no podemos si no congratularnos de esta nueva situación, tan ventajosa para las mentes inquietas.
Mientras la cartelera anuncia horrores sin límite diseñados para obtener suculentas recaudaciones en plena temporada alta (dirigidas, la mayoría, hacia ese público impúber de vacaciones, aplastante mayoría de quienes van al cine), el cinéfilo de pro (solo o en compañía, que eso no ha cambiado mucho) tiene a su disposición un catálogo prácticamente infinito de títulos. Movido por la curiosidad (una recomendación, un chivatazo, una corazonada) tendrá la posibilidad de crearse una cultura cinematográfica que nadie —si no es él— se preocuparía en caso contrario de proporcionarle. Movido por la curiosidad, digo, verá bodrios y obras maestras, elaborará sus propias listas de favoritos y se encargará de poner en su sitio a aquellas películas "imprescindibles" de las que tanto había oído hablar... sin perder de vista un montón de novedades procedentes de recónditos lugares del planeta, que no hacen más que ridiculizar a los que dan por muerto y enterrado a este invento.
Concluiríamos, pues, que el cuento ha cambiado bastante. Agosto es tiempo de descubrimientos, de maratonianas sesiones privadas donde empapuzarnos con glotonería y delectación, completando ese álbum de cromos donde vamos pegando, con la obsesión del coleccionista, las estampitas de nuestros favoritos: "sólo me faltan dos de Lang para completar su etapa americana, una de Welles, seis de Kurosawa, cuatro de Carpenter...".
De hecho, el peligro ha pasado a ser prácticamente el contrario: morir empachado, aparecer con las retinas violetas fosilizado frente a la pantalla y en posición fetal, cuál personaje víctima de la gula en Seven. Porque vemos mucho (demasiado) cine en un lapso de tiempo muy breve, con lo cuál la necesaria asimilación y correcta digestión... no siempre es la idónea.
¿El resultado? Nosotros mismos creamos las modas que consumimos acto seguido y que duran exactamente el tiempo que tardamos en ventilarnos a un director y pasar a otro. Caemos rendidos ante un alemán de la etapa muda y nos pasamos semanas asegurándole al personal que no se puede vivir sin él, que sus miserables vidas carecen de sentido hasta que no vean la luz (esto es: hasta que no vean lo que nosotros ya hemos visto). Al rato, nos da por un noruego muy rompedor, imprescindible para aproximarse a otro austriaco que copia descaradamente su estilo. Pero eso no es nada: resulta que hay un canadiense, hijo putativo del austriaco y que estudió en la misma escuela que el noruego, que hace un cine a medio camino entre Ozu y Fassbinder, con lo que...
 Es como experimentar todas las etapas que atravesó la pintura de Picasso en un solo mes. Del realismo pasamos a la época azul, a esta le pasa por encima la rosa, terminamos convencidos de la infalibilidad del cubismo, tonteamos con la abstracción y el surrealismo... elaboramos complicadas teorías para justificar nuestro gusto ecléctico, nos desdecimos con facilidad de argumentos que creíamos dogmas de fe y descubrimos que nuestros "imprescindibles" del año pasado son relegados con facilidad en la nueva temporada, que trae consigo nuevos Dioses... carecemos de autores absolutos y sospechamos, en definitiva, que por una causa u otra nos podrían acabar gustando todas las películas que vemos.
Un consejo: déjense de destinos exóticos en Halcón Viajes, elegidos por la parienta en un arrebato consumista ("Manolo, ¡por tus muertos que este año no me llevas otra vez al pueblo de tus padres!"). Para este verano, lo que se va a llevar es el cine en casa, alejados del mundanal ruido: ¡cultiven, sin sonrojo, la cinefilia en agosto! |