Venderlo todo para no tener nada

El pasado verano me dejé caer varias tardes por uno de esos supermercados hiperiluminados, musicados por las fanfarrias de cajas registradoras batiéndose en retirada o saliendo de sopetón, donde un amigo demasiado cinéfilo ejercía con desencanto y resignación la consabida ocupación alienista (trabajos mal llamados temporales, en el argot empresarial) para costearse una semana en el Lido. Sin perder una sonrisa algo apagada por las circunstancias —un americano pidiendo una bolsa más grande, una vecina vociferando lo caro que estaba todo, "hasta luego" , "te dejo aquí el carro" , "toda la fruta la tenéis picada" — me soltó una frase divertida y muy descriptiva, que me seguía rondando por la cabeza ayer al salir del cine: «tío, me siento más explotado que un personaje de los hermanos Dardenne».

Y es que esta singular y contestataria pareja de belgas se ha especializado en marginales que no quieren serlo, en corajinosos seres de uno y otro sexo que piden entrar en el juego, que le reclaman al croupier su lugar en la mesa, aunque una vez sentados descubran que nadie les sirve ni una sola carta.

¿Qué hace singular a este cine, qué lo diferencia de sus otros referentes europeos? Seré cabronzuelo: que como llevan menos años en el ajo, todavía no nos hemos cansado de que nos cuenten siempre lo mismo. Pero tiempo al tiempo: el brigadista Loach ya resulta risible cuando hace que le visite una asistenta social a su enésimo niño de suburbio, Guédiguian parece algo perdido a las afueras de Marsella después de su más bien lamentable Mi padre es ingeniero y a Aranoa le hemos descubierto la trampa y hasta el cartón.

¿Serán capaces los Dardenne de aplicar alguna vez su método a temáticas no sociales? ¿Funcionaría igual el invento? ¿Hasta dónde están dispuestos a llevar sus postulados? ¿Cuándo cambiará el viento de la crítica y dejarán de estar in?

Sí, porque a los Dardenne no se les puede negar que tienen un método. También lo tenía Ozu, también lo tenía Bresson (demonios, ¡si por tenerlo lo tiene hasta Garci!), entendiendo por método la aplicación algo tortuosa de unas reglas y/o limitaciones difusas, que por diversas razones hace más fácil el trabajo de quien se somete a ellas. Algunos aluden a condicionamientos de carácter ético —¡la literatura es siempre tan agradecida cuando se habla de cine!—, otros a la búsqueda de lo esencial, de un elemento primigenio que ellos y sólo ellos van a recuperar en aras de la humanidad toda. Pues muy bien, oigan.

Lo que es innegable es que Ozu y Bresson han legado obras maestras al séptimo arte y los Dardenne todavía no. Por mucho que en Cannes se empeñen en colmarlos de premios (tranquilos, es algo cíclico: el mercado encuentra nuevos "genios" cada trienio).

Pero, ¿en qué consiste ese pretendido método dardenniano? Se les debe de reconocer exhaustividad, incluso exceso de celo en su propuesta. En su mejor película hasta la fecha (Rosetta), quedó fijado el canon: seguir obsesivamente los tortuosos senderos del protagonista, perseguirlo por los pasillos intransitables de los pisos de protección oficial, montado en la moto —con la cámara atenta, en paralelo, a su evolución—, de vuelta de su curro-basura y abriendo una nevera vacía, cometiendo algún acto miserable al amparo de un innato instinto de supervivencia.

Los personajes de su cine son hombres-lobo, trozos de carne con ojos a los que no se les puede reprender por ser lo que son, por tratar de acabar el día como buenamente pueden, tomarse un bocadillo frío y amanecer de nuevo en su inhóspito cuchitril, despertados por el aporreo de una casera reclamándoles el alquiler del mes pasado. ¿Tratar de entenderlos? No, labor imposible desde el momento en que nosotros cenamos caliente, disfrutamos de un sistema educativo más o menos solvente y tenemos como principales preocupaciones fichar en un intervalo horario dado o hacernos con el nuevo receptor de televisión digital terrestre. No me digan que se pueden poner en la piel de los parias de Dardenne: una cosa es leer las estadísticas y otra muy distinta sufrirlas.

