Perdidos. El camino de la redención

Vivir juntos, morir solos

Uno de los grandes aciertos de Damon Lindelof y Carlton Cuse como showrunners de Perdidos, y que de hecho ha permitido que la serie no se haya estancado de forma prematura como le ha ocurrido a la mayoría de sus supuestas herederas —y ahí me vienen especialmente a la cabeza las muy flojas Heroes y Flashforward—, es que no han tenido miedo a que su desarrollo narrativo estuviera, sobre todo a partir de la tercera temporada, en continua evolución. Y no únicamente porque hayan buscado la forma de seguir sorprendiendo al espectador con sus juegos espacio-temporales, sino también porque se han atrevido a que el status quo general varíe y mute de forma continua para adaptarse tanto a los conflictos íntimos de sus personajes como a los grandes temas que, con sutilidad, sus creadores deslizan dentro del envoltorio de su trama.

Y es que no nos engañemos: estamos hablando de una obra que, como todas las buenas incursiones en la ficción de género, es capaz de conciliar felizmente la reflexión y la pura aventura —dicho esto último en el mejor de los sentidos—. De ahí que cuente con un grupo de protagonistas que, estén diseñados bajo una imagen más tradicional o mediante características más modernas, siguen a rajatabla el esquema del itinerario clásico del héroe tal y como fue descrito por el mitólogo Joseph Campbell. Todas las pruebas, los sufrimientos y las penitencias que han tenido que superar todos ellos durante las cinco temporadas emitidas hasta el momento están encaminados a la consecución del objetivo dramático que el creador de El héroe de las mil caras denominaba “la expansión de la conciencia y, por ende, del ser (iluminación, transfiguración, libertad)” o, utilizando una terminología que quizá resulte más clarificadora, un proceso de maduración que les lleve a reconciliarse, a encontrarse en paz con sus demonios interiores. De hecho, no es difícil, a partir de ello, distinguir cuándo un personaje está destinado a morir en el futuro próximo de la serie: en Perdidos, basta con encontrarse a uno mismo para convertirse en una pieza dramáticamente prescindible —si bien hay personajes, como Charlie o Jin, que pese a haberse redimido tiempo atrás, han permanecido dentro del cast sólo por el carisma del actor o el interés del público hacia el personaje—.

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En ese sentido, hay algo que considero especialmente atractivo de Perdidos, y es que ese enfoque, digamos, redencionista, permite a sus autores abordar la figura del héroe dede una perspectiva que quizá no sea renovadora, pero desde luego destaca por su complejidad. Y no me refiero a personajes como Sawyer —que, pese al carisma y la presencia física que le proporciona Josh Holloway, no deja de ser poco más que una versión sureña de Han Solo— o Sayid —al que le pesa demasiado su concepción como secundario, dificultándole brillar por sí solo—, sino a otros, a primera vista, más convencionales como Jack, Locke, o incluso la misma Kate, y que se han ganado el rechazo de parte del público precisamente por su comportamiento, en el fondo, más antiheroico de lo esperado en ellos partiendo del papel que juegan dentro de la trama.

Llegados a este punto, antes de seguir me veo obligado a hacer una confesión personal: siento un especial interés por el neurocirujano que aborda Matthew Fox y por sus problemas para asumir el liderazgo del grupo de supervivientes del Oceanic 815. En gran parte, porque refleja con notable fidelidad hasta qué punto la sociedad consumista que hemos creado glorifica y estimula el individualismo y la egolatría, pero en cambio ve con recelo, e incluso llega a frenar, los comportamientos positivos en beneficio de la comunidad. Creo que existen unas concomitancias muy interesantes, además de muy reveladoras, entre el personaje y Kenzo Tenma, el protagonista del manga Monster, de Naoki Urasawa. Ambos personajes son cirujanos que, por circunstancias forzosas, se ven obligados a abandonar su profesión, pero siguen arrastrando consigo una obsesión casi enfermiza —incluso diríase, sobre todo en algunos momentos, que egoísta— por ayudar a los demás, por seguir curando, que les lleva prácticamente a anularse como personas. Así pues, las características que convierten a Jack en héroe, y le hacen convertirse en el líder de facto de los protagonistas, son también las que le convierten en alguien infeliz, y poco a poco van minándole hasta llevarle a una espiral autodestructiva. Ésa es la maldición personal que le impide acceder a la iluminación definitiva que le corresponde como héroe clásico —si bien la aceptación de la fe como complemento de la ciencia que adquiere durante la quinta temporada parece que va encaminada a ello—, de ahí que sea necesaria una resurrección (figurada) antes de ser capaz de superar sus limitaciones.

