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Tengo que advertir a los posibles lectores que en mi análisis de esta obra la desmenuzo pormenorizadamente y cuento casi todos los detalles importantes, incluido el final. No es que Stromboli sea una película de intriga en la que todo se reduce al final, pero a mí no me gustaría haberla visto la primera vez sabiendo toda la información que aquí se da. Hechas estas advertencias comenzaré con Stromboli.
Tierra de Dios
Creo que este título resume a la perfección esta obra maestra de Rossellini. Habría que matizar si el "de" califica a la pequeña isla de Stromboli como una tierra perteneciente a Dios o si la califica como una tierra habitada por Dios. Probablemente y contrariamente a lo que pueda parecer ante una visión superficial de la cinta, Rossellini contemple ambas posibilidades a un tiempo.
Stromboli es una película dura en exceso. El realismo de la narración nos muestra una vida dura y difícil. Por eso afirmaba antes que en una primera visión superficial de la cinta es difícil hacerse a la idea de la presencia de Dios en Stromboli. No obstante este Dios, no sólo está presente, es más bien omnipresente, cosa que podremos ver si hacemos un análisis en profundidad de la obra.
Stromboli
La película empieza mostrándonos a Karin (Ingrid Bergman) como una prisionera en un campo para personas desplazadas, con ganas de huir de una Europa que ya no es la suya, tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial. Pero un comité le niega la posibilidad de hacerlo. La dureza del film ya queda marcada con el primer elemento narrativo al que Rossellini recurre. Y este elemento es una elipsis seca y brutal. Cuando a Karin se le niega el visado, se levanta de la silla donde espera la resolución y antes de que este movimiento termine se produce un corte y la vemos embarcada de camino a Stromboli junto con Antonio (Mario Vitale), su marido, un hombre al que apenas conoce y por el que nada siente pero que es (al negársele el visado) su única opción de abandonar el campamento en el que vive recluida. En esta elipsis Rossellini se salta la boda porque es algo que no importa en la historia. Es algo falso, puesto que Karin no quiere a su marido y la boda es para ella un mero trámite, el segundo a realizar dado que el primero no le dio la ansiada libertad. No hay boda, no hay beso, no hay ninguna muestra de afecto entre Karin y su marido, al menos desde el punto de vista del espectador.

Nos acercamos a la pequeña isla de Stromboli. El contraplano que muestra la cara de Karin tras una primera imagen de la isla es absolutamente claro. Si no la desesperanza, al menos la duda está presente en ella. En su primera aparición, la isla se muestra ya dominada, vigilada desde lo alto por el volcán, que constituye la imagen de Dios que Rossellini nos da. No hay que olvidar, y lo veremos a lo largo del metraje, que desde siempre el destino de la población de Stromboli ha estado decidido por el volcán. Así que al menos el volcán es el Dios de Stromboli. Un Dios omnipresente (al que se ve en lo alto desde cualquier parte de la isla) que habita en Stromboli y al que incluso se le puede atribuir la creación de la isla sin lugar a dudas; por tanto también se le puede calificar como el Dios al que pertenece Stromboli. Hay que tener en cuenta también que la forma triangular del volcán constituye un símbolo de divinidad para el cristianismo.
Prisionera
Cuando Karin llega a Stromboli, su preocupación se confirma. La desolada isla es un mundo primitivo, duro y ajeno a ella. Ajeno porque no le gusta y porque ella no gusta. Tanto su marido al que empieza a conocer como todo el pueblo constituyen una sociedad patriarcal y machista. Son un pueblo primitivo que vive en constante lucha con la naturaleza como único medio de supervivencia. Una de las frases que dirige a su marido es clara: «Yo pertenezco a otra clase».
Karin se sabe prisionera otra vez. Lo único que ha conseguido es abandonar un campo de prisioneros para quedar atrapada en otro. En otro del que todo parece indicar que le costará más salir. La prisión sin salida queda patente en un precioso plano desde arriba. Rossellini nos muestra a Ingrid Bergman recorriendo las callejuelas rodeadas de las construcciones típicas de la isla. El plano es totalmente claustrofóbico aunque de una belleza impagable y nos deja ver a Karin atrapada en una especie de laberinto mitológico, uno de los mitos clásicos de la cultura mediterránea. El hecho de mostrarnos a su protagonista atrapada en una especie de laberinto de Minos, deja ver tanto la prisión física de Karin, como la prisión temporal —el pueblo de Stromboli parece sacado de época pasada y remota—, y la prisión cultural, dado que Karin es lituana, y muy distante por tanto de la cultura y tradiciones mediterráneas. Y no podemos olvidar, una vez más, la importancia de Dios en el mito del laberinto.
