Las visitas siempre llegan con una piedra debajo del brazo

Takashi Miike: Terrorista fílmico

Parafraseando a la madre de Forrest Gump, tengo que decir que Takashi Miike y sus películas son como una caja de bombones: nunca sabes lo que te vas a encontrar. Audition (Ôdishon, 1999), mi primer contacto con el director japonés me impactó lo suficiente como para que no me quedase más remedio que indagar un poco más en la filmografía del que es, ahora ya lo sé a ciencia cierta, uno de los nuevos terroristas cinematográficos que de un modo u otro perturban las mentes de todo aquel que se acerca a su cine, y también de los menos accesibles en nuestro país, dada la nefasta distribución que ha encontrado hasta la fecha, pudiendo encontrársele tan sólo en festivales o en el mercado de los dvd’s de importación, si bien es cierto que de un tiempo a esta parte el boca a boca y a su vez el peer to peer han contribuido en gran medida a convertir a este hombre en un aunténtico director de culto. Poco a poco, sin orden ni concierto, ni falta que me han hecho, han ido desfilando ante mis ojos Gozu (Gokudô kyôfu dai-gekijô: Gozu, 2003), Ichi the Killer (Koroshiya 1, 2001), la trilogía Dead or alive (Dead or Alive: Hanzaisha, 1999; Dead or Alive 2: Tôbôsha, 2000; Dead or Alive: Final, 2002), The City of Lost Souls (Hyôryû-gai, 2000), Graveyard of Honor (Shin jingi no hakaba, 2002), Llamada perdida (Chakushin Ari, 2003) (segundo estreno en España de Miike), The Bird People in China (Chûgoku no chôjin, 1998), Izo (id, 2004), y esta Visitor Q. Y no siempre, porque como cualquier otro director (salvo contadísimas excepciones), también tiene sus altibajos (en su caso muy comprensible teniendo en cuenta que dirige varias películas al año), pero sí en tres o cuatro ocasiones me he dicho, tras el final de alguno de sus filmes, que era imposible que este hombre pudiese sorprenderme más, para volver a darme cuenta de que había tropezado con la misma piedra. La última vez que dije esto, quizá después del musical (si hay que enmarcarla dentro de algún género) The Happiness of the Katakuris (Katakuri-ke no kôfuku, 2001), no me quedó más remedio que tragarme mis palabras cuando Visitor Q se cruzó en mi camino. Creo que, después de tantas veces, he aprendido la lección y sí, Takashi Miike siempre podrá volver a sorprenderme.

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O no, esta es la definitiva. Esta vez creo que lo digo convencido. Es imposible que encuentre una película, no ya en la filmografía de Miike, sino hablando en general, tan indescriptible, tan desquiciante y que me provoque sensaciones tan contradictorias como Visitor Q. ¿Qué como puedo estar tan seguro? He visto cosas que jamás creerían, y no me refiero precisamente a naves ardiendo más allá de Orión o rayos gamma a las puertas de Tannhäuser, eso son chorradillas. He visto a una joven acostarse con su padre por dinero, a un niño darle a su madre una paliza de espanto, a unos adolescentes vejando a un periodista con su propio micrófono, a un hombre violando a un cádaver, que a pesar del (o precisamente gracias al) rigor mortis, no puede controlar su esfínter...

La familia es la célula de la sociedad moderna...

Y diciendo esto puede parecer que soy un degenerado por haberme gustado la película, de hecho yo mismo me lo he planteado, pero, y esto es importante, he llegado a la conclusión de que no lo soy, ya que, hay que observar que lo que acabo de contar, que es sólo una parte de lo que ofrece Visitor Q, no es tan simple como la provocación por la provocación; creo que existe una justificación para este torrente macabro de sexo, muerte, violencia y degeneración. Y me voy a explicar...

Uno de los mayores defectos de Miike (que también puede entenderse en ocasiones como una virtud, ¿no hay un paso del amor al odio?, pues aquí también) es que no conoce el significado de la palabra sutilidad. Todas y cada una de sus películas son en algún aspecto extremas hasta límites que bordean la demencia, y es precisamente por eso que es muy difícil estar convencido de que no nos va a sorprender (o provocar, si se prefiere) nunca más.

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Por supuesto, Visitor Q no supone ninguna excepción a esta regla. El punto de partida no puede ser más extremo: un hombre visita a su hija al trabajo. Ella es una prostituta adolescente. Y él, pues ya que ha ido hasta allí, consume. El hijo llega a casa del colegio y se dedica a zurrar a la madre con uno de los atizadores de su humilde colección. Y en medio de estas dos secuencias introductorias, la cabeza del cabeza de tan peculiar familia, mientras él está sentado, reflexionando sobre lo que acaba de hacer, se tropieza con un pedrusco que tenía en la mano un misterioso personaje, al que en adelante, llamaremos Visitor Q. Ese choque supondrá un radical cambio en todas sus vidas, pues tras el feliz encuentro, Visitor Q se quedará en casa como un miembro más de la unidad familiar, y no precisamente para obtener ventajas fiscales.

