Entornos y miradas en sombras
Eureka, la ciudad donde transcurre Jennifer 8, aparece como un lugar incómodo, distante, frecuentemente monótono y, sobre todo, tremendamente triste. En Eureka ningún turista repararía, aun tratándose de una ciudad costera. Lo más probable es que ni siquiera se detuviera a presenciar el paisaje, el entorno o para charlar con las propias gentes: todo resulta demasiado grisáceo, sombrío, deprimente en definitiva. Aunque Eureka es un ciudad pequeña alejada del "mundanal rudio" de Los Angeles, su apariencia es igual de hostil, llegando a ser escenario de los más atroces sucesos. En cierto modo está emparentada al Lumberton de Terciopelo azul (Blue Velvet. David Lynch, 1986), pero con una diferencia considerable: Eureka es tal cual, no parece ser una comunidad ejemplar; allí, como le gusta decir a Lynch, subyacía algo debajo de esa normalidad y engañosa belleza, en este caso la ciudad es el reflejo de la vileza que se esconde detrás o debajo de esas buenas apariencias.
La premisa argumental de Jennifer 8, que guarda cierta relación, precisamente, con el comienzo de Terciopelo azul, es tradicional y convencional: el sargento John Berlin (Andy García) vuelve a casa, a Eureka, dejando atrás un matrimonio, el alcohol y la gran ciudad; sin apenas instalarse comienza la investigación alrededor de lo que a primera instancia parece un suicidio, pero que esconde algo más: cerca del cadáver —descubierto en un vertedero— encuentran una mano cercenada. Esta breve secuencia, que introduce el relato criminal, resume tanto en su texto como en su formulación la esencia del film, apuntando la importancia y el significado de los entornos y las sombras, también de las miradas: Jennifer 8 es un thriller pausado, sobrio y oscuro, pendiente del detalle, los personajes y la atmósfera. La ciudad se presenta y adecúa desde ese momento, de manera determinante y significativa, a todo lo que sucede y existe en ella, como una proyección emocional: el descubrimiento de un cadáver y de la parte de otro, la sospecha de estar relacionado con un asesino en serie, la depresión que arrastra Berlin se manifiestan en un tiempo climatológico desapacible, en el que llueve continuamente, en los pocos resquicios de luz natural, en la progresivo inundación del entorno en sombras (cfr. el plano, diría que angustioso, que recoge a modo de estampa el despliegue policial en el vertedero, una vez caída la noche y tras encontrar la mano, en el que las linternas y poderosos focos intentan abrirse camino entre la incómoda y turbulenta oscuridad).
El interés y el brillo como thriller y como película de Jennifer 8 no se encuentra en su libreto —desde luego es mala señal para cualquier película que aquéllos solamente estuvieran presentes en este último—, compacto, riguroso y con algunos buenos detalles, pero carente de profundidad, excesivamente anclado en la tipografia del género, algo débil en su construcción dramática. Para entender este film y valorarlo en su justa medida (probablemente el mejor thriller americano de la década de los noventa) es necesario adentrarse —como habría que hacer siempre (también, naturalmente, en aquellos films cuyo tema o temas resultan atractivos o interesantes per se)— en su magnética y decidida puesta en escena, delicada, precisa y prolija. Ambas escrituras son obra del inglés Bruce Robinson (1948), actor, guionista y director (1), que aquí demuestra poseer un notable conocimiento del lenguaje cinematográfico y aptitud para emplearlo idóneamente y con criterio.
De todos los lugares y entornos presentes en el relato, surge, consecuentemente entre sombras, el instituto para invidentes, adonde llevan la investigación las pesquisas policiales. Un edificio que nunca se muestra en toda su extensión —aunque se intuye basante grande—, ubicado en las afueras cerca de las montañas, invita, desde la pimera impresión a la desconfianza pues concentra toda las penumbras emocionales presentes en la historia; sus espacios interiores —las habitaciones, los pasillos, el ascensor—, siempre iluminados lánguidamente, el áspero carácter y la contenida antipatía del director del centro (Bob Gunton), el paraje nevado, insisten en ese tono depresivo y meláncolico antes aludido. El primer encuentro de Berlin con Helena (Uma Thurman), joven ciega que vive y trabaja en el centro, rápidamente convertida en testigo y en posible víctima, sitúa el centro de gravedad del film en la fotografía (definitivamente, y después de visionar el film, o solamente fragmentos del mismo, en repetidas ocasiones, magistral) orquestada por el operador Conrad L. Hall (2), que ahora añade, a la condición emocional, el componente somático de la mujer —su carencia de visión— resultando de todo ello la fuerza expresiva de un film no ya sólido narrativamente sino excelente en términos puramente cinematográficos: vale la pena citar todas las escenas en las que la protagonista toma el punto de vista y la planificación, el sonido y naturalmente la iluminación juegan un papel fundamental a la hora de articular su estado anímico y respuesta ante la situación vivida (cfr. la fragilidad al quedarse sola momentáneamente durante la fiesta; el insondable miedo que le atenaza cuando descubre que había alguien en su habitación...).
