Dos que descabalgaron juntos

Shelley Winters (14 de agosto, 1920 - 14 de enero, 2006)
Chris Penn (10 de octubre, 1965 - 24 de enero, 2006)

¿Extraña alianza? ¿Emparejamiento caprichoso? Estoy con ustedes: no creo que la fatalidad se someta a ningún determinismo facilón (por eso se llama fatalidad y no estadística) o que vaya escogiendo a sus víctimas, agrupándolas conforme a criterio alguno (aunque en este caso se los llevase con apenas una semana de diferencia, aprovechando el viaje). Cierto es que a él la muerte lo pilló de repente, a destiempo, atropellado en la soledad infinita del propio hogar (el secretismo que pesa sobre las circunstancias de su defunción nos podría llevar a barajar, sin equivocarnos mucho, hipótesis tan enrevesadas como tristemente habituales). La otra, en cambio, parecía estar esperándola plácidamente, al igual que la Lillian Gish de Duelo al sol (Duel in the Sun, 1946) o la Maureen O'Hara de Cuna de héroes (The Long Gray Line, 1955), meciéndose en la tumbona del olvido desde sus últimas apariciones en la pantalla a finales de los noventa.

Él se fue a los 40 años cerca de la playa de Santa Mónica, con ese aliento trágico inmortalizado por James Mason en Ha nacido una estrella (A Star is Born, 1954). Sí, me lo imagino internándose en el embravecido mar de sus cábalas, lanzándose en pos de la nada... dejémonos de figuras poéticas —he visto demasiado cine—: se fue (porque quiso o porque así tenía que ser) y ya está. Sólo mi abuelo le encontraba un cierto encanto a las necrológicas, maravillado de no encontrar todavía su nombre en ninguno de los recuadros.

Ella esperó hasta los 86, en ese lugar elegido por todas las Normas Desmond de este mundo para desaparecer tras un prolongadísimo atardecer: Beverly Hills, selecto atajo hacia Sunset Boulevard, torciendo a mano izquierda. Quizás le pasó lo peor que le puede pasar a una sex symbol... envejecer, sin más.

Sin embargo —y a pesar de estar separados por casi dos generaciones— parecían tener algo en común, una cierta predisposición a interpretar personajes decadentes, amargados, torturados, algo pusilánimes. Lo cual no fue óbice para aceptar excepciones y ponerse bajo las órdenes de directores bastante ineptos o embarcarse en empresas menos dignas. Demasiados papeles alimenticios, justificables con la máxima «man, that’s just a job!»

Empecemos por la señora. Shelley Winters (que en realidad se llamaba Shirley Schrift, lo cual nos permite asegurar que hizo bien rebautizándose) pasará a la posteridad por ser aquella viuda candorosa de La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955) a la que impartía la extremaunción anticipada un inolvidable 'love-hate' Robert Mitchum. Pero hubo más, mucho más.

Llegó a Hollywood tan dispuesta a triunfar como la Naomi Watts de Mulholland Drive (id., 2001), matriculándose en el recién inaugurado Actor’s Studio, por entonces pasaporte seguro a la fama. Empezó pues con tino, compartiendo piso en los cuarenta con una desconocida llamada Monroe... Marilyn Monroe. Durante su época dorada estuvo casada dos años con Vittorio Gassman, para acabar siendo carne de los Aquí hay tomate yanquis, aireando sus romances con Burt Lancaster (que para ser gay encuentro que tuvo demasiadas amantes femeninas), William Holden, Marlon Brando, Errol Flynn (¿hubo alguna compañera de reparto que lograse escapar de sus garras?), Clark Gable o el mismísimo Sean Connery (1). Al final —¡perra vida!— sus formas se fueron redondeando alarmantemente, hasta convertirse en una Elvis (etapa decadente), con más de un parecido razonable con Chris Penn (todo in memoriam que se precie debe de tener un punto de crueldad).

