Cinco años de existencia de este singular certamen, el único de la capital española con verdadero peso en todos los sentidos (aunque bien es cierto que el resto de propuestas, por unas razones u otras, están igualmente autolimitados a un género o industria, y desde luego no cuentan con el apoyo económico e institucional de este), resultan más que suficientes para valorar seriamente sus aciertos y defectos, en primer lugar, y a continuación estimar cuáles son los caminos a seguir. Como ya hemos tenido ocasión de comentar desde estas mismas páginas, tanto en referencia a este festival como a otros, es muy valorable que un festival de cine se decante por una gran variedad de ofertas en la que tengan cabida todo tipo de gustos e intereses. En el caso de Documenta Madrid la empresa se antoja más complicada al estar restringido el programa al mundo del documental, si bien los responsables del mismo siempre han tenido presente que incluso en los márgenes de un género como este, más bien un movimiento, hay muchos tonos, tendencias y vericuetos. He aquí, por tanto, la primera característica reseñable de Documenta, que en esta edición de 2008 se vuelve, coherentemente, a repetir: a las secciones competitivas se suman las informativas con innumerables propuestas alternativas y diversas actividades paralelas. Sin embargo, este loable intento de expandir las opciones puede revelarse como un arma de doble filo si no se sabe manejar adecuadamente. En Documenta, cada año más, se está al borde del colapso en este sentido y empieza a ser preocupante el caos alrededor de la ingente cantidad de películas programadas.
Uno de las aspectos más llamativos es la diversificación de las sedes en las cuales se proyectan los pases a lo largo y ancho de, la no precisamente pequeña, Madrid, que resulta en conjunto un problema más que una ventaja, consecuencia directa del masivo número de films que componen la oferta del festival. Aunque el grueso de la programación se concentra en las tres ultimas salas de los cines Princesa, situados en una zona envidiable del centro de la ciudad, la participación adicional del cine Doré (sede de la Filmoteca Nacional), el Forum de la Fnac de la plaza Callao, el Círculo de Bellas Artes —nos estamos limitando a enumerar aquellas que hemos frecuentado: hay unas cuantas más que acogen secciones informativas de igual o mayor interés, según gustos— son empíricamente una molestia cuando no daban directamente al traste con la posibilidad de ver, por ejemplo, dos films pertenecientes al ciclo dedicado a la música o a la retrospectiva sobre los trabajos documentales sobre y del cineasta italiano Michelangelo Antonioni (afortunadamente en este caso, debido a un cambio independiente del festival y obligado por la Filmoteca, se pudo deshacer el solapamiento, bastante grave, existente entre dos sesiones del ciclo). El handicap nace aquí de la unión de esa diversificación, en absoluto mala aunque sí mejorable, con una planificación horaria a todas luces ineficiente. Lo sorprendente de esto es que se contradice con el buen criterio de los organizadores para repartir ordenadamente en la sede principal las secciones a concurso y parte de las informativas: durante los primeros días aquella acoge exclusivamente pases duplicados de los films que optan a premio, mientras que los días de reflexión del jurado los Princesa proyecta una parte escogida de las secciones informativas. Pero el propósito no deja de pasar de lo teórico pues la práctica entrega un desbarajuste que termina por resultar frustrante: al aludido problema para poder cuadrar un programa personalizado más o menos común, se añaden errores quizá menores vistos en términos globales pero difícilmente disculpables si se contempla particularmente (y Documenta es un festival, nos gusta pensar, para todo tipo de público, con mayor o menor interés en el hecho cinematográfico o en el género documental) como la discrepancia entre horarios de los programas en papel o la web (que, fuera de toda lógica, era la que contenía los datos erróneos), el indeterminado orden de proyección de las sesiones compuestas por más de una obra ...