Al final de sus películas, estos habitantes de Estados que les niegan la ciudadanía (sí, los mismos a los que Nicolas Sarkozy denominó "chusma", la que lleva noches quemando todo lo que nunca tendrán en Francia) realizan algún acto extraordinario, fuera de lo común. ¿De verdad es esto así?

Analizando el hilo conductor de sus historias, descubrimos que no: sencillamente no les quedaba otra salida; sus actos —falsamente reveladores— responden a la lógica interna de los acontecimientos. Los Dardenne no se enamoran de ellos, no tratan de inmolarlos o exonerarlos (algo que sí hace von Trier, porqué negarlo). El caso de Rosetta es paradigmático, y quizás por ello —con todas sus imperfecciones— sea esta su película más honesta y desnuda: el fallido intento de suicidio de la desarrapada cainita no ofrece una solución, ni tan siquiera un cierre o conclusión al uso. Los títulos de crédito irrumpen súbitamente. ¿El final?

Ver una película de los Dardenne exige paciencia y reconozco que la he llegado a perder varias veces durante la proyección de El niño. Se crea en el espectador un estado de constante nerviosismo, de intranquilidad: por ese bebé que, a manera de paquete, va cambiando de manos, esa impulsiva manera de fumar del padre-niño, los escarceos infantiles de los progenitores, ese móvil que no para de sonar con su machacona sintonía... podemos saber hacia donde se encamina la acción, pero eso no nos hace menos doloroso el trayecto.

El verismo se desprende de los actos más cotidianos: cruzar una carretera cuyo tráfico no se ha regulado para el rodaje, con esos impresionantes camiones de tres ejes eclipsando el encuadre. Alguien trata de enderezar la pieza del parasol de un cochecito, echando mano de las primitivas herramientas que encuentra en un descampado. Una persecución de vehículos sin rechinar de neumáticos, sin trompos ni tapacubos saltando. Sí, decididamente hay algo de cierto, de verdad en todo esto.

Pero esta vez el mensaje no está tan codificado como en ocasiones anteriores: se logra una verdadera conexión sentimental con los protagonistas. ¿Traición al método? ¿O maestría extraída de su empleo continuado? El alocado Bruno, exitoso siempre a la hora de eludir las responsabilidades que se desprenden de sus actos, logra —en un momento de lucidez— asumir la parte de su culpa. Entregarse, dejar de huir y —por primera vez— actuar como un verdadero tutor para con un menor (¿está por fin pensando en que tiene un hijo?), compañero precoz de atracos y estirones. La catarsis final en la sala de visitas de la cárcel nos devuelve a un hombre capaz de llorar, a un inmaduro que ama y ya sabe cómo expresarlo, a... ¿a un padre, quizás?

No se equivoquen: el "sistema" Dardenne sigue sin convencerme. No necesito conocer tan al detalle todas las idas y venidas de Bruno para saber lo que le ronda la cabeza. Ese estilo de reportero adosado al cogote del protagonista deja sin aliento, pero también hace perder, a tramos, el interés: sé que espera una llamada, ¿por qué tengo que aguardar junto a él hasta que suena el teléfono de marras? Me olvidaba... en eso consiste la aplicación del método, supongo.

El resultado final se sustenta en un magnífico trabajo de Jérémie Renier y Déborah Francois y en un argumento prácticamente anecdótico, pero con la suficiente fuerza como para que no pueda arruinarlo ni tan siquiera la omnipotente presencia del operador de cámara, auténtico marathon man que debería de cobrar un plus por kilometraje recorrido.

Por Jorge Mauro de Pedro
cartel

Bélgica / Francia. 2005. Título original: L'enfant. Dirección: Jean Pierre Dardenne & Luc Dardenne. Guión: Jean Pierre Dardenne & Luc Dardenne. Productores: Jean Pierre Dardenne & Luc Dardenne. Fotografía: Alain Marcoen. Operador de cámara: Benoit Dervaux. Montaje: Marie-Helene Dozo. Ingeniero de sonido: Jean-Pierre Duret. Duración: 95 min. Reparto: Jérémie Renier (Bruno), Déborah Francois (Sonia), Jérémie Segard (Steve), Fabricio Rongione (matón joven), Olivier Gourmet (oficial), Mireille Bailly (madre de Bruno).