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Quien sí que ha vivido unas cuantas vueltas a la vida, y además nada figuradas, es Locke. Desde el principio de la serie, Lindelof y Cuse lo han utilizado como una especie de yang del ying de Jack, y la elección no es gratuita. Porque mientras el médico es una ejemplo clásico de héroe humano, en cambio el personaje abordado por Terry O’Quinn pertenece al grupo de los héroes primordiales, aquéllos que nacen marcados como tales, con dones sobrenaturales que sólo desarrollarán en cierto punto de su existencia —de la misma forma que Desmond sería una especie de punto medio entre ambos, una especie de héroe primordial reticente—. Sin embargo, lo dramático del personaje es que, aunque su conexión espiritual con la isla debería haberle convertido en un líder indiscutible, y una figura fundamental dentro de los acontecimientos de la serie, jamás lo ha logrado plenamente porque, como la mayoría de los semidioses, tiene un particular talón de Aquiles: un carácter débil y manipulable. De ahí que, incluso cuando ha tenido la oportunidad de redimirse y demostrar su madera de héroe, haya acabado ejerciendo de simple peón en los juegos de poder entre personajes más inteligentes y, sobre todo, más maquiavélicos —algo que ha llegado a su cénit en la quinta temporada, en la que se ha convertido en un inesperado caballo de Troya con el que derrocar al mismísimo Jacob—. ¿Será el único de los personajes que no llegue a alcanzar esa transfiguración final? La respuesta sólo la tienen los showrunners de la serie.

Manteniéndonos dentro de una perspectiva mitológica, otro personaje que resulta bastante más suculento de lo que parece a primera vista, cuando no está desaprovechado como simple vórtice de todo tipo de triángulos y cuadrángulos amorosos, es Kate —¿hay algo más aburrido que las discusiones entre jaters y skaters?—. Se trata de uno de los pocos personajes femeninos que se esfuerza en equilibrar su propia feminidad con una capacidad para la aventura a la altura de sus partenaires masculinos, o más bien, recogiendo los arquetipos del inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung, con su animus —es decir, el lado varonil que las mujeres guardan en su interior—. Ahí reside, de hecho, el conflicto principal del personaje, en su incapacidad para conciliar plenamente sus aspiraciones femeninas, más profundas y maternales, con su espíritu masculino, rebelde e indómito. El contraste establecido por Lindelof y Cuse con otros dos personajes femeninos que comparten esa misma dualidad, Juliet y Ana Lucía, es evidente: si la primera logra, en todo momento, dar mayor peso a su feminidad, en cambio la segunda ha renunciado a ésta por completo, poniendo todo el peso de su personalidad en su animus. Las huidas perpetuas de Kate, así como su incapacidad para decidirse entre Jack y Sawyer, parten precisamente de su miedo a renunciar por completo a su lado masculino, lo que para ella equivale a establecerse y a echar raíces, pero también a la imposibilidad de los dos héroes masculinos de complementar el animus de su interés amoroso mediante su anima —o sea, su aspecto femenino—. La figura de Aaron, que ha estimulado definitivamente el instinto maternal del personaje, ha supuesto un primer paso fundamental para su futura iluminación: está claro que el siguiente avance en ese sentido residerá en que acepte por fin, de forma definitiva y sin dobleces, el amor de uno de sus dos pretendientes.