Kong patinando sobre hielo

El monstruo se enamoró de la rubia. La condición de la bestia, por afinidad literaria, suele ser ingrata, y exceptuando pilares, como el de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, tiende a acabar masacrado por las verdaderas bestias de la naturaleza: los seres humanos. Claro que en el fondo, ni Merian C. Cooper ni Peter Jackson buscaban una línea intertextual, más bien una moraleja: «La bella acabó matando a la bestia», tal y como dice el personaje de Carl Denham al cierre de esta nueva versión pixelada de King Kong. La historia es sencilla: monstruo conoce chica, monstruo se quiere comer a la chica, monstruo se enamora de la chica, monstruo pelea con todo tipo de saurios y demás mutantes prediluvianos para salvar a la chica, chica se enamora del monstruo ya no tan monstruoso, humanos secuestran a monstruo, monstruo muere cayéndose desde el Empire State Building abatido por los aviones, chica acaba sus días con el galán de turno, en nuestro caso, un guionista de Broadway igual de hábil con la pluma que escapando de los velocirraptores.

Estoy siendo sarcástico, lo sé. Supongo que, como cinéfilo chapado a la antigua, me tocan las narices los remakes de intocables como el de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper de 1933, aunque acabe disfrutando de muchos de ellos, incondicional cinéfago me declaro. No quiero entrar ahora a hablar de la conveniencia o no de los remakes, cada uno tiene su propia opinión y yo la respeto, aunque ésta cambie en función de la calidad del último remake de turno. Por poner un ejemplo: King Kong (1976) de John Guillermin, creado a partir de la fiebre que supuso Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg sobre lo rentable que resultaban las monster’s movies. El film de Guillermin, un Roland Emmerich setentero, habitual en producciones catastrofistas y film bélicos, un éxito de taquilla en la época, es un film realmente pobre que no dejó más huella que ver al gorila subido a las desaparecidas Torres Gemelas en vez del Empire State. Guillermin, por cierto, aún tuvo la desvergüenza de realizar una secuela: King Kong 2 (King Kong Lives, 1986), cuyo ingrato recuerdo se ha desvanecido ya en mi maltrecha memoria.

Ahora toca de nuevo resucitar el mito para darlo a conocer a una nueva generación, o al menos eso dice su máximo responsable, Peter Jackson, uno de los pocos realizadores que puede permitirse el realizar una superproducción de unos 350 millones de dólares en un film que supera las tres horas de duración (uno de los principales méritos de Jackson, a nivel de industria, ha sido demostrar que es posible lograr grandes ingresos de taquilla en films de tan extenso metraje). La premisa es válida, supongo, o al menos tan válida como cualquier otra. Al fin y al cabo lo que cuentan son los resultados que, como era de esperar, no decepcionan en su justa medida.

Peter Jackson tiene una manera brillante de narrar historias. Ha conseguido recuperar para el nuevo siglo una mirada clásica sobre las historias de aventuras, siempre más que menos fantásticas. Después de casi veinte años, pongamos los que separan En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981) de King Kong, los realizadores de cine de acción de Hollywood han centrado sus miradas en una plástica de la aceleración, del montaje adrenalítico, de la supresión de todo tipo de pausas, las elipsis vehiculan una escena de acción con otra, sin dar tiempo al espectador para posicionarse, ofreciéndole una avalancha de situaciones límite, haciendo de la experiencia de visionar un film algo parecido a montar en un montaña rusa desenfrenada. Michael Bay, Roland Emmerich, Barry Sonnenfeld, Tony Scott, Rob Cohen, Joel Schumacher, Dominic Sena, Stephen Sommers, John Woo... con su colección de películas de desigual interés, hicieron evolucionar el cine fantástico con una nueva filosofía de la imagen espectacular basada en la grandilocuencia y la explosión cinética de instantáneas, una especie de carrera sin frenos hacia la saturación. Steven Spielberg parecía ser el único capaz de mantener viva la expresión estética de la aventura clásica y las aportaciones de cineastas como Ang Lee, Bryan Singer o James Cameron resultaban tan necesarias como escasas dentro del inmenso panorama hollywoodiense.

Con la trilogía de El señor de los anillos (The Lord of the Rings, 2001-2003), Jackson, en un ejercicio magnífico, decidió aferrarse a la nueva plástica del cinematógrafo pero manteniendo la estética clásica de aventuras ya comentada. El triunfo fue devastador. Incontestable. Y esa es la mirada que ha querido conservar para su King Kong... pero esta vez con desigual resultado. Porque no se trataba de realizar el Kong más creíble de la historia del cine. Al fin y al cabo, si el Kong de Cooper reflejaba ser un muñeco, éste evidencia en todo momento que es un producto informático. Jackson buscaba equiparar la aventura de la joven Ann Darrow con la de sus valientes hobbits. Así, la primera de las tres horas que dura el film de Jackson es realmente genial: la presentación de personajes, el desarrollo ordenado de la trama, la creación del germen dramático... todo funciona perfectamente en el engranaje.

A partir de la llegada a la Skull Island, la acción empieza a desquiciarse: un continuo golpeo de secuencias a cual más espectacular en la que vemos pasar por la pantalla todo tipo de monstruos de distintos tamaños y ferocidad. Jackson condensa en esta segunda hora toda la acción de King Kong y es aquí donde el realizador se presta a variar el argumento original siempre buscando una mayor espectacularidad en las acciones, o si se quiere ver de otra manera, radicalizando la acción para un público con la mirada estudiada de los videojuegos. Nada que objetar. El dolby surround habla por sí solo. Pero es a partir de este momento que el film cojea: tres horas al fin y al cabo es demasiado tiempo para cualquier cosa. La última parte del film, en parte por ya conocida —y a la que Jackson no aporta nada más que una mejora técnica y una risible escena de Kong patinando sobre hielo— y en parte por el descenso (natural) del ritmo del film, acaba por resultar aletargada, cansina. Los personajes desaparecen sin sentido, no parecen tener lugar en los últimos rollos de películas. Los diálogos se sintetizan, las acciones poseen un ritmo desequilibrado... ya se sabe, que el que mucho abarca, poco abraza.

La caída de Kong desde los cielos es una imagen mítica para la retina del espectador. El hundimiento de la bestia, el fin del amor. Es una pena que ésta sea en el film de Jackson la que resulte más borrosa, sin que la imagen en sí misma, tenga ninguna culpa.

Por Alejandro G. Calvo
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