Yippie ki-yay, hijo de puta

Sobre las derivas del cine de acción contemporáneo

Tonio: —Pensando un poco en cómo comenzar esta conversación, me venía a la cabeza que un ejemplo muy paradigmático de la actual situación del cine de acción está en el salto de 12 años que se produce entre dos películas de la misma saga como Jungla de cristal: La venganza (Die Hard: With a Vengeance; John McTiernan, 1995) y La jungla 4.0 (Live Free or Die Hard; Len Wiseman, 2007). La primera es todavía heredera de ese actioner muy físico, muy visceral, que proliferó en los 80 y en los 90, mientras en la segunda ya se impone ese abuso de los efectos CGI que tanto abunda ahora en el género, y que creo que le quita algo que a mí me parece imprescindible: la sensación de peligro, de amenaza sobre el protagonista. En la película de Wiseman, Bruce Willis parece un superhéroe, en lugar de un policía. No te da miedo que le pase algo. No hay conexión emocional.

Salvador: —Bueno, para romper una lanza a favor de los villanos, lo peor es que incluso te da igual qué les va a pasar a ellos. Viendo Commando (Id.; Mark L. Lester, 1985) no temes en ningún momento por la vida de John Matrix (Schwarzenegger) o su hija. Aquél también era una especie de superhéroe indestructible que carga troncos de secuoya como quien masca un mondadientes. Pero esa fisicidad de la que hablas, que en aquella peli es brutal, hace que temas, en cierto modo, por los secuaces del malo. Porque Arnie las lanzas las rompe en sus espaldas. Lanzas, machetes, sierras radiales, tuberías y plomo a tutiplén. De hecho, la remota relación entre él y Wiseman es demoledora en este sentido. Basta con mirar lo bestia y explícita que era una película como Desafío total (Total Recall; Paul Verhoeven, 1990) y compararla con la inanidad de remake que ha parido el listillo que se encama con la Beckinsale. ¿Qué tenemos en La jungla 4.0? Una pista looping absurda, un camión y un helicóptero infográficos.

T.: Es verdad que Arnie y Sly eran bestias pardas con músculos hasta en las cejas, pero también creo que sus mejores películas (o al menos, las que mejor funcionaban) eran aquéllas en las que se enfrentaban a enemigos a su altura. En las que había cierta amenaza. Así, a bote pronto, me vienen a la cabeza Depredador (Predator; John McTiernan, 1987) y Rocky III (Id.; Sylvester Stallone, 1982). De todas maneras, y hablando de ese concepto de fisicidad, tan abstracto y tan hermoso, mi impresión personal es que los directores de acción de los 80 y los 90 aún eran tipos que se habían liado a hostias en la calle, que sabían lo que era una pelea de verdad, y así lo mostraban en sus películas. Pienso, por ejemplo, en Tom Savini y cómo su experiencia en Vietnam marcó su trabajo en los efectos de maquillaje gore. En cambio, los que abordan ahora el género no conocen la violencia más allá de las películas y de los Street Fighter o los Tekken, y por eso, a no ser que tengan una especial conciencia sobre la estética del actioner, les salen churros posmodernos e inanes como Max Payne (íd.; John Moore, 2008). Videojuegos sin mando con el que controlarlos, y encima mucho más aburridos que, qué sé yo, un Metal Gear Solid o un Halo.

S.: Yo imagino que Steven Spielberg las hostias las viviría como sujeto pasivo, en el patio del colegio, pero nos vale como el tipo de experiencia que mencionabas. Uno se da cuenta del daño de dejarse llevar por el hardcore infográfico comparando las tres primeras aventuras de Indiana Jones con el último esperpento que le dedicaron al arqueólogo. En general, se está perdiendo visceralidad en todos los aspectos de la vida. De hecho, una cosa tan aparentemente banal como el uso del término actioner es un claro ejemplo.