Una vuelta de tuerca a este modelo (entornos y miradas en sombras) se produce en una magnífica secuencia de la que destaca poderosamente su trágico desenlace: un policía es encañonado por una figura que desciende de la escalera de auxilio del instituto por la cual pocos minutos antes ha subido Berlin en busca del asesino; aquél entiende que se trata de este último aunque no obtiene respuesta alguna y nunca llega a verle el rostro deslumbrado por la luz de la linterna que apunta directamente a sus ojos; finalmente es tiroteado y muerto por alguien que ha conseguido quitarle, fatalmente, su visión. Posteriormente Berlin, sospechoso principal del asesinato, es interrogado y acosado por un agente de asuntos internos, St. Anne (John Malkovich), el cual ignorando cualquier prueba visual no duda de su culpabilidad porque los hechos son aparentemente meridianos: en la grabación de la comunicación por walkie que mantuvieron los dos policías se escucha cómo la víctima, justo antes de morir, repite el nombre de Berlin. Escena ésta, tal vez prescindible y/o molesta por la sensación que desprende de estar construida para el lucimiento del actor John Malkovich, sin embargo (y más allá de su adecuada atmósfera y tensión), revela la importancia, en el relato, de las apariencias, relacionadas íntimimante con la mirada: durante la película los personajes y los espectadores, en lo que se refiere a algunas situaciones (no a elementos físicos como la propia ciudad), son potencialmente engañados por lo que ven y no tanto por lo que perciben por otros sentidos: del supuesto suicidio del cuerpo encontrado en el vertedero al desenlace del film con una sopresa que no lo es tanto si se tiene en cuenta este patrón.
Jennifer 8 viene a ser una representación, una mirada triste e incluso cruel, de la vida, de la que nunca se sale completamente indemne, aunque se vuelva a pasar por (agónicos) momentos de felicidad. En este sentido creo que el epílogo en el que los dos protagonistas pasean por un prado verde, el cual es significativamente distanciado y corto (una toma áerea que muestra la belleza, anteriormente negada, del paisaje), viene a expresar toda esta idea tambien a través de un breve (y espléndido) diálogo: "¿hay osuridad?", le inquiere Helena a Berlin; "no, el cielo está rojo", contesta él; "recuerdo el cielo rojo" concluye ella... inmediatamente entran los genéricos sobreimpresionados y sin solución de continuidad funde a negro. Y es que aun siendo una película en la que la violencia es contenida, apagada, a veces tan realista que se hace más distante, como si no tuviera nada que ver conmigo, con la realidad, y en la que su protagonista mantiene siempre la esperanza por seguir adelante en los peores momentos, Jennifer 8 contiene en sus numerosos pliegues algunos detalles tremendamente desgarradores, sobrecogedores, muy violentos en definitiva. Para mí el mayor de todos el hecho de que ese polícia muera creyendo que es Berlin, su mejor amigo, quien le dispara.
(1) Debutó como actor en la magistral lectura de Shakespeare realizada por Franco Zeffirelli en Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1968) incorporando a Benvolio (muy bien). Jennifer 8 es su tercer film como director, antes filmó la curiosa e intrascendente Withnail y yo (Withnail and I, 1987) y la inédita en España How to Get Ahead in Advertising (1989). En su labor de guionista colaboró con Roland Joffé en Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984) y Creadores de sombras (Fat Man and Little Boy, 1989); posteriormente escribió la interesante aunque muy irregular In Dreams (1999) de Neil Jordan, y Regreso al paraíso (Return to Paradise. Joseph Ruben, 1998).
(2) Nacido en la isla de Tahití en 1926 y fallecido en 2003 en Santa Mónica (EE.UU.) ha sido el responsable de la fotografía de brillantes películas desde finales de los años 50. Destacan sus trabajos en —la extraordinaria— A sangre fría (In cold blood. Richard Brooks, 1967), Fat City (íd. John Huston, 1972), Marathon Man (íd. John Schlesinger, 1976), —la interesantísima— Conexión Tequila (Tequila Sunrise. Robert Towne, 1988), y en los dos primeros films de Sam Mendes, American Beauty (íd., 1999) y Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002).
|
|
EEUU. 1992. Título original: Jennifer Eight. Dirección: Bruce Robinson. Guión: Bruce Robinson. Producción: Grace Gilroy, Stephen Lim, Gary Luchéis, Scout Rudin y David Wimbury. Fotografía: Conrad L. Hall, en color. Música: Christopher Young y Maurice Jarre. Montaje: Conrad Buff IV. Vestuario: Judy L. Ruskin. Diseño de producción: Richard MacDonald. Duración: 124 min. Reparto: Andy Garcia (sargento John Berlin), Lance Henriksen (sargento Freddy Ross), Uma Thurman (Helena Robertson), Graham Beckel (John Taylor), Kathy Baker (Margie Ross), John Malkovich (agente St. Anne), Perry Lang (Travis).
|
|