Jovencita sin derecho a constar en los créditos de Río Rojo (Red River, 1948). Una de las dos debilidades (la otra era su rifle) de James Stewart en Winchester ’73 (id., 1950). Sufriendo todo lo que era menester y un poquito más en Un lugar en el sol (A Place in the Sun, 1951), a la espera de ver cómo culminaba el romance entre Clift y la Taylor. A finales de los cincuenta, la encontramos cohabitando con Ana Frank en el apretado zulo de Ámsterdam. A principios de los sesenta fue la despistada madre de Lolita, incapaz de descubrir cuáles eran las verdaderas preferencias de Humbert Humbert. Atribulada superviviente de un transatlántico panza arriba en La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972). Formó parte de la comunidad de vecinos menos recomendable de la historia del cine en El quimérico inquilino (Le locataire, 1976) de Polanski, para acabar como abuela de la horonda Roseanne en la serie televisiva del mismo nombre.

Dos Oscar como secundaria la emparejan en su tránsito cinematográfico con Chris Penn, otra cara de esas acostumbrada a mostrarse fugazmente, darle la réplica al protagonista y salir por la puerta de atrás mientras la platea se quedaba pensando "pero, ¿dónde he visto yo a este tío?".

Chris siempre fue “el otro” Penn, a la sombra de su excelente compañero de profesión y hermano mayor. De físico contundente y ojillos hundidos, era mucho más que una simple presencia: en sus mejores papeles diríase que destilaba genuina insatisfacción, un dolor inexpresable o, simplemente, una incapacidad manifiesta para encauzar una violencia a flor de piel, un cabreo constante contra nadie en particular. Aunque tras esa fachada cínica (gafas negras, sombrero ladeado o chandal hortera) quizás se escondía un activista discreto (¿cómo se explica si no su mención dentro del apartado de agradecimientos de Pan y rosas (Bread and Roses, 2000) de Loach?).

Intervenciones fugaces en algún capítulo de las series (bien alejadas entre sí) Magnum P.I. o CSI Miami, sonrojantes participaciones en Hora punta (Rush Hour, 1998) o Starsky & Hutch (id., 2004), curiosidades sin par (su "papelón" en Footloose [id., 1984] o Retorno del río Kwai [Return from the River Kwai, 1989]) y actor de reparto en alguna que otra mítica (La ley de la calle [Rumble Fish, 1983] o Short Cuts [íd., 1993]).

Con todo, sus películas más recordadas serán aquellas en las que formaba parte de grupos de tipos duros endomingados, mafiosillos desubicados, policías enteradillos. Junto a Harvey Keitel, Tim Roth y Steve Buscemi en la canónica Reservoir Dogs (id., 1992), Nick Nolte, Chazz Palminteri y Michael Madsen en La brigada del sombrero (Mulholland Falls, 1996) o Chris Walken, Vincent Gallo y Benicio del Toro en la fantástica El funeral (The Funeral, 1996), por cuya interpretación se llevó la copa Volpi en Venecia.

¿Por qué será que a la Winters y a Penn me los imagino con una relación materno-filial chunga, en plan Los timadores (The Grifters, 1990)?  O a ella como la Bloody Mama de Roger Corman y a él como vástago aventajado, tarado perdido al más puro estilo Cagney en Al rojo vivo (White Heat, 1949). Tiros, sangre, angustia, futilidad, desperdicio... caminando a tientas entre la neblina de polvo y humo que se levanta tras el tiroteo, tratando de reprimir un alarido y llevándose a la boca los dedos agarrotados, como el espectro de Munch en El grito.

Winters y Penn, bien cogiditos de la mano, se subieron juntos al autobús del que sería su último viaje. Si yo fuese el conductor, no me molestaría en reclamarles el importe del billete. El abultado bolso de ella y la maleta oblonga de él no pueden augurar nada bueno... hasta al mismísimo Caronte son capaces de montarle un desaguisado, apretando el gatillo y los dientes en su endemoniado descenso al Hades.

Por Jorge-Mauro de Pedro
Chris Penn
 
 
 
 
 
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