T.: Es verdad, que a ti el término te da grimilla. Yo lo uso como sinónimo, que siempre va bien para no repetirse, pero lo cierto es que me gusta más cine de acción. O de hostias, vamos. Si a alguien hay que culpar de tanto uso y abuso de los CGI en el género es, creo, a los Wachowski y a su Matrix (The Matrix, 1999). Una película que quiso revolucionar el cine y que me da la impresión de que se ha diluido como un azucarillo, sobre todo porque esa obsesión de los hermanísimos por llevar la estética anime a la imagen real le funcionó, creo, mucho mejor a Stephen Norrington en Blade (íd., 1998). Me da la impresión de que los golpes de katana de Wesley Snipes han dejado más huella, finalmente, que todas las volteretas y las cucamonas de Keanu Reeves. Desde luego, en cuanto a carisma, no hay color. Pero además, hay que reconocerle a Norrington que supo hermanar ese dinamismo hongkonés en las escenas de acción con una fisicidad todavía reminiscente de lo mejor del género.

S.: A mí en Blade me funciona muy bien esa parte más física. Su CGI es lo que hace que guarde peor recuerdo de ella. Tengo en la mente el «¡Uala, s’ha regalao!» de un garrulo durante la proyección de Blade II (íd.; Guillermo del Toro, 2002). Fue durante un momento de violencia marcial. No hay que desdeñar la sabiduría del extrarradio, donde nunca escucharemos jamás decir actioner, a no ser que bauticen así a un modelo de llantas. Ya sabes de lo que hablo, de notar un corte de aliento generalizado en una sala cuando Jet Li y Jason Statham le parten el cuello a Gary Daniels en Los mercenarios (The Expendables; Sylvester Stallone, 2010).

T.: Bueno, es que seguramente ahí reside una de las claves del buen funcionamiento del género: su conexión con la parte más primitiva de nuestro cerebro, esa parte reptiliana que controla nuestro instinto de conservación y nuestros impulsos sexuales, y que nos hacen regocijarnos —cada vez más secretamente, por aquello de que ya no es políticamente correcto— cuando el protagonista de una película de acción le rompe la crisma a un adversario. Y me da la sensación de que, de forma instintiva, incluso el espectador menos formado intuye cuando le están intentando timar vía CGI, por eso siguen impresionando más las escenas de violencia creadas por especialistas que las retocadas vía ordenador. Ahí, de nuevo, han sido los orientales quienes han entendido mucho antes que los occidentales lo que funciona, de ahí fenómenos como Ong-Bak: El guerrero muay thai (Ong-Bak; Prachya Pinkaew, 2003) o las más recientes Redada asesina (Serbuan Maut; Gareth Evans, 2011) o El hombre sin pasado (Ajeossi; Lee Jeong-beom, 2010), que hipnotizan al público porque apuesta por un tipo de coreografías hiperrealistas, muy muy físicas, en las que cada golpe duele. Como en los viejos tiempos, vamos.

S.: Es que, ahora que mencionas lo de las coreografías, entre los cables y el retoque infográfico, habíamos llegado a un punto en que hasta Drew Barrymore y Christopher Lee se atrevían con las artes marciales. En fin, ya sé que las prestaciones dramáticas de Gina Carano o, en su momento, Cynthia Rothrock, son muy limitadas. Es difícil encontrar un equilibrio. En cuanto a mujeres sólo se me ocurren asiáticas como Michelle Yeoh.

T.: Al fin y al cabo, ese punto que tú mencionas fue un intento de la industria de convertir a los actores, digamos, convencionales en estrellas potenciales de las artes marciales. Lo que dramáticamente quizá funcione, pero a nivel técnico… No. Hace poco, escribiendo sobre la evolución de las escenas de acción de la franquicia Bond, me topé con un artículo de David Bordwell que comparaba las set pieces de Armas invencibles (Ging Chaat Goo Si; Jackie Chan, 1985) con las de El mañana nunca muere (Tomorrow Never Dies; Roger Spottiswoode, 1997), señalando que las de la primera eran más vibrantes y más excitantes porque, al estar rodadas en plano secuencia, se hace evidente que no hay truco. Es la habilidad de Chan y su grupo de especialistas la que crea la emoción. En la segunda, en cambio, se intenta crear ese efecto mediante el montaje, porque uno diría que Pierce Brosnan no puede dar un puñetazo sin romperse una uña. Y me da la sensación de que el cine de acción occidental abusa, cada vez más, de esto último.