¿Qué pretende Miike con este cuadro que parece directamente sacado de cierta canción de Siniestro Total? Pues nada más y nada menos que criticar a una sociedad cada vez más deshumanizada en la que la juventud (el futuro de dicha sociedad, si es que ésta tiene alguno) es la principal perjudicada, pero en la que, precisamente esa misma juventud aborregada en su inmensa mayoría es la que no se da cuenta de lo que se está haciendo con su vida, más preocupados de las últimas melodías polifónicas o de la última gilipollez que se ha puesto de moda en la televisión.

Una crítica nada sutil, y por tanto fácilmente comprensible como tal. Por supuesto, usando también de tópicos fáciles: el hijo se ensaña con la madre porque sufre de acoso (ese bullying en el que ahora, después de años de existencia, parecen reparar en nuestras escuelas) por parte de un grupito de esos borregos-víctimas. La madre se prostituye para pagarse la droga que le permite sobrevivir olvidando todas sus desgracias. Y el padre descubre que el sexo y una cámara de vídeo son las únicas salidas a sus pesares. Del mismo modo que en Llamada perdida, City of Lost Souls o Izo, la película le sirve a Miike para denunciar también a la televisión que cada vez se dedica más a propagar basura (bienvenidos sean los nuevos canales, que en lugar de arreglar ese desastre nos traeran más y más bazofia con la que regalar nuestras pupilas), aunque en esta ocasión tal vez de un modo más tímido, a través de la figura de la periodista y el paterfamilia, que buscan uno más de esos reportajes de telerrealidad tan de actualidad: un hijo acosado desde el punto de vista de su padre.

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...aunque sea cancerígena desde la edad de piedra

Pero Miike no es Michael Haneke, no vayan a pensarse. El japonés siempre guarda un huequecito para la esperanza. ¿Quién es ese enigmático Visitor Q? ¿A que ha venido a esta familia? ¿Tal vez a destruirla, como le pregunta el hijo mientras flota boca abajo chapoteando en la leche materna? Desde luego la deja irreconocible. ¿Será su Q una Q de "Question", de preguntarse qué está ocurriendo con todo, de descubrir si existe alguna forma de solucionarlo?  Miike deja bien clarito que él todavía confía en el poder de la institución familiar, o a mí así me lo quiere parecer, aunque sea como en The Happiness of the Katakuris: la familia que mata unida, permanece unida. Exagerado, sí, pero exagerado y Miike son sinónimos. Tal vez desde la familia, ya que no gracias al sistema educativo (pero no desde ahora, esto viene de mucho tiempo atrás, y la cosa sería aún peor de no ser por algunos profesores con voluntad, verdadera vocación docente y montañas de paciencia), se pueda conseguir que nuestros jóvenes no sean tan borregos. Y esperemos que no haga falta matar a nadie para ello.

Después de larga estancia en el espacio exterior
vuelvo al fin a casa con muchísima emoción.
Allí me espera mi familia, me esperan los míos
con los brazos abiertos por el hijo perdido.
No puedo pensar en ninguna cosa más
que en la sopita con bromuro que me hace mi mamá.
Mi padre azota a mi hermana pequeña
y la chacha que es muy culta se masturba en la despensa.

La familia es la célula de la sociedad moderna
aunque sea cancerígena desde la edad de piedra.
Sobrinitos aulladores que patean los pasillos
y mi tía embarazada por el cerdo del vecino.
Da gusto ver a todos así de tranquilitos
cada uno a lo suyo en la chabola en que vivimos.

Al fin ya vuelvo, por fin regreso
a casa, a casa a descansar.
Voy a casa, a casa a descansar.
Voy a casa, a casa a descansar.
Vuelvo al paraíso de la tranquilidad.

El abuelo que tiene un rabo gigantesco
está en el juzgado acusado de secuestro.
La abuela está feliz con su tetabrik de vino
que acaba de robar para curarse el delírium.
Mi hermano el mayor se asoma a la ventana
y como esta pasado de ácido cree que vuela y salta.
Mi tío es terrorista en un comando legal
y mi cuñado hace la calle en plena diagonal.

La familia es la célula de la sociedad moderna
aunque sea cancerígena desde la edad de piedra.
Nos visitan nuestros primos que vienen desde el pueblo
quieren pillar burro para pasar el crudo invierno.
Mira alrededor qué tierna escena familiar
todos tan unidos por cariño visceral.

A casa (Siniestro Total)

Por Sergio Vargas
cartel francés del film

Japón. 2001. Título original: Bizita Q. Dirección: Takashi Miike. Guión: Itaru Era. Productores: Reiko Arakawa, Hisanori Endô, Seiichiro Kobayashi, Susumu Nakajima, Akira Saitô. Música: Kôji Endô. Fotografía: Hideo Yamamoto en color. Montaje: Yasushi Simamura. Diseño de producción: Yutaka Uki. Duración: 84 min. Reparto: Kenichi Endo (Kiyoshi Yamazaki / padre), Shungiku Uchida (Keiko Yamazaki / madre), Kazushi Watanabe (el visitante), Shôko Nakahara (Asako Murata), Fujiko (Miki Yamazaki / hija), Jun Mutô (Takuya Yamazaki / hijo).