Crónica I, 9 de octubre

Hemos disfrutado de nuestro primer día en Sitges. Festival que abre sus puertas con la tónica del año pasado, acercándose más a los terrenos de la ficción, del fantástico más puro, y alejándose un poco de los terrenos del terror. Las tres propuestas vistas en esta inauguración de festival prácticamente están destinadas para todo tipo de público, demostrando que la imaginación no se riñe con agrandar el espectro de espectadores, y que la calidad puede estar perfectamente integrada en el cine comercial. Buena prueba de ello es Serenity de Joss Whedon, el creador de una serie de la que no he visto un solo capítulo, Buffy, la cazavampiros, adaptando a la gran pantalla la serie de TV Firefly (de la que he visto el mismo número de capítulos), obteniendo de ello un resultado más que satisfactorio. Serenity es un producto comercial donde el realizador sabe dosificar en justa medida acción fantástica, terror atmosférico y ciertos guiños de humor. Por supuesto existen muchos parámetros convencionales, pero el film es sumamente entretenido, resolviendo las situaciones más tópicas con una mirada breve y con un cuidado formal bastante subrayado (los títulos de crédito los podría haber firmado Brian DePalma). Supongo que lo que me deja mejor sabor de boca es el comprobar que un producto tan entretenido como Serenity tenga la suficiente calidad como para resultar mucho más interesante que los últimos Star Trek o Star Wars, quizás es que nos hacía falta nuevas razas y planetas que descubrir, ¡yo que sé!. La cuestión es que uno se alegra de ver un film comercial que no atente contra la inteligencia del espectador.

Algo más complejo ha sido el último productor del director asiático más psicotrónico, el imparable Takashi Miike, posiblemente el autor más celebrado en los últimos festivales de Sitges. Su nueva película es The great yokai war, una especie de representación ficcionada de un anime, contando con buena parte de criaturas nacidas de la mitología nipona. A su manera, el film podría considerarse la versión de Miike del cuento de Alicia en el país de las maravillas, sino fuera porque ya recreo tal mundo en su día en la brillante Gozu. The great yokai war es algo diferente, desde luego. Para empezar, continua la senda de Izo en cuanto al completo desmadre generalizado de situaciones y personajes, y con volviendo a insistir en su desencanto por la raza humana, culpable de todos los grandes males que asolan la propia vida. Película excesiva se coja por donde se coja, en el fondo Miike ha hecho una película para niños, transmutada en una orgía febril de monstruos y maquinaria pesada, pero en la que se abandona la violencia orgánica y todo tipo de sexo (y esto último habría dado mucho juego). El film así tiene un ritmo irregular es sus más de dos horas de duración, aunque este convenza por su capacidad imaginativa, su voluntad de crear personajes a cual más extravagante y a cual más antipático.

Otra grata sorpresa ha sido el último producto de Walt Disney: Sky High, un film brillante dirigido por un realizador negligente, Mike Mitchell, pero que para la labor artesanal que exigía el film se muestra solvente. Lo mejor de Sky High es el brillante guión (escrito a tres manos) en el que se narra las aventuras de un internado de superhéroes, bastante más cachondo que el mostrado en X-men. Un reparto acertado (gigante Kurt Russell y cachondo Bruce Campbell) en un film de argumento (desnudo) manido, pasa por la particular visión de los ácidos guionistas en un cachondo mostrador de superpoderes y en una reconversión de lo costumbrista, como si se tratara de una versión en carne y hueso de Los increíbles.

Por Alejandro G. Calvo
Poster