Una muestra más de la prisión en la que la protagonista vive es la actitud de las gentes del lugar. Al igual que en una cárcel, los habitantes se pueden dividir en dos tipos: los que sólo piensan en marcharse y los que se resignan a vivir allí, conscientes de la imposibilidad (económica) que tienen de abandonar la isla. Pero una vez más Dios está presente. Los viejos que intentan hacer habitable la casa de Antonio y Karin han vuelto de América. Y en América tenían una vida mucho mejor, según cuentan. Entonces, ¿por qué vuelven? Vuelven a Stromboli para estar cerca de su Dios, ahora que el fin de sus vidas se encuentra relativamente cercano. O vuelven a Stromboli por temor a este próximo fin, porque en Stromboli buscan su pasada juventud, pero encontrarán (al igual que Karin) su destino.
Resignación
Karin pierde las esperanzas. Cuando conversa con el cura lo dice bien claro. El cura le dice que confíe en Dios, pero ella responde: «Dios no me ha ayudado nunca». Así que acaba por aceptar su situación (no tiene otra opción) e intenta hacer que su vida sea lo más grata posible en Stromboli.
La protagonista intenta hacer acogedora su casa. Pinta flores en las paredes, dado que no las hay en su entorno. Intenta integrarse entre los habitantes de la pequeña isla. Pero todos sus esfuerzos consiguen justamente lo contrario. La diferencia de culturas entre Karin y la población de Stromboli parece insalvable. No es culpa ni de ella ni de ellos. Ella quiere que la acepten como es y ellos pretenden que sea como ellos (porque no conciben otra forma de ser). La única mujer que congenia con Karin es la prostituta de Stromboli. Pero claro, esto todavía será un motivo más de rechazo para el resto de la población.

Cuando Karin vuelve a su casa (a la prisión) desde la casa de la prostituta lo hace con optimismo dado que por fin ha encontrado a alguien que la acepta. En ese momento consigue comprender a su marido (su captor) dado que ambos comparten la misma prisión. Ella está prisionera por él en Stromboli y él está prisionero de ella. Karin se da cuenta de que Antonio, su marido, la quiere. Pero eso no es lo mismo que aceptarla tal cual es. No, su marido pretende hacer de ella una mujer "normal" como todas las de la isla. Quiere que sea sumisa y que se comporte son discreción. Y reacciona violentamente ante el atrevimiento de Karin de ir a casa de la prostituta (aunque ella no sabía de antemano que aquella mujer se dedicase a la prostitución). La comprensión de Karin hacia su marido se torna entonces inútil porque no es recíproca. Él cada vez la comprende menos a ella.
Desesperación
Karin debe otra vez salir de allí por todos los medios. Cuando intenta seducir al cura (cuyo dinero podría sacarla de allí), tenemos una escena perfectamente rodada por Rossellini. Los encuadres y los movimientos de cámara que envuelven al los dos personajes son perfectos. Rossellini no adorna su imagen, pero ésta es bella por sí misma. El sacerdote rechaza a Karin y ella le acusa de falta de piedad. Le dice: «Usted es tan despiadado como su Dios». Esta frase encierra mucho. Acusa fundamentalmente al Dios de Stromboli de falta de piedad, de permitirle estar en semejante situación, pero al mismo tiempo dice "su Dios", o sea, que no reconoce al Dios como suyo. No obstante pretende que sea piadoso. Y sí hay piedad. El sacerdote siente por ella piedad, lo notamos con la última mirada que dirige a Karin. Porque la actuación y la dirección de Rossellini son tales que constantemente los personajes se expresan con una sola mirada. No hace falta que el director subraye nada, todo está ahí y se transmite con perfección gracias a la magia de Rossellini.
Las cosas se ponen cada vez peor para Karin. Entabla amistad con el vigilante del faro y eso todavía le pone más en contra tanto de su marido como de todo el pueblo que la tachan de infiel. Como solución a sus males su marido la arrastra a misa. Pero allí sigue siendo un motivo de desprecio para todo el pueblo. También su marido se da cuenta de la carencia de Dios que Karin tiene. Pero Dios no está en la misa, allí sólo se encuentran los habitantes de Stromboli y éstos no son capaces de perdonar.
En medio de toda esta situación casi límite, Rossellini nos obsequia con otra escena de gran belleza, y es una escena enmarcada claramente en la corriente neorrealista en la que se puede clasificar al director italiano (si bien esta película no encaja del todo en dicha corriente). Me refiero a la escena de la pesca, rodada de forma prácticamente documental y en la que se muestra tal cual era la captura del atún. Es un espectáculo cruento pero necesario y consigue herir la sensibilidad de Karin, proveniente de una sociedad más aséptica y más hipócrita. Al final de la pesca los pescadores le agradecen a Dios los frutos obtenidos. Como siempre, el Dios está presente en cada faceta de la vida.

Karin se entera de que está embarazada. Si primeramente ya no le gusta la idea, la cosa empeora cuando el volcán (el Dios, el destino) "ataca" destruyendo un momento no de felicidad pero sí de paz. Toda la población de Stromboli se refugia en lanchas en el mar y rezan a su Dios mientras esperan a que la erupción termine. Otra vez tenemos una estética neorrealista. Es sabido por todos las dificultades del rodaje de esta película, dado que los miembros del rodaje se trasladaron a una pequeña isla del Mediterráneo y tuvieron que vivir las mismas precariedades que Karin sufre en la cinta. En estas vicisitudes se puede incluir la verdadera erupción del volcán, puesto que por necesidades del rodaje se eligió una isla con un volcán activo. Obviamente esto es el neorrealismo llevado a sus extremos en cuanto a observar la realidad de los personajes que se retratan.