S.: Cierto, incluso cuando cuentan con una estrella capaz de dar un par de galletas con cierta gracia. Yo prefiero esa continuidad en la imagen que te da el plano secuencia, aunque reconozco que no todos los montajes hiperfragmentados son iguales. Pienso de nuevo en Los mercenarios. Ahí entra en juego la fuerza del director por dar importancia a la belleza de la violencia, por atrapar la acción y su consecuencia. No deja de ser importante quién da y recibe los golpes. Yo sigo sin creerme a Matt Damon en la piel de machacas.

T.: Fíjate que a mí Paul Greengrass me parece la excepción que confirma la regla. Sé que a ti los Bourne no te gustan mucho, pero considero que Greengrass sabe dejar muy clara la posición de los personajes y la geografía de los escenarios, con lo que, pese al montaje vertiginoso, evita el efecto Michael Bay, que acabes por no enterarte de lo que ocurre en pantalla. De todas maneras, y mentando a la bicha, hay que reconocer que la reciente locura por estrenarlo todo en 3D ha traído una cosa buena: que, a no ser que quieran hacer a la gente vomitar en masa, deben frenar un poco los movimientos de cámara. Algo que beneficia, y mucho, a Transformers 3: El lado oscuro de la luna (Transformers: Dark of the Moon; Michael Bay, 2011), aunque Mark Neveldine y Brian Taylor se lo pasaran por el forro con Ghost Rider: Espíritu de venganza (Ghost Rider: Spirit of Vengeance, 2011).

S.: Sin ser un entusiasta de la saga Bourne ni de Greengrass, sí que reconozco que hace un uso interesante del montaje. Por lo menos en cuanto a ritmo. Es curioso, en cierto sentido siento más aprecio por la primera entrega, estando dirigida por un tipo bastante inepto. Será porque la encuentro más directa, quizá más despojada de excusas. Por cierto, en ella podemos ver otra forma de llegar a convertir en un fenómeno marcial a cualquiera, sin tanto trucaje y con algo más de trabajo artesanal. Lo que está haciendo Alain Fligarz con el cine de acción francés, europeo en general, es inalcanzable. Para mí, lo suyo es cascadeur de autor.

T.: Ya que mencionas a Fligarz, empieza a ser hora de reivindicar como se debe a los montadores, a los directores de segunda unidad y a los coreógrafos de acción. Porque mucha gente ha achacado los cambios formales de Venganza: Conexión Estambul (Taken 2, 2012) simplemente a la torpeza de Olivier Megaton, que algo de eso hay, y se ignora que también hay un cambio de especialistas: si en Venganza (Taken, 2008) Phillippe y Pascal Guegán se encargaron de coordinar las hostias consagradas que repartía Liam Neeson, en su secuela se encargó Fligarz. Y a poco que a uno le interese la acción, se nota, y mucho, el cambio en la dinámica de los combates. Pero es que también el montador es distinto: de Frédéric Thoraval, responsable de otra maravilla del género como Safe (Id.; Boaz Yakin, 2012), hemos pasado a Camille Delamarre y Vincent Tabaillon, una habitual del cine de Megaton, y el otro cómplice de Louis Leterrier. Un ejemplo todavía más evidente es el salto que hay entre Casino Royale (íd.; Martin Campbell, 2006) y Quantum of Solace (íd.; Marc Forster, 2008), cuando se infravaloró la labor en la primera de Stuart Baird y Alexander Witt, respectivamente, en el montaje y la dirección de segunda unidad, y se les sustituyó en la siguiente por Richard Pearson y Dan Bradley, veteranos de la saga Bourne. El experimento no funcionó, así que no es casualidad que hayan recuperado a Baird y a Witt para Skyfall (íd.; Sam Mendes, 2012), por mucho que la película siga otros derroteros expresivos. 

