Vampiros, osos y tigresas en la Rusia del capital

En los tiempos que corren estamos demasiado acostumbrados a que asolen nuestras pantallas todo tipo de seres sobrenaturales inmersos en ostentosos espectáculos de acción donde los efectos especiales se convierten en el gran protagonista de la función. En algunas ocasiones son el aliado perfecto de la historia, principalmente en aquellas en que existe tal historia, y en otras, la gran mayoría, simplemente son la razón de ser de la película. Lo que no deja de ser cierto es que todas estas Matrix, Underworld, Blade, etc.vienen de Estados Unidos.

Es por ello que resulta una grata sorpresa (al menos a priori) encontrarse en la cartelera con un título que anuncia algo bastante parecido (a tenor del trailer, y que se confirma tras ver la película), pero realizado en Rusia. El espectador precavido podría asustarse y quizá le vengan a la cabeza nombres pesadillescos del Necronomicón, como los de Tarkovski o Sokurov, inductores del sueño a golpe de ladrillo (ya sea Solaris o El arca rusa por poner ejemplos, que aunque a mí me parece que difieren bastante, a muchos simplemente les aburren por igual), pero éste no debe alarmarse, ya que esto podría haberlo filmado cualquier americano sin talento ni pizca de vergüenza y mucho dinero detrás respaldándole.

Y el caso es que a mí al final me ha resultado graciosa la película en cuestión. Con su estilo desenfadado -entiéndase esto por movimientos espasmódicos de cámara, imágenes infográficas que representan las entrañas de todo bicho viviente, continuos y mareantes cambios de foco y también de plano (unos 5 por segundo de media, aunque en ocasiones puede llegar a 48), amén de una banda sonora bastante mejor de lo que prometen las imágenes, eso sí, aderezada con ciertas canciones que podrían haber compuesto los Limp Bitzkitz, o sus dobles rusos, para no desentonar con lo del desenfado- y lo exótico de los escenarios (¡que Moscú no se ve todos los días, oiga!) hace que apenas nos demos cuenta de la flojera de una historia que copia sin ruborizarse lo más mínimo elementos de todas esas producciones americanas citadas arriba e incluso de la trilogía por excelencia para muchos, y aunque yo prefiero la proletaria de Kaurismäki (raro que es uno), me refiero a La guerra de las galaxias. Las diferencias son tan pequeñas que dan casi vergüenza. Aquí, en lugar de los Jedi (ahora se lee yedai aunque toda la vida fueron yedis), tenemos a Los Otros (nada que ver con Amenábar), que del mismo modo que los Yedais (me mola más, la verdad), pueden pasarse al Lado de la Oscuridad y hacer el mal cual hijos de Satanás (o de Zuloman o algo parecido, que fuma puros sin boquilla y es el malo más malo de todos) o al lado de la Luz, como el protagonista, un tipo bastante gris que hace doce años que no levanta cabeza desde el abandono de su amada, y en pleno embarazo. Vengativo él, se dio cuenta de su condición de Otro cuando trataba de usar la magia negra para provocarle un aborto persuadido de que el retoño era de otro, pero no de otro Otro, sino de otro a secas, un amante bandido cualquiera, para entendernos. ¿A que tiene más historia de la que parece? Pero resulta que no, que el chaval es suyo, y se lo encuentra en plena preadolescencia, debatiéndose entre La Luz y la Oscuridad. Ya se sabe, estos jóvenes son maleables, y se arriman a lo primero que les tienta un poco.

Pero a diferencia de la trilogía de Kaurismäki (bueno, y de la de Lucas también), el padre no es malo (porque vaya sopapo que le arrea a La chica de la fábrica de cerillas), sino que es un Guardián de la noche (a pesar de lo contradictorio de la expresión, estos son los Otros que pertenecen a la Luz). Su hijo al principio, por supuesto, no sabe quien es él realmente (creo que esto me suena de algo). El resto (incluida la pelea con un tubo fluorescente que también me recordaba vagamente a una de ciencia-ficción de George Lucas) lo ahorraré al espectador, y advierto de que hay más enjundia de la que parece. Una maldición que pesa sobre una rusa madurita de muy buen ver, un vórtice maligno, una tigresa y un oso (que Trinity y Morfeo quedaba muy americano), persecuciones en el metro, peleas al ralentí, vampiros, una lechuza también de muy buen ver. La verdad es que la película tiene todo lo imaginable. Quizá ganaría un poco con alguna escena de sexo explícito, pero no desesperemos, que todavía quedan dos partes. ¿No había comentado que es una trilogía? Ah, pues así es.

Y a pesar de todo lo que he dicho arriba, o quizá precisamente por eso mismo, la verdad es que pasé un buen rato, no lo voy a negar. Las dos horas se me pasaron volando. También es cierto que al acabar me dolían un poco los ojos y salí algo mareado, y creo recordar que sólo me tomé una cerveza antes de la proyección, pero es bueno saber que uno puede divertirse sin drogas, aunque sea viendo una película rusa en la que los protagonistas beben Nescafé y Coca-Cola embutidos en chándales Adidas.

Por Sergio Vargas
cartel
Rusia, 2004. T.O.: Nochnoi Dozor. Director: Timur Bekmambetov. Producción: Konstantin Ernst y Anatoly Maximov. Guión: Sergei Lukyanenko y Timur Bekmambetov, adaptado por Timur Bekmambetov y Laeta Kalogridis, basado en la novela de Sergei Lukyanenko. Fotografía: Sergei Trofimov. Música: Yuri Poteyenko. Montaje: Dmitri Kiselev. Duración: 116 min. Intérpretes: Konstantin Khabensky (Anton Gorodetsky), Vladimir Menshov (Boris Geser), Valery Zolotukhin (Padre de Kostya), Maria Poroshina (Svetlana), Galina Tunina (Olga), Viktor Verzhbitsky (Zavulon), Aleksei Chadov (Kostya), Zhanna Friske (Alisa), Ilya Lagutenko (Andrey), Dima Martynov (Egor).