Documenta Madrid 2008 ha contado con 105 películas (cortos y largos) concurso representando a 38 países. En las tres ediciones anteriores 102, 92 y 66, respectivamente. Este incremento del número de films con opción a premio parece responder principalmente al aumento del número de films presentados (de los 321 recibidos en 2005 a los 999 este año). Este crecimiento del festival ha propiciado paulatinametne que el scope se haya ampliado con mayor número de sedes (hasta las 24 actuales) y más películas en las secciones paralelas (se ha llegado a cerca de 300 esta vez). Compartimos con entusiasmo la idea total de fiesta, de festival heterogéneo para todos los gustos, inquietudes y lugares, pero francamente, insistimos, que es un camino peligroso que empieza a dar señales preocupantes no solo de agotamiento también de falta de rigor. Porque los datos enumerados solo pueden ser valorados positivamentes per se por aquellos que entienden un festival exclusivamente como un mercado promocional. Y que duda cabe que una de las principales razones de existir de los certamenes sea la de poder dar salida comercial a las películas que alli se proyectan, pero no debería ser el único fermento para su realización. Deben coexistir otros alicientes y debe hacerse bien visible un objetivo de fondo que vaya enriqueciéndose año tras año, teniendo presente siempre que no se trata de una competición sino que en realidad es una suma.
Y vuelve a aparecer la contradicción porque Documenta no ha abandonado el empeño de añadir valor a su propuesta programando, por ejemplo, el más arriba mencionado homenaje a Michelangelo Antonioni —con todo, interesantísimo y de lo mejor visto este año: a recordar especialmente Gente del Po (1943), su primera realización realmente prodigiosa, y Ritorno a Lisca Bianca (1983), enigmático y casi terrorífico recuerdo de la magistral L'avventura (1960)—, el arriesgado (por lo minoritario; gran acierto: la mayoría de proyecciones gratuitas en el ForumFnac) ciclo "Elegías íntimas", complementado de un volumen homónimo (única publicación editada este año) coordinado por Hilario J. Rodríguez, que congregaba una serie de estudios sobre el cine ("El cine visto por los cineastas" y "Cineastas de nuestro tiempo"), o incluso el recorrido por una parte de la obra del prestigioso Nicolás Philibert, concido en España por su aproximación al mundo de la educación en Ser y no ser (Être et avoir, 2002). Otra cosa, siguiendo la línea megalómana, son algunas inclusiones poco claras como las pantallas o la sesión especial del díptico de Jaime Chávarri sobre los Panero (proyectado en la Academia de Cine, una sede fantasma se podría decir). Similar a lo que se puede decir del ciclo "Documenta la música" el cual no parecía seguir ningún parámetro con sentido y tuvo la mala fortuna de contener un film tramposo e infecto a mayor gloria de su protagonista (Joaquín Sabina. 19 días y 500 noches, de Ramón Gieling), aunque otros dos títulos merecían bastante la pena (Heima de Dean de Bois y Patti Smith: Dream of Life de Steven Sebring, este por cierto con dos pases a diferencia del resto de compañeros del ciclo que solamente tuvieron uno). Indudablemente apostamos por caminos más consecuentes: las retrospectivas a Werner Herzog o Joaquim Jordà, la presentación de los invisibles Ulrich Siedl o Sonia Herman Dolz, el perfil del documental americano en dos ciclos consecutivos (2006 y 2007) bajo el atrayente título "Michael Moore y coetáneos" (acompañado por un libro sensacional: "Espejos rotos" de María Luisa Ortega), los hitos del cine documental (que debería seguir año tras año, con nuevos títulos y repitiendo cada cierto tiempo los que nunca deberían dejar de verse, estudiarse, pensarse). También hemos echado en falta mayor calidad en la sección oficial que este año se nos antoja bastante insatisfactoria, y de la que a continuación presentamos los breves comentarios de las propuestas más relevantes a nuestro juicio de entre los films que pudimos ver.
Es fácil que una pareja de ancianos en Moscú pase desapercibida, aún cuando hayan sido expulsados de su hogar y obligados a vivir en un piso la mitad que el que tenían. Esa indiferencia ante la tragedia personal que termina con el bienestar de una familia es lo que la cámara de Lavrinenko quiere evitar, mostrando las durísimas condiciones de vida del hombre ciego y su esposa, que se hacinan en un contenedor de metal como símbolo de su protesta ante la injusticia. Su lucha contra el Goliat estatal les lleva a situaciones extremas como el secuestro, la enfermedad y la extorsión. Pero más dura aún es la pérdida de la batalla. Impresionante retrato de la voluntad de dos personas y del férreo funcionamiento de un sistema y una burocracia implacables. Pero más esclarecedor aún que todo ello es la aguda daga que invita a la reflexión sobre las razones de una situación de tal magnitud en una sociedad supuestamente civilizada.
