El nacimiento de una nación

El director japonés Hiroshi Inagaki debe su reconocimento básicamente a la fascinante trilogía Samurai, con cuya primera parte logró el oscar a la mejor película extranjera en 1954. La historia de Musashi Miyamoto supuso además una de las más memorables interpretaciones del que probablemente sea el mejor actor japonés de todos los tiempos y sin duda el de mayor fama internacional, Toshiro Mifune. Éste, además de interpretar absolutamente todas las películas de Akira Kurosawa entre 1948 y 1965 (16 en total), dio vida también a muchos de los protagonistas de los filmes de Inagaki. Algunas de sus colaboraciones más importantes fueron, aparte de la citada trilogía, El hombre del carrito (Muhomatsu no issho, 1958), Daredevil in the Castle (Osaka jo monogatari, 1961), 47 Ronin (Chushingura - Hana no maki yuki no maki, 1962) y, como no, la película que nos ocupa, Los tres tesoros (Nippon tanjo, 1959), habiéndose editado en DVD parte de ellas en nuestro país recientemente.

Los tres tesoros, no se puede negar, es una película megalomaníaca para megálomanos. Una historia épica como lo son las de Samurai o 47 Ronin, pero aquí aún más ambiciosa, a pesar de que con sus 177 minutos de duración sea la más corta de las tres (siempre y cuando consideremos la trilogía como una única obra de cuatro horas y media, algo perfectamente razonable teniendo en cuenta la continuidad de los tres filmes). Y si digo que es la más ambiciosa, no es únicamente por un superior despliegue de efectos especiales y el suntuosismo de los escenarios. La principal razón que se me ocurre es que Los tres tesoros son dos películas en una.

Por una parte, tenemos la historia de Takeru (Mifune), un príncipe enviado por su padre el Emperador a una guerra que será su muerte segura, como castigo por haber asesinado a su hermano (pasando así a ser el heredero), formando todo parte de una trama urdida por el hermano de la segunda esposa del Emperador que quiere la herencia del trono para su sobrino. Todo el desarrollo de esta historia daba para una película de por sí extensa, pero Los tres tesoros se complementa con un relato del nacimiento de Japón, recreando algunos de los principales mitos sintoístas sobre la creación. Aparecen así la historia de Izanagi e Izanami (ésta brevemente descrita), los dioses encargados de formar las islas japonesas, y ya de forma más extensa, la de Amaterasu, la diosa del Sol, y su hermano Susano-o, el dios de las tormentas. Así, esta película tiene un valor añadido para el espectador occidental, que puede experimentar un acercamiento a esta mitología a través de una película comparable a epopeyas bíblicas como Los diez mandamientos (The Ten Commandments, Cecil B. De Mille, 1956), Rey de reyes (King of Kings, John Houston, 1961) o La historia más grande jamás contada (The Gratest Story Ever Told, George Stevens, 1965), y no solo en este sentido sino también en el formato de superproducción y todos los aspectos comprendidos en él, esto es, la consabida megalomanía.

En Los tres tesoros la historia de la creación se inserta dentro de la de Takeru por medio de la narración de una de las ancianas del pueblo, que va contándosela a los más jóvenes, y luego llega a entrelazarse directamente con ella gracias a la espada que Susano-o sacó de la cola del dragón de ocho cabezas, sin duda la secuencia más recordada de la película, con el monstruo creado por Eiji Tsuburaya, el creador de los efectos especiales, que ya había demostrado su talento en infinidad de películas de monstruos de la época, entre ellas algunas de Godzilla, y también en Samurai (Miyamoto Musashi, 1954) o Trono de sangre (Kumonosu jô, Akira Kurosawa, 1957). Esta espada le es entregada a Takeru por su tía y a la vez protectora, recordándole que sólo debe usarla para defenderse y nunca para atacar.

