Un Branagh emotivo y espectacular

El Hamlet de Kenneth Branagh se estrenó en nuestras pantallas casi al unísono con la polémica adaptación de Romeo y Julieta que propuso Baz Luhrmann. La estrategia del director australiano consistió en representar los signos de la escritura narrativa de William Shakespeare, mediante otros supuestamente más contemporáneos. De este modo, Luhrmann transcribió el texto del autor inglés manejando y aplicandouna música, un vestuario, un decorado, un entorno social, una dicción, etc. más cercanos a los parámetros de los tiempos que corren, de los días que nos ha tocado vivir, que los del texto original. Por su parte, Branagh también ubicó la acción de su película lejos del lugar ideado por Shakespeare para narrar las vicisitudes del príncipe Hamlet. Sin embargo, el director británico adaptó, no transcribió, el Hamlet teatral a lenguaje cinematográfico. Branagh, de entrada, respetó la extensión del texto original al mismo tiempo que transportó la acción del medievo al siglo XX y rehuyó planteamientos más cercanos a la cinta de Laurence Olivier, como el hecho de no recrear la historia en un entorno gris, triste, y lleno de sombras y castillos. El Hamlet de Kenneth Branagh es luminoso, atractivo y repleto de personajes fascinantes que sufren problemas, evidentemente, pero que no se entienden como consecuencia lógica de unos caracteres depresivos. Así, el Hamlet de Branagh está lleno de amplios y luminosos salones por los que se mueven personajes que van engalanados con relucientes trajes y vestidos.

Branagh ha borrazo de un plumazo las fronteras que dividían las obras de William Shakespeare del gran público de nuestros días, a través de una serie de adaptaciones cinematográficas que han acostumbrado a ir acompañadas de mérito artístico y refrendo comercial en taquilla. Debutó en 1989 con Enrique V, una opera prima, deudora de la obra de Lawrence Olivier, que sorprendió a crítica y público. En 1993, nos ofreció una aguda e ingeniosa película, Mucho ruido y pocas nueces, a la que privó —en una operación similar a la que efectuó en el filme que nos ocupa— de los aspectos más melancólicos y situó en la soleada Toscana italiana. Dos años después, hizo un primer acercamiento a la figura de Hamlet al retratar en En lo más crudo del crudo invierno a unos cómicos excéntricos —a los que Branagh parece querer vengar en su particular adaptación— que realizan un muy pobre montaje de Hamlet en un iglesia de la campiña inglesa. Y finalemente, ya en el 2000, cuatro años después de filmar Hamlet, Kennet Branagh insistió en desubicar, y de algún modo desorientarnos, la obra de Shakespeare al rodar Trabajos de amor perdido como un vitalista y divertido musical, trasladando la acción a la década de los años 30 y utilizando canciones de Cole Porter y George Gershwin. En resumen, son tres los elementos narrativos que Branagh acostumbra a reelaborar en sus adaptaciones de los textos de Shakespeare: primero, sitúa el marco temporal de la obra en un contexto diferente; segundo, actualiza las obras, las universaliza; y tercero, impone una concepción de la puesta en escena alejada del clasicismo y de arcaicos conceptos teatrales.

Branagh rinde culto a Shakespeare al respetar el texto original de la obra y, en correspondencia, coloca todos los recursos visuales y sonoros al servicio de la palabra. Así, la poesía de Shakespeare, arropada por la opulenta estética cinematográfica de los 65 milímetros —que debe mucho a la maravillosa y escenográfica fotografía en technicolor de Alex Thomson— y una banda sonora llena de sonidos épicos y con una elocuente partitura , de estilo wagneriano, de Patrick Doyle, adquiere la fuerza necesaria para penetrar en los rincones más oscuros del texto original con el ánimo de emocionar al espectador. Si miramos la película desde una perspectiva alejada de la megalomanía con la que el director impregna la cinta, el Hamlet de Kenneth Branagh no tiene nada que ver con el de Lawrence Olivier o el de Orson Welles. El drama que Branagh representa aparece despojado de cualquier nacionalidad o acento —tan sólo hay que echar un vistazo a los repartos de sus películas shakesperianas— para situarse en un plano mucho más universal. Así, el príncipe Hamlet no es el joven falto de ánimo y valor que tantas veces hemos visto en anteriores ocasiones. Hamlet no es un héroe de una sola pieza. Al contrario, se trata de un personaje contradictorio, cobarde, heroico, atractivo, repulsivo, cruel, generoso. Como cualquier ser humano... o como lo serían aquellos que viven atormentados por la necesidad, trascendental, de vengar la muerte de su padre derrocando —y nunca mejor dicho— la figura materna.