Inicialmente planeado como un tributo al poeta irlandés Cathal O’Searcaigh durante una de sus estancias en Nepal, el dudoso comportamiento sexual de este con los jóvenes a los que mantiene y protege, transforma esa visión, quizá idealizada, del artista, para convertir este documento en algo así como una evidencia de esas actividades pero sobretodo en un conflicto moral para la realizadora. Una buena parte del metraje del documental se trata de una hagiografía más o menos correcta, en verdad un tanto parca, sobre O’Searcaigh, en la que muestra su bondad y sensibilidad tanto en el trato con las personas que conoce en esa tierra lejana, las cuales le adoran casi sin excepción, como en su talento lírico. La parte final se concentra en tratar de comprender y entender las relaciones entre el poeta y sus jóvenes amigos, interrogando a algunos de estos, cuyas revelaciones no resuelven posibles dudas, y dando la voz al propio protagonista que en ningún caso niega que haya mantenido relaciones sexuales con ellos aunque deja claro que siempre consentidas; la entrevistadora-directora, Neasa Ní Chianáin, le manifiesta su opinión: cree que se está aprovechando de la ignorancia de unos muchachos que no saben mucho del sexo, menos aún de la homosexualidad… Expuesto así el film parece mucho más interesante de lo que realmente es: el grave problema de Cuento de Katmandú —2º Premio del Jurado en su sección— es su indefinición y falta de rigor que anula casi por completo su denuncia, ya sea particular o global. La realizadora parece querer destacar las diferencias entre Oriente y Occidente, que llevan a que exista un trato de poder y dominio de este sobre aquél, pero el discurso esta sesgado al no ir refrendado en ningún momento por datos ni hechos: no es clara la edad de los jóvenes que conoce O’Searcaigh, tampoco se explica cómo es la ley en Nepal al respecto (al parecer lo que aquí sería delito allí no), no se aporta información del entorno local de O’Searcaigh, no hay opiniones contrarias a la visión de la cineasta…
No hay mejor manera de juzgar que viviendo en primera persona aquello que se estudia. Sunny Bergman lo sabe bien y no ha tenido reparos en entregarse voluntariamente a este experimento de proporciones estremecedoras en que ha convertido su trabajo: ofreciéndose como conejillo de indias, se ha dejado estudiar y valorar por los supuestos expertos del negocio de la belleza quirúrjica. Humillada desde el ataque directo hacia su autoestima, la directora nos enseña todo lo que se esconde detrás de las nuevas tecnologías médicas aplicadas a lograr la belleza artificial: desde liposucciones monstruosas a rayos láser para reducir partes de los genitales femeninos. El resultado: la uniformización de los cánones, la venta de un sueño sexual prefabricado e imposible que millones de mujeres hacen suyo cada día. No hay piedad en su mirada acusadora ni ánimo de suavizar la realidad de un sector profesional que se lucra cada día vendiendo sueños que no son reales. Su conclusión, aunque típica, no resulta menos verdadera: no hay nada más bello que la naturalidad del propio cuerpo inalterado. Su arrojo a la hora de encarar la auténtica realidad de la industria del culto al cuerpo le ha valido un merecidísimo Premio del Público.
Visión hiperralista sobre una familia que vive en el vertedero de la capital de Nicaragua, Managua. La cámara escruta el día a día sin más aditivos que la cuidada fotografía y la detallista mezcla sonora, que buscan destacar la veracidad de lo que registra. El rigor en el planteamiento lleva a construir fragmentos de indudable fuerza caso del recorrido por los escombros en busca de algo que pueda ser de utilidad, momento que traspasa la pantalla y en el que casi se diría que se puede sentir la atmósfera. Film ajustado y preciso que en menos de media hora retrata con arrojo, honestidad e inteligencia un paisaje humano bien alejado de aquello que conocemos en el llamado primer mundo. Y esta descripción, sin ser neutra, se decanta por lo ecuánime elidiendo la demagogia política y el dibujo simplista. No se trata, en absoluto, de hacer pasar por maravilloso aquello que objetivamente dista de serlo, pero sí de poner de relieve las contradicciones de la existencia e incluso de la propia sociedad actual. El film no llega todo lo lejos que sus bases y desarrollo apuntan, pero aun como borrador de un trabajo más extenso o como primera aproximación tiene un notable valor, convirtiéndose con diferencia en la obra más solvente de las vistas en las secciones oficiales. El jurado por lo menos le otorgó el simbólico Premio Honorífico.