El título español del filme, hace precisamente referencia a los tres tesoros sagrados del Japón. El primero de ellos es esta espada, el sable del dragón, que simboliza la alianza entre el cielo y la tierra. El segundo es el espejo de Amaterasu, que también aparece fugazmente en la película, cuando los dioses engañan a Amaterasu para que salga de la cueva y el tercero es el collar de Magatama, que representa el acceso al mundo divino. El título original Nippon tanjo, hace referencia a la espada únicamente, mientras que en otros países también se la conoce como The Birth of Japan (El nacimiento de Japón) o Age of the Gods (La edad de los dioses).

Si decía antes que la interpretación de Mifune en la trilogía Samurai es una de las más memorables de su carrera, esta tampoco le anda a la zaga. Siendo como es, Los tres tesoros, dos películas en una, Mifune también interpreta a dos personajes. En primer lugar el príncipe Yamato, que al principio se le muestra al espectador como un hombre rudo y capaz de asesinar a su propio hermano para salvar el honor de su padre, y del que más tarde se ofrece su lado humano con el giro narrativo que nos presenta la verdadera realidad. Lo mismo exactamente ocurre con Susano-o, que al principio se muestra como un dios malvado, que parece empeñado en hacer la vida imposible al resto de los dioses, incluyendo a su propia hermana, pero luego se revela como un dios simplemente travieso e incomprendido, y también capaz de hacer el bien, salvando a Kushinada de las garras del dragón. La propia tía de Yamato hace hincapié en la similitud entre el hombre y el dios: «Pensé que eras como el dios Susano-o, pero veo que estaba equivocada». Y sin embargo, está claro que la elección de Mifune para ambos personajes no es gratuita, convirtiéndose en una forma más de entrelazar ambas historias, esta vez a un nivel externo.

Sin mayores disimulos, la película termina convirtiéndose en un alegato antibelicista, en el que Takeru, a instancias de su tía y del menor de los Kumasu, al que asesina justo antes de comprender que estaba equivocado respecto a él, intenta por todos los medios hacer uso de la palabra antes que de la violencia, a pesar de que sus despiadados enemigos no opinan exactamente lo mismo. De hecho, los propios dioses, sin distar mucho de nuestro cruel y vengador dios del antiguo testamento (aunque diga nuestro, sigo siendo ateo, es solo para situarnos), son los peores de todos, pues haciendo una vez más su aparición en la historia de Takeru terminan creando el terrible terremoto de consecuencias devastadoras (otra secuencia para la galería), del mismo modo que antes provocan la tormenta que está a punto de hundir el barco con el único propósito de castigar a Ototachibana, que termina sacrificándose por amor. Y es que los dioses no le ofrecían lo mismo que Takeru, para que engañarnos...

Los tres tesoros es una película de aventuras que merece un lugar de honor en cualquier antología del género, con sus héroes, sus batallas y sus historias de amor, pero también de desamor, traición y venganza, y donde se muestra la eterna lucha entre el bien y el mal que ha atormentado, atormenta y atormentará a la raza humana hasta su extinción, que como siempre digo, lamentablemente está cada vez más próxima. Mientras tanto, aquellos que sabemos que la violencia no es la solución a ningún conflicto seguiremos quedándonos estupefactos ante la no sabría si llamarla estupidez, demencia o simplemente desgracia de algunos congéneres, y de vez en cuando nos sentiremos un poco menos marcianos cuando nos encontremos con maravillas como esta película que devuelven algo de confianza en la humanidad, o al menos en parte de ella.

Por Sergio Vargas
cartel de la película

Japón, 1959. Director: Hiroshi Inagaki. Productor: Sanezumi Fujimoto. Guión: Ryuzo Kikushima, Toshio Yasumi. Música: Akira Ifukube. Fotografía: Kazuo Yamada. Montaje: Kazuji Taira. Diseño de producción: Kisaku Ito. Duración: 177 minutos. Intérpretes: Toshirô Mifune (príncipe Yamato Takeru), Yôko Tsukasa (princesa Tachibana), Akihiko Hirata (Hayatonosho Susukida), Kyôko Kagawa (princesa Miyazu), Takashi Shimura (el viejo Kumasu), Kumi Mizuno (Azami).