El famoso monólogo acerca del to be or not to be, es declamado por Branagh ante un espejo que refleja su figura arrogante y su sufrimiento. En esta escena o, por poner otro ejemplo, en la que Ofelia aparece ante nuestros ojos totalmente fuera de este mundo, deshojando una flor que no existe, se destila la esencia del trabajo de Kenneth Branagh. El cineasta británico es totalmente fiel al texto original pero, al mismo tiempo, lo renueva. Y lo hace, no sólo recuperando elementos que no aparecían en el resto de adaptaciones de Hamlet, sino proporcionando una nueva dimensión a personajes secundarios de la trama, habitualmente reducidos a simples piezas de engranaje de la maquinaria de la trama y alejándose de lo teatral mediante un uso exquisito y valioso del lenguaje cinematográfico. Así, Branagh combina la utilización de muchos primeros planos —que ocultan el origen teatral de la obra— con planos secuencia, travellings circulares y otros movimientos de cámara que dan enjundia al relato. En este sentido, algunos ven en la segunda parte de la película un decaimiento en su ritmo que, en realidad, no es tal. Si la primera parte se caracteriza por un enconado aliento épico y apasionado que Branagh enfatiza con una planificación en la que los movimientos de cámara son parte esencial, en la segunda, mucho más sosegada e intimista, la realización del director inglés se torna mucho más calmada y menos espectacular.

Hamlet es una película que goza de una inspirada resolución visual. Es un filme bello pero no gratuitamente preciosista. En la retina  —por la belleza de muchas de las escenas— y en la memoria —por la emoción que desprenden— quedan muchos momentos extraordinarios como el monólogo de el falso rey (Charlton Heston), como la escena en el bosque entre Hamlet y su padre, como aquella otra en la que copan el protagonismo Ofelia (Kate Winslet) y Hamlet en la sala de los espejos, como la aparición del espíritu del padre de Hamlet, como la visión ralentizada del asesinato del rey, como la representación de la obra escrita por Hamlet, o como el épico final de la primera parte con un largo plano que comienza encuadrando el rostro de Hamlet para acabar mostrándonos una panorámica espectacular en el que las palabras de Shakespeare adquieren todo su sentido —y en el que una afinada aria de Patrick Doyle ayuda, como en muchos otros instantes de la película a enfatizar y hacer estallar una tormenta de sentimientos—. Además, Kenneth Branagh, como acostumbra a ser habitual en él, cuida mucho la elección del equipo artístico. Consciente del riesgo que corría tras el estrepitoso fracaso que supuso Frankenstein, Branagh invitó a participar en el proyecto a diversas estrellas de Hollywood, para así poder ampliar el espectro de público al que dirigir la película, otorgando  papeles secundarios a actores estadounidenses reconocidos. Algunos son meros cameos, otros tienen un mayor peso específico en la trama. Así, Charlton Heston, que está inmenso en su papel del rey actor, Derek Jacobi como Claudius la propia Kate Winslet, Billy Cristal como enterrador o Robin Williams como Orsic, por citar los mejores trabajos interpretativos, confieren más fuerza y vigor a la historia narrada.

Para acabar, nada mejor que ceder la palabra al propio Kenneth Branagh que resume de manera eficaz lo que significa su Hamlet: «es una historia de fantasmas y también un filme de suspense, pero, sobre todo, una tragedia de fuerte contenido emotivo. Tiene también sus cargas de maldad y, espero que, finalmente, constituya un gran entretenimiento».

Por J.A. Souto Pacheco
cartel francés del film

Reino Unido / EEUU. 1996. Dirección: Kenneth Branagh. Guión: Kenneth Branagh, sobre el original de William Shakespeare. Producción: David Barron. Fotografía: Alex Thomson, en color. Música: Patrick Doyle. Montaje: Neil Farrell. Vestuario: Alexandra Byrne. Diseño de producción: Tim Harvey. Duración: 242 min. Reparto: Kenneth Branagh (Hamlet), Kate Winslet (Ofelia), Brian Blessed (fantasma), Richard Attenborough (embajador inglés), Richard Briers (Polonio), Julie Christie (Gertrudis), Billy Crystal (enterrador), Judi Dench (Hecuba), Gérard Depardieu (Reynaldo).