S.: En el caso de Venganza: Conexión Estambul, veo que resta más calidad el cambio de montador. De hecho, el concurso de Fligarz le aporta algo de personalidad al film, desaprovechado por Megaton, que es un director bastante inoperante. Está claro que el cine de acción es impensable sin el trabajo de esos profesionales, pero se trata de un trabajo coral, con director (que no siempre es el señor que firma con ese cargo), y el resultado global es su responsabilidad última.

T.: Un poco por llegar a algo parecido a una conclusión, supongo que estarás de acuerdo conmigo en que el cine de acción está en un momento de cambio, de mutación, provocado por la evolución del público. Es algo natural, todos los géneros han ido cambiando a través del tiempo para adaptarse a sus espectadores, y está claro que, en este caso, el actioner está buscando también la forma de no perder a sus fieles. Y me da la sensación de que hay una especie de doble vertiente: los cultivadores clásicos del género, que se dirigen a los espectadores más veteranos, y los más posmodernos y afines al CGI, que se dirigen a los adolescentes de extrarradio. Quizá cambien las cosas, pero puede que debamos empezar a asumir que John McTiernan y Walter Hill ya no van a poder rodar más maravillas —por edad y porque las majors no creen en ellos—, y que el futuro del cine de acción se parece más a Resident Evil: Venganza (Resident Evil: Retribution; Paul W.S. Anderson, 2012) que a Invicto (Undisputed; Walter Hill, 2002). ¿Habrá que confiar en el refugio televisivo que permitió la existencia de un producto tan satisfactorio como 24 (íd.; 2001-2010)? Puede que ahí resistan las formas clásicas del género.

S.: Apuesto antes por el direct to video que por la televisión, que también es víctima de la dictadura de las tendencias. Mencionas Invicto y es justo reivindicar las dos secuelas que salieron directamente para el mercado doméstico. Lo mismo con la saga Death Race —Anderson es más interesante de lo que parece a simple vista—, las nuevas entregas de Soldado universal o cosas como Promesa sangrienta (Blood and Bone; Ben Ramsey, 2009). La tele acaba maltratando a los grandes, véase el caso Darabont, o los olvida de nuevo cuando ya les han sacado partido, Hill y John Milius.

T.: Quizá el problema es que la que está agotada es la acción mainstream, y donde hay que empezar a rebuscar las incursiones más genuinas y sinceras en el género es en la serie B, aquélla que en los años 80 y 90 era carne de videoclub. Ahí reina hoy en día gente como Michael Jai White o Scott Adkins, actores que la gente que consume únicamente cine mayoritario hollywoodiense apenas conoce porque en ese tipo de producciones siempre aparecen como secundarios… Y en realidad son, junto a Jason Statham, los action heroes más verosímiles y más contundentes de la actualidad, por más que a nivel interpretativo no den mucho de sí. No creo que sea casual que Jean-Claude Van Damme, que supongo que no hace falta recordar que empezó su carrera siendo el rey de los videoclubs, se haya retirado de nuevo a ese mercado. Está claro que ahí ha visto un público fiel que pide algo diferente a lo que ofrecen las majors.

S.: Imagino que la nostalgia y el normal empeño de las viejas glorias por prevalecer nos legarán aún unas cuantas muestras de acción a la vieja usanza. Luego el género seguirá sus lógicas y pertinentes evoluciones. Y a los apolillados nos quedará la videoteca.

T.: Como tú decías antes, en esa evolución hay autores interesantes como Paul W.S. Anderson que marcan unas pautas nuevas y estimulantes en el actioner… Hay que tener fe. El cambio, el progreso narrativo, son consustanciales al cine, son lo que lo mantiene vivo, y lo que permite que los géneros pervivan a los cambios generacionales.