Will Ferrell

El indomable Will Hunting: Cinco enunciados

1Un estudiante adolescente en Superstar (Bruce McCulloch, 1999), una de las mejores películas nacidas de la escuela del Saturday Night Live (VV.AA., 1975-?, NBC). Un hijo eternamente dependiente en De boda en boda (Wedding Crashers, David Dobkin, 2005) —que no para de gritar ¡mamá!— y en Hermanos por pelotas (Step Brothers, Adam McKay, 2008). Y, como quintaesencia de sus personajes, un inocente y desinhibido niño rebelde en el cuerpo de un adulto en Elf (Jon Favreau, 2003). El actor americano Will Ferrell es destacable por muchos motivos, en primer lugar por su juventud forzada, o, más bien por su insistencia en interpretar personajes infantiles, prepubescentes y adolescentes. ¿Existe algún cómico actual que confunda tanto a este nivel hasta el punto de que realmente nos preguntemos por su verdadera edad? (Concretamente, tiene 42 años). Como Jerry Lewis, Ferrell se resiste a abandonar un reino pre-adulto e inadaptado socialmente. «Que no ha sido presentado como es debido al mundo en que vivimos», como en una película de Nicholas Ray. Una película clave (si no la mejor) en el desarrollo de su carrera fue Aquellas juergas universitarias (Old School, Todd Phillips, 2003), que le llevó más allá de la comedia adolescente a la vez que le colocaba como el adolescente perdido intentando recuperar su juventud salvaje. Todo esto prepara el escenario para la personalidad de Ferrell en la pantalla: su exhibicionismo (con tantas escenas ¡look at me!), su narcisismo (dando muy a menudo la impresión de estar actuando frente a un espejo o frente a la cámara más que junto a sus compañeros de reparto), sus gritos y lamentos continuos, y la insistencia por conseguir centrar toda la atención en sí mismo. Incluso cuando representa un héroe obviamente adulto —en Pasado de vueltas (Talladega Nights: The Ballad of Ricky Bobby, Adam McKay, 2006), por ejemplo— está estrechamente ligado a traumas relacionados con severas figuras paternas (como el padre errante y largo tiempo ausente, cuyo agobiante mantra es «si no eres el primero, ¡eres el último!»). Esta juventud tan duradera (es difícil imaginar a Ferrell —algo similar ocurre con Jean-Pierre Léaud en este aspecto— interpretando en una película a un padre con hijos) es la razón de que pueda comprender y dialogar frente a los balbuceos carentes de sentido de un niño pequeño en la popular película de internet The Landlord (del portal Funny or Die), como si ambos estuvieran exactamente al mismo nivel de desarrollada (in)madurez —un gag que anula de forma brillante el sentido habitual de la alternancia entre los dos polos opuestos (el punto de vista adulto y el punto de vista infantil). Las películas de Ferrell siempre proporcionan aventuras extrañas e imaginativas desde un punto de vista cinematográfico —como encontrarse dentro de ese disfraz con cabeza gigante a punto de vomitar en la sublime Patinazo a la gloria (Blades of Glory, Josh Gordon & Will Speck, 2007).