La sencillez y valor de este largometraje reside en la convivencia diaria que sus realizadores establecen con la heroica y jovencísima familia formada por Cecy y Camilo: arrastrados por el anhelo de conseguir un terreno donde poder establecerse y criar a su pequeña, la pareja abandona Santa María para trabajar en Reynosa. Lo precario de sus sueldos nos muestra la explotación laboral a la que aceptan someterse a cambio de poder comprar, con el paso del tiempo, una diminuta porción de tierra para construir su nuevo hogar. Actuando como un demiurgo mudo y omnipresente, la cámara al hombro de los directores acaba por convertirse en un habitante más de las vidas de los protagonistas, que terminan por confesarle sus miedos más profundos. Ante ella, se despliegan sus vidas en toda su dureza y en su inagotable esperanza, para seguirles en una crítica porción del camino de sus vidas. La mirada tierna rebosa cariño hacia el joven matrimonio, pero nunca suaviza lo precario de su existencia ni los obstáculos extremos que encuentra en la consecución de su objetivo.
La vejez, antes del último viaje, se observa en el documental de Nicander y Jonsson desde la crudeza de la soledad del asilo, un olvidadero para ancianos de edades variables, con patologías que van desde la locura a la invalidez. No hay juicio en el retrato de su rutina homogénea, sino que el día a día en el lugar se tiñe de ternura y respeto hacia lo que en su día fueron hombres y mujeres con consciencia de sí mismos, atendidos ahora como niños. La persistencia de la voz en off de una de las pocas habitantes del asilo que todavía recuerda y analiza contempla con desgarradora lucidez su propia situación y la de sus compañeros, transformando la reflexión de los autores en texto diegético que, lejos de resaltar lo patético, lo asume con estoicismo, simplificando la llegada del final. Su conclusión sabia y sincera sobre el tabú del deterioro físico y la muerte le ha proporcionado el Premio del Público.
Extraña pieza documental basada en una concatenación de imágenes en las que unos operarios arrancan de la pared el papel pintado de la casa de una mujer que acaba de fallecer. El intento de construir una metáfora visual sobre el acabamiento y la destrucción que la muerte significa no termina de funcionar debido a lo escueto del desarrollo y a lo endeble de la idea básica que hilvana el metraje. De simple realización y banda sonora operística, el cortometraje aspira a mucho más de lo que en realidad es, conservando más valor por lo que tiene de experimental que por su capacidad de transmitir las emociones que pretende.
Parece que los planos de compone Vladimir Perovic se han dejado hipnotizar por la paz que destila la región de Cuce, en Montenegro: sus escarpadas montañas de piedra, las praderas verdosas, sinuosos caminos que llevan a los escasos hogares de los habitantes de la zona… Una atmósfera exquisita recreada en el documental con todo el encanto que, sin duda, el lugar despierta en su realizador. Y en medio de un hostil entorno, de arduas temperaturas y medios escasos, la vida de peculiares personajes que parecen formar parte del paisaje: un anciano pastor amante de los viejos dichos y de las leyendas del lugar, una joven embarazada amante de su familia, un hombre obstinado ansioso por arreglar el trazo de una carretera…Curiosas cotidianidades, tan lejanas pero con la capacidad, a un tiempo, de despertar en nosotros una extraña familiaridad: en los valles montenegrinos subsiste la vida, mucho más auténtica y salvaje que en nuestro asfalto diario. En su lucha continua por sobrevivir, encontramos la verdadera esencia de lo que nos hace humanos.
Traslado Silencioso, cortometraje documental de sencillísima realización y desnuda puesta en escena, construye una mirada durísima en relación con un trámite tan delicado como es la incineración de personas solas, ante cuya muerte ningún familiar o amigo responde. Planteado como una transición lenta de secuencias en blanco y negro, Huke nos va conduciendo por la tétrica burocracia que llevan a cabo administrativos, encargados de rastrear el hogar del difunto anónimo para obtener pistas sobre el paradero de sus allegados, en un macabro emulo de una película de espías. Su posicionamiento neutral, gélido en su planteamiento y desarrollo, consigue que entendamos que, efectivamente, en determinados casos la muerte sólo es un problema que resolver, y el cadáver un despojo social que retirar. Y esta reflexión sobre el final, tan valiente como despiadada, le ha valido el 1er Premio del Jurado en su categoría.