Después del horrible espectáculo de la erupción Karin toma la decisión firme de irse como sea. No quiere tener a su hijo en un mundo como el de Stromboli. Por ello su marido la encierra en casa. Es ayudada a escapar por el vigilante del faro, al que también trata de seducir para que la ayude a escaparse.
Ascensión
Karin decide, sin embargo, emprender el viaje ella sola. Decide atravesar el volcán para poder llegar al pueblo del otro lado de la isla, desde donde pretende salir en cualquier barco que la acerque al continente.
En la metáfora que encierra esta ascensión, Karin sube al volcán en busca de Dios. Inicialmente le atribuye al Dios falta de piedad, pero lo que en realidad ocurre es que el Dios de la pequeña isla es un Dios distante, un Dios que observa desde lo alto sin acercarse a sus fieles. Como Karin también se muestra inicialmente distante del Dios, comprende su error, se da cuenta de que debe ser ella la que vaya en su busca y no al revés.
La ascensión de Karin es una metáfora plena. Abandona el infierno donde vive para conseguir un (incierto) cielo. Va en busca del Dios-volcán, pero antes de llegar ha de atravesar un verdadero purgatorio. Deja su equipaje en el camino, como si no lo necesitase allí adonde va. No olvidemos que el paso previo para alcanzar el cielo según la tradición cristiana es la muerte. Cuanto más se acerca a la cima más le asaltan el miedo y la duda. Ya dice "Dios mío" cuando antes hablaba del Dios de los habitantes de la isla, y reza pidiendo paz (espiritual) mientras cae la noche en la cima del volcán. Pero tras la noche amanece un nuevo y esperanzador día en el que Karin parece tener nuevas fuerzas, aunque no tarda en volver a flaquear. Entonces vuelve a rezarle al Dios de la isla (su mirada se dirige al volcán) pidiéndole fuerzas para poder salvar a su hijo. Y así, con este final abierto y sobrecogedor, concluye esta obra maestra. ¿Qué pasa después? No lo sabemos. No lo sabremos nunca. El propio Rossellini decía no saberlo en una entrevista. Todavía sigue la metáfora, ¿qué sucede tras la muerte? Pregunta obviamente retórica.
El creador
Un par de apuntes ahora sobre Rossellini y su forma de concebir esta magnífica película. Si ante todo hablamos de su estilo hay que decir que es casi una carencia de estilo. Pero no hay contradicción el lo que digo. Rossellini se limita a poner la cámara y a mostrar toda la información que considera necesaria para el espectador, simplemente, sin ningún tipo de adornos. Pero aún así, en esta sobriedad consigue planos cargados de belleza y de poesía.
Rossellini describía el neorrealismo como el seguimiento de alguien con amor y la observación de todos sus descubrimientos e impresiones; un hombre corriente dominado por algo que de repente le sorprende en el momento en que se descubre a sí mismo como libre en el mundo. Es algo que sucede de forma inesperada, pero lo importante de la observación son los momentos previos a este descubrimiento. Ahí es donde este director retrata con precisión al ser humano. Como ya he comentado, esta no es una película totalmente neorrealista (la simbología y las metáforas la apartan bastante de esta corriente), pero tiene momentos donde el director pone la cámara y se dedica a esperar y a observar a sus personajes, a ver a dónde les conduce su existencia.
Y para terminar tengo que alabar la labor de todos los actores, que si bien no son conocidos (exceptuando a Bergman) bordan sus interpretaciones. Todos los personajes de la sociedad de Stromboli se comportan con una naturalidad absoluta. Están interpretando (casi viviendo) su propia vida. Rossellini sólo se dedica a su minuciosa observación y nos transmite lo que ve. La mayor parte de las personas que podemos ver en la cinta son los verdaderos habitantes de la isla donde se llevó a cabo el rodaje. Ingrid Bergman es la pieza clave, el sujeto de la observación del director. Demuestra la talla que tiene como actriz al interpretar a la perfección el papel de Karin, que si bien se parece un poco a ella misma, no hay que olvidar que las condiciones precarias en que tuvo que vivir durante el rodaje, la diferencia del cine de Rossellini con el cine que ella había hecho en Hollywood y su desconocimiento del italiano tuvieron que hacerle muy difícil su labor.
Respecto a su desconocimiento del idioma, me viene a la cabeza la carta de admiración que Ingrid Bergman le envió a Rossellini, al que no conocía, tras ver sus películas Paisà y Roma, ciudad abierta. La carta terminaba con la siguiente frase: «Si usted necesita una actriz sueca que hable inglés a la perfección... y que de italiano sólo sabe "ti amo", estoy lista para ir y hacer una película con usted». Un claro comienzo de lo que después sería una de las historias de amor más apasionadas y polémicas del momento.
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