Sitges 2012: Volumen 8

Por

(%)

Ayer el proyector (la máquina, no el señor, o señora) no soportó el pase de Sinister y cascó en mitad de la película. Quince minutos tensos pero al final la película pudo continuar con un proyector nuevo. El film de Pascal Laugier The Tall Man generó división de opiniones, también dentro de nuestra revista, y como en el twitter ya hemos hablado un poco mal de ella, dejamos a Ignacio que nos cuente por qué a él le gustó. 

Sinister, de Scott Derrickson (EE.UU.) SOFC

La última película del director de El exorcismo de Emily Rose encajaría muy bien en un tríptico junto a The Cabin in the Woods y The Lords of Salem. Las tres escupen a la cara a las convenciones de un género que a pesar de estar en un buen momento, precisamente gracias a propuestas de este tipo, en líneas generales sigue empeñado en la copia y el reciclado de estructuras fílmicas tan asimiladas por el espectador que está casi convencido de saber como van a terminar la historias desde el primer minuto. En Sinister, prácticamente al comienzo, cuando Ellison Oswalt, el protagonista interpretado por Ethan Hawke (cuya foto podría aparecer al lado de la palabra hipocresía en el diccionario) escribe dos preguntas en su libreta, nos está revelando implícitamente lo que ocurrió. Algo que nos va confirmando el desarrollo posterior de los acontecimientos. Una vez sabemos el pasado, la inercia en este tipo de producciones nos lleva directamente a conocer el futuro. Eso aquí se rompe. Primero, como en Insidious (otro oasis en el desierto) los protagonistas se alejan del foco del mal (que como en aquella, les perseguirá), y eso que a Ellison le cuesta lo suyo, preocupado por convertirse en el nuevo Capote (humildad ante todo).  Y más tarde, con la ayuda del joven agente de policía todo parece apuntar a que conseguirán romper la tradición (o sea, que perpetuarán las tradiciones del género), pero hay cosas que no pueden cambiarse. Aunque Derrickson abusa de ciertos efectismos sonoros puntualmente, lo compensa con creces con la utilización de una estupenda banda sonora de Christopher Young. Una electrónica oscura que nos taladra a base de bucles sin dejar margen de actuación a unos personajes que seguirán, porque no debería ser de otra forma, el camino marcado en el brutal y coherente desenlace que no deja de ser otro bucle, retorcido y siniestro.

Chained, de Jennifer Lynch (EE.UU.) SOFC

La directora de Surveillance comentó que el ganar el premio en Sitges en 2008 con aquella le convenció de que debería seguir haciendo cine. Bien por ella, porque tiene carácter y formas de autora. La premisa argumental de Chained es ciertamente muy potente. Un psicópata que entierra los cadáveres de las mujeres que viola en su aislada casa de campo, se queda con el hijo de una de ellas, y lo utiliza prácticamente como esclavo. Pasan diez años y la situación continua igual, pero ahora ese niño es un hombre. Como ya ocurría en Surveillance, hay un sorprendente giro final que hace que una situación tan inconcebible como esta cobre algo de sentido, y si bien narrativamente le falta algo de la elegancia que requería un requiebro semejante, no deja de ser de necesaria ejecución para cerrar la historia con cierta coherencia. Vincent D’Onofrio, gordo como un demonio, construye una encarnación del mal creíble y temible. Puede parecer (y más en un festival como Sitges) que a la película le falta algo cuando no nos muestran su lado violento aún más de cerca (apenas se vislumbra lo que hace con las chicas una vez las introduce en la casa, en un cuarto que se muestra rara vez), pero a Lynch lo que le interesa contar es la relación que se contruye entre ambos personajes (interesa también por varios motivos, sobre todo narrativos, la inclusión de los flashbacks del personaje de D’Onofrio), y en ese sentido la película triunfa, con una admirable utilización del espacio en esa pequeña casa (en ese salón, concretamente) en el que se desarrolla la mayor parte del metraje. Al igual que con el film de Pascal Laugier, The Tall Man, hay discutibles giros en el guión y el argumento podría pertenecer perfectamente a un telefilm, pero de lo que no tengo duda es de que Jennifer Lynch es mejor narradora que el cineasta galo. Sergio Vargas

The Tall Man, de Pascal Laugier (Francia) SOFC

La tercera película del cineasta galo Pascal Laugier ha sido uno de los platos más esperados en la reciente edición del Festival. Y compartían el morbo por descubrir los resultados tanto los furibundos detractores que normalmente recurren a toda suerte de argumentaciones éticas y estéticas con las que, literalmente, me pierdo y la reducida pandillita que aplaudió la provocativa y polémica alegoría sociopolítica MartyrsThe Tall Man habla, nuevamente, de la violencia de carácter correctivo sobre el cuerpo social e individual ejercido por los poderes políticos y económicos y los niños vuelven a cobrar una relevancia decisiva, pero si bien las tesis postuladas resultan tan perturbadoras como lúcidas, Laugier sustituye la gramática del torture porn por un canónico thriller de intriga. Me atrevería a decir que nos hallamos ante una de las películas más descarnada y auténticamente humanas del cine reciente: la ambigüedad moral tiñe un relato que medita acerca del colapso irremediable del sistema capitalista, y cuya contundencia final no resulta en modo alguno impositiva, sino que abre con violencia vías paralelas de reflexión. Una ambientación esforzadamente sombría y un dominio magistral de los resortes narrativos redondean esta obra magna sobre males endémicos y bucles sistémicos.

Rurouni Kenshin, de Keishi Otomo (Japón) SOFC

Decenas y decenas de conmocionados adolescentes afines a expomangas y eventos semejantes manifestaban trémulos su entusiasmo en el Auditori ante la inminente proyección de Rurouni Kenshin, adaptación de acción real del celebérrimo manga de Nabuhiro Watsuki sobre las complejas consecuencias que trajo el advenimiento de la Era Meiji a un Japón que viviría todo tipo de mutaciones sociales, económicas y políticas. El protagonista, un andrógino e itinerante ex-samurai que se niega a matar con su espada es la icónica efigie en la que se condensan las contradicciones de la época. Y durante su primera hora, narrada con un pulso excelente y una puesta en imágenes vigorosa, el filme tiende un imprevisto puente hacia nuestros tiempos y se pregunta por la condición del heroísmo en una era de sospechosa paz social, donde el valor de cada cosa (material e inmaterial) es proporcional a su peso en oro. Con ecos del Kurosawa de Yojimbo Sanjuro, Rurouni Kenshin destila un pacifismo tan naif como anacrónico en este sentido, sería interesante contrastarla con la maravillosa Wu Xia, también proyectada durante el certamen, de cuyo carácter eminentemente quimérico se hace eco el propio filme en su apuesta por la utopía como horizonte social. Tenemos varias cosas que agradecerle a Otomo: que las más de dos horas y media se pasen en un suspiro, que integre tan hábilmente las mecánicas de los videojuegos hack & slash en las secuencias de acción y que su primera obra estrenada en cines no parezca un irritante y vulgar ejercicio de cosplay cinematográfico. Ciertamente, hay personajes deficientemente desarrollados y, concluida la experiencia, nos da la sensación de que podría haber dado (mucho) más de sí. Pero, incluso pese a que se quede a la mitad de las aventuras de Kenshin Himura concebidas por Watsuki, Rurouni Kenshin manifiesta una notable autonomía como relato autoconclusivo, al margen de que lleguen a rodarse las posibles secuelas. Ignacio Pablo Rico