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2A Will Ferrell le encanta interpretar personajes que se aman a sí mismos, haciendo gala de su estupidez. Egocentrismo sin límites: por ejemplo, el segmento More Cowbell de Saturday Night Live (8-04-2000)  en el que, interpretando una estrella del rock un tanto desorientada, él (alentado por Christopher Walken) explora el espacio del estudio con la estruendosa monotonía de su cencerro. Y otro momento supremo de SNL, que seguramente influenció a muchos votantes en las últimas elecciones en los EE.UU.: Ferrell caracterizado como George Bush Jr. diciendo que cuando votes a John McCain, «estarás viendo mi cara». Y por encima de todo esto, su serie ‘Americanos Mediocres’ sobre perdedores que se creen maravillosos: Actualmente, esta trilogía anunciada contiene ya a El reportero (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy, Adam McKay, 2004) y Pasado de vueltas, aunque varios de sus trabajos podrían completar la cuenta. Tanto estos dos films, como Patinazo a la gloria Semi-Pro (Kent Alterman, 2008), están basadas en el contraste entre la implacable distancia que separa la cariñosamente cuidada imagen que el personaje tiene de sí mismo y la cruda realidad: seducción contra sordidez (Patinazo a la gloria), virtuosismo contra mediocridad (el solo de flauta a lo Jethro Tull en El reportero), profesionalidad contra la suerte del principiante (Semi-Pro). Una carrera tan sumamente coherente inmediatamente llama la atención sobre algo obvio: ¿qué parte de todo esto es responsabilidad suya?, ¿es él su propio autor? Muchos —tal vez la mayoría— cómicos de gran talento, tanto en América como en el resto del mundo, no lo son: si excluimos actores-directores de la talla de Charles Chaplin, Buster Keaton (al menos un tiempo), Jerry Lewis y Albert Brooks, o Maurizio Nichetti, Alberto Sordi, Jean-Pierre Mocky y Nanni Moretti, la mayoría de los que se hallan bajo estas enormes sombras no han sido capaces de tomar las riendas de su carrera ni de encontrarse con el director-escritor que obtuviese lo mejor de sus talentos. Buenos ejemplos americanos son: Jim Carrey, Robin Williams, Tony Randall, Molly Shannon, Charles Grodin. Ferrell, sin embargo, al menos tiene sus alianzas creativas clave: con Adam McKay, por ejemplo. Se presenta (por ejemplo en Hermanos por pelotas) como coguionista y productor ejecutivo —y juega un papel importante en la web Funny or Die. ¿Pero es esto suficiente para justificar su genialidad? Otras fuerzas dentro de la industria parecen empujarle en direcciones distintas —hacia comedias romanticas más convencionales como Embrujada (Bewitched, Nora Ephron, 2005), por ejemplo (véase el enunciado 4)— o hacia papeles puramente dramáticos (Más extraño que la ficción [Stranger Than Fiction. Marc Forster, 2006]), que es la eterna tentación para cualquier cómico. Pero ambas opciones significarían que Will Ferrell tendría que madurar (ver enunciado 1)…

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3Fue Luc Mollet (curioso caso de un director que se convirtió en actor cómico a través de su propia obra —como Godard) que en cierta ocasión dijo que en el reino de la comedia, el lema del director-actor debería ser: rebajarse para conquistar. Significado: No hay ninguna interpretación, situación, gesto o postura lo suficentemente vulgar, infame o degradante para él (o ella). El cómico debe deformarse a sí mismo, convertirse en lo más feo y grotesco posible: esto es su ‘patinazo a la gloria’. (Elaine May, una gran y desconocida autora americana, escogió un camino menos transitado: hizo que su hija, Jeannie Berlin, se rebajase para conquistar en la versión original de The Heartbreak Kid,1972) Will Ferrell, en este sentido, va más allá que la mayoria de los cómicos americanos. Jerry Lewis podía contorsionarse espasmódicamente una y otra vez, pero su narcisismo (en contraposición al narcisismo de interpretación frente al espejo de su personaje) siempre insistía en la estilización, la buena forma física y la belleza absoluta de su cuerpo (estos últimos años le ha costado mucha medicación y mala salud tomarse su venganza contra el castigador régimen de juventud forzada que supuso). Ferrell es distinto: en More Cowbell o en Patinazo a la gloria se suelta la melena. Contradiciendo su naturaleza infantil y su pelo rizado, se impone una figura más adulta como si se tratara de un feo signo de exclamación. Ferrell también arriesga lo suyo en el papel del Típico Macho Americano: Desde el temprano punto de referencia de Movida en el Roxbury (A Night at the Roxbury, John Fortenberry, 1988) hasta Patinazo a la gloria (con sus continuos y pasolinianos planos del paquete), el subtexto (como les gusta decir a los americanos) es asombrosamente protogay. Casi todas las comedias trash americanas (desde Pauly Shore en adelante) juegan con esto de forma intermitente, pero Ferrell lo lleva al extremo: Véase si no, el momento de Patinazo a la gloria en que su personaje, Chazz Michael Michaels, se rebaja a cantar al teléfono a su compañero de patinaje Jimmy McElroy (Jon Heder), estas letras de Aerosmith: «I’d still miss you, baby, and I don’t want to miss a thing» («todavía te echo de menos, nena, y no quiero perderme nada»).

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4Will Ferrell es el cómico de la ironía, una ironía de múltiples capas sin fin. Por esto un proyecto como Embrujada no funciona con él (la teoría de la interpretación, como propuso una vez el nada convencional teórico John O. Thompson, debe desarrollarse a través de la método de sustitución, de un experiencia mental de casting): nunca será un Cary Grant (ni tampoco un Adam Sandler) porque ningún espectador se va a tragar el momento serio, el de la conversión o regeneración. Siempre estamos pendientes, esperando el giro de la trama, la gracia que cierra un diálogo, el final extra tras los créditos finales —al igual que nos ocurre (un poco en menor medida) con Ben Stiller, un sorprendente actor-director. Esperamos el gesto, la frase o el toque cinemático que elimina la premisa dramática, difuminando cualquier pretensión. En Pasado de vueltas, como en la mayoría de sus películas, Ferrell se pone a prueba en cuanto a  cómo debería comportarse o interpretar un momento convencional determinado: “¿Vamos a hacerlo ahora? Estoy muy cachondo“. Ferrell, a través de todas las mascaras, de todos los artificios, de toda la ironía, no puede alcanzar el nivel de patetismo que sí logra Sandler. Pero entonces, ¿por qué habría de querer hacerlo? Ferrell está asociado a, y es el principal actor de, un cine pop repleto de clichés: tramas, héroes, desenlaces. (En este sentido, John C. Reilly, principalmente un actor dramático, se alinea rápidamente con Ferrell, en Pasado de vueltas y Hermanos por pelotas en las que aparecen juntos, y en Walk Hard: The Dewey Cox Story [Jake Kasdan, 2007] que protagoniza). En estos films todo es fingido, un pastiche (como la maravillosa canción Love Me Sexy de Semi-Pro): en la obra maestra de esta corriente de NCA Zoolander (Ben Stiller, 2001), Ferrell, en el rol de Mugatu, el diseñador desquiciado e intrigante, aparece en un montaje animado, al tiempo eisensteiniano y extravagante, que parodia el delicado y trascendental lavado de cerebro audiovisual de The Parallax View (1974) de Alan J. Pakula: perfecta abstracción de Ferrell como una figura de la pantalla.

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5Tengo un consejo para Will Ferrell: debería interpretar a Ted Bundy. El asesino en serie tremendamente encantador para las mujeres, que se defendió a sí mismo en su juicio. Son casi iguales: rostro severo, ojos de loco y bastante pelo. Sí, sé que Robin Williams ya ha recorrido este camino en Retratos de una obsesión (One Hour Photo. Mark Romanek, 2002) e Insomnio (Insomnia. Christopher Nolan, 2002), mostrando fácilmente cómo la comedia neurótica puede dar lugar a una sociopatología; del mismo modo que hicieran Nanni Moretti en Bianca (N. Moretti, 1984) o —un ejemplo enriquecedor— Jerry Lewis en El rey de la comedia (The King of Comedy,1982) de Martin Scorsese. Cuando los actores de comedia han abordado papeles serios lo han hecho de muy diversas formas. A Will le vimos muy serio, casi inexpresivo, en Más extraño que la ficción, una película modélica e inteligente aunque infravalorada; aquí el cómico exuberante se reprime, está torpe, rígido, mecánico. Enfrentándose a la vida como la Jeanne Dielman de Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975): la vida, con sus errores sin solución y situaciones fortuitas, sus tropiezos y patinazos, le hace más flexible, le humaniza, de hecho. Pero la sutil habilidad de la película en sí misma, haciendo gala de una compleja estilización (muy bien aplicada), no deja de jugar con algo artificioso e inhumano en Ferrell. En el atípico experimento de Wood Allen, Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004), equilibrado extrañamente entre una versión cómica y otra dramática del mismo destino, la incertidumbre del campo de juego y el argumento de Allen deja a Ferrell atascado entre, precisamente, la actuación convencional (identificación, inmersión, empatía, implicación) que puede desear alcanzar, y los dominios más quebradizos y artificiales donde ya ha sobresalido. Por el momento, Will Ferrell está perfectamente acomodado en la NCA y sus numerosos nuevos proyectos (el final de la Trilogía de la Mediocridad o Anchorman 2) así lo dejan claro. Pero su futuro solo puede ser resuelto por lo que en ajedrez se conoce como movimiento del caballo: algún rol, algún concepto o idea, algún encuentro o alquimia en los límites de la película, que esté completamente alejado de lo esperable. De la misma forma en que lo lograron Bill Murray al unirse a Jim Jarmusch, Lilly Tomlin a Robert Altman, o Buster Keaton a Samuel Beckett.


Traducción de Sergio Vargas y José David Cáceres Tapia